15 agosto 2013

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Caterine Ibargüen, la cara linda del país

PERFILLa atleta antioqueña ha superado diversas etapas de su vida con una constante: su alegría y la fe en sí misma.

Caterine Ibargüen, la cara linda del país. Caterine Ibargüen celebra la medalla de oro obtenida en el Mundial de Atletismo de Moscú, Rusia.

Caterine Ibargüen celebra la medalla de oro obtenida en el Mundial de Atletismo de Moscú, Rusia.

Foto: AP / Matt Dunham

En marzo del 2006, con 22 años recién cumplidos, Caterine Ibargüen visitaba Moscú (Rusia) para participar en un campeonato mundial de atletismo. Se trataba de las competencias en pista cubierta, llevadas a cabo en el Estadio Olímpico.

Ibargüen competía en la prueba de salto alto. En esta
finalizaría en el puesto 17 de la fase de clasificación con una marca de 1,81 metros. A pesar de su eliminación prematura, la atleta de Apartadó (Antioquia) se mostraba emocionada y enriquecida por la experiencia de saltar al lado de los mejores deportistas de su disciplina. Así contemplaba como las rusas Elena Slesarenko y Tatiana Lebedeva alzaban ese año las medallas de oro en salto alto y salto triple respectivamente.

En ese momento, la meta a corto plazo trazada por Ibargüen era batir la marca suramericana de 1.96 metros en salto alto, cuando su mejor registro había sido de 1.93. Su preparación estaba centrada en los juegos Suramericanos, Iberoamericanos, Centroamericanos y del Caribe, y finalmente los Juegos de Odesur.

Estos se desarrollaron en las ciudades de Buenos Aires y Mar del Plata, en noviembre del mismo 2006. En ellos la antioqueña rápidamente alcanzó la medalla de oro en el salto de longitud femenino. Minutos después de esta conquista, aún sin salir de la pista, declaraba: “Me gustaría ganar también en las otras dos pruebas en que estaré: el salto de altura, el triple, y bueno, así podría tal vez ser la reina”.  

No era la primera vez que lo decía. En otra ocasión ya se había referido a la necesidad de un grupo interdisciplinario de especialistas para ser campeona olímpica, “así esta niña en los Estados Unidos o en Europa viviría como una reina”.  

Tenía 17 años y despuntaba en su primera competencia, el campeonato nacional de menores de Medellín, a donde la había llevado su primer entrenador: Wílder Yein Zapata.  

Yein la había visto a los 12 años en su colegio, el San Francisco de Asís de Apartadó, y de allí la había llevado a su primera prueba oficial en Medellín. El primer intento falló por falta, pero en el segundo rompió el récord nacional de menores y al tercero el récord nacional juvenil. Tres años después batiría el récord de mayores.

“Usted déjela entrenar que yo me encargo del colegio y los permisos para competir”, le dijo Wílder a la abuela paterna de Caterine, doña Ayola Rivas, según cuenta Mauricio Gaviria en una crónica de la revista Diners.

La abuela se había encargado de mantenerla tras la separación de los padres de Caterine. Mientras su papá, William, había huido de la violencia en Apartadó hacia Venezuela, su madre Francisca se desempeñaba como cocinera en las minas del municipio de Zaragoza. Hoy, mientras los medios buscaban la reacción de doña Ayola, Francisca agradecía por el triunfo mundial de su hija en una capilla antioqueña.   

Una de las personas que posteriormente contribuiría a alimentar esa mentalidad ganadora sería la entrenadora cubana Regla Sandrino, quien en 2006, tras tres años de estar al lado de la colombiana, era obligada por el régimen castrista a permanecer en Cuba para preparar a los atletas de su país.

A su remplazo era elegido el exatleta Leisner Aragón, quien según la misma Ibargüen no contaba con el mismo nivel de Sandrino. “Leisner apenas está empezando, pues el año pasado apenas era atleta. Que no se entienda mal, eso no va a ser una excusa por si me va mal”, aclaró Caterine, sin dejar de acusar la ausencia de quien acompañó su ciclo hacia Atenas 2004.

“El reclamo es que necesitamos un entrenador de alto nivel. Todos vamos quemando etapas y queremos algo más”, decía entonces, y un par de años después conoció al también cubano Ubaldo Duany, perteneciente a la Universidad Metropolitana de Puerto Rico. Allí, Duanny le ofreció una beca de estudios en el programa de enfermería. Por otro lado le propuso ser su entrenador.

Desde entonces Ibargüen se volvería su “instrumento”, y al tiempo de sus estudios médicos dirigió su carrera hacia las competencias de salto triple, en las cuales empezó a cosechar todo tipo de resultados: tercer puesto en la Diamond League de Estocolmo con 14,83 metros, la marca mundial en el gran Prix de Bogotá con 14,99 metros, medalla de bronce en el mundial de Daegu, oro y récord en los Panamericanos de Guadalajara con 14,92 metros.

Ese mismo año superaría más de 10 veces su propio récord –y el nacional– en salto triple. Al siguiente año conquistó la medalla de plata en los Olímpicos y este jueves ratificó su lugar como la mejor del mundo en esta disciplina.  

“Y voy a seguir trabajando para seguirles dándo más alegrías porque esta es la cara linda de nuestro país”, afirmaba tras la prueba a su regreso a Moscú con su sonrisa a flor de piel y la convicción de superarse día a día.

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