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| 3/14/2004 12:00:00 AM

"Casi ganamos"

Luis Fernando Afanador, comentarista de libros de SEMANA, acompañó a su Deportes Tolima ante River Plate en Ibagué y sufrió el desenlace.

Cómo no venir a este partido. River, un equipo grande, un equipo legendario, en Ibagué, en el San Bonifacio, ante el "Tolimita", el equipo de nuestra infancia. "Es algo utópico", me dice María del Pilar Garrido, una muchacha de 19 años, estudiante de sicología de la Javeriana e hincha furibunda del "vino tinto y oro" a quien sus compañeras la miran como un bicho raro. Habría que aclarar que María del Pilar heredó esa pasión de su padre, Juan Manuel, un destacado abogado tolimense que durante muchos años ha acompañado a su equipo del alma en la buenas y en las malas.

Cómo no venir, hubiera sido una traición. "Es como ser por una noche la capital del fútbol", me dice Víctor Manuel Mesa, quien tiene un café Internet en Bogotá y es un activo participante de la página web del Deportes Tolima. Víctor Manuel organizó una excursión para el partido y estará gritando en la tribuna de oriental en compañía de 40 amigos que vinieron con él. Cómo no venir si desde Neiva, Medellín y el Espinal han salido varios buses repletos de aficionados para acudir a esta cita histórica. Cómo no hacerlo si una vez, a los 13 años, hace tiempo, por muchísimo menos, por un partido sin importancia ante el Cali, que nada decidía, dejé unas vacaciones, dejé a mis lindas primas paisas en la finca y cabalgué solo tres horas y luego tomé dos flotas para llegar hasta Ibagué (el fútbol sigue siendo ese territorio mágico donde las mujeres no nos hieren).

Sí, como no venir, si apenas vivimos en Bogotá y un amigo de Víctor Manuel se quedará en su café Internet, escuchando la transmisión por radio para digitarla sin retraso en la página, para que Marlene en Irlanda, Mercy en Miami y Juan Carlos y Augusto en Italia gocen y sufran simultáneamente este partido.

River en Ibagué: es como enfrentarse contra el padre. Desde su nacimiento, en el año de 1955, el club está ligado profundamente al fútbol argentino. Martín Rivas, un hincha de hace 50 años, me cuenta la historia: en el año de 1955, el señor Manuel Rubio Chávez, del club aficionado Deportivo Boca Junior, envió al argentino Juan Barbieri con 5.000 pesos a la Argentina y éste se apareció con cinco jugadores y la camiseta del Racing: así debutó el equipo pijao en el fútbol colombiano. Es inevitable, le preguntaron a Rivas sobre el partido: "No hay palabras. Un equipo de esos pergaminos: es un lujo".

Pero el equipo, desafortunadamente, no es el mismo que conquistó la primera estrella. El providencial Rogerio Pereira no volvió, el Cali se llevó a varios jugadores y otros clave no han podido retomar su nivel. "Tenía un equipo prestado y me ha tocado volverlo a armar", me confiesa el 'Chiqui' García, técnico del equipo. Los augurios no son muy buenos. "Está difícil", dijo, con su pausado acento calentano, el taxista que me trajo esta mañana desde el aeropuerto hasta el hotel. Por eso, en la ciudad hay un entusiasmo moderado. "No es el mismo que se vivió el año pasado frente al Cali", opina Guillermo Álvarez, editor deportivo del diario El Nuevo Día. Ante tales testimonios, debo preguntarle al Chiqui: ¿firmaría el empate? "Sí, creo que sí. Yo sé lo que tengo y con qué me enfrento. Claro, queremos ganar, pero un empate sería decoroso".

Las dudas desaparecen cuando, entre luces y ovaciones, salta al campo el Deportes Tolima. Es un instante casi perfecto y el pasado se olvida: que el River, con sus rutilantes estrellas Cavenaghi, Gallardo, Salas y Montenegro se encuentre arrollador tanto en la Copa Toyota Libertadores como en el campeonato argentino; que el Tolima ya no sea el mismo. Ahí entendemos ese lugar común: el fútbol es sólo presente. Sí, todo es posible, todo puede cambiar. Esa es la esperanza que alimenta el fútbol y que lo convierte en un juego: la lógica puede fallar, el favorito puede perder. Sin esta ilusión el fútbol dejaría de interesarnos; no existiría.

Empieza el partido y empieza el sufrimiento. El Tolima sale con un planteamiento conservador. Por lo dicho, era de esperarse. Sin embargo, es demasiado. Siete hombres de destrucción: se le fue la mano al 'Chiqui'. Ya no es respeto sino miedo. Y el miedo se siente cada vez que River toca el balón. Uno empieza a sospechar que Diego Gómez, quien había sido la figura contra Libertad, puede fallar. Es como cerrar los ojos y esperar el golpe. Y la suerte no es eterna, va a llegar el momento, lo presentimos, en que se acabe. Un cabezazo desviado de Anelli, un disparo de Marcelo Salas. Ya casi. Y hay más sufrimiento: tiro libre de Cavenaghi, el verdugo de los cobros con pelota quieta. Nada que hacer: el que espera se expone a sufrir todo el tiempo, se entrega en las manos de dioses impredecibles. Gómez se estira, luego detiene un cabezazo de Anelli: todavía queda una ración de suerte. Pero, ¿por qué sufrir tanto? No: el fútbol no es un deporte de alto riesgo.

Digamos que defenderse tiene sentido cuando se juega al contragolpe, o "la contra", como dicen los argentinos. El problema es que el Tolima no tiene salida. No puede hilvanar un solo contragolpe que meta miedo y a sus jugadores parece que les picara el balón (otro lugar común, qué pena: el fútbol es el reino de los lugares comunes). Para rematar, el árbitro parece a favor de River: pita faltas inexistentes y en cualquier contacto se presume la culpa del tolimense. Por fortuna, finaliza el primer tiempo.

El segundo, desde el comienzo, insinúa ser otra cosa. Ingresan César Rivas y Artigas. Hay más pausa, más salida. Pero la ley de Murphy del fútbol dice que a un equipo que juega mal y empieza a mejorar... le hacen un gol. Entonces, apenas al minuto cinco llega un hermoso gol de Daniel Montenegro con pase de Marcelo Salas. El estadio enmudece, queda atónito. Lo que tanto se temía ha ocurrido al fin. Perdimos. Sin embargo, faltaba lo mejor (o lo peor). Sí, íbamos a perder, pero de una manera más cruel, trágica. Como en la canción de Sabina, "el destino nos tenía reservado una broma macabra".

En un entrevero aparece Ciciliano (que ya iba a ser cambiado). Gol del Tolima. Gol del Tolima contra River. El estadio recupera la voz (en Argentina nunca se hubiera callado); la esperanza renace de sus cenizas. A los cuatro minutos, algo increíble: otro gol, de Justiniano Peña. Es la locura: le vamos ganando a River, le podemos ganar a River. El estadio empieza a gritar: "Sí se puede" (salvo los extravagantes y bastante ridículos hinchas de Millonarios que se han disfrazado de gallinas riverplatenses). Vienen 10 minutos vibrantes en los que el Tolima toma el control del partido. La emoción es muy grande, alcanzo a imaginar un titular para la victoria. Pienso en cómo voy a dedicarle este triunfo a Carlos Antonio Vélez y a los de Fox. Pero, inexplicablemente, el 'Chiqui', siempre tan acertado en los cambios, mete al inane Felipe Arce y cuando River ya parecía parpadear, no asesta el golpe definitivo sino que manda al equipo atrás (sí, todavía más atrás). A este error los argentinos lo llamarán genialidad de Cavenaghi. Un gol en el minuto 41 y otro en la agonía del tiempo de adición. Hay muchas formas de perder pero esta es la peor. La que es inexplicable y deja una rabia en el corazón. A pesar del 5-0, todavía les tenemos demasiado respeto a los argentinos. Aún no somos capaces del parricidio.
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