Martes, 23 de septiembre de 2014

| 2013/07/18 00:00

Desconcierto rojo en El Campín

Los hinchas de Santa Fe permanecen impávidos luego de la derrota en su propio estadio.

La hinchada de Santa Fe lamenta la segunda caída de su equipo en una semana. Foto: León Darío Peláez / SEMANA

A las 5:51 p. m., cuando el bus de Santa Fe arribó al Estadio Nemesio Camacho El Campín, un mar rojo rodeó las salidas de cada uno de los jugadores y el cuerpo técnico. Hinchas con sombrillas y banderas del mismo color conformaban la caravana alrededor, integrada por un sinnúmero de personas que abandonaban sus propios medios de transporte para alentar con sus cánticos la internada del plantel en El Campín.


“Volveremos, volveremos, volveremos otra vez. Volveremos a ser campeones, como la primera vez”, coreaba la gente, tanto afuera como adentro, donde se concentraban las voces del público capitalino uniformado de rojo y blanco en todas las graderías, a excepción de un sector de la tribuna alta de occidental. 


“Sale campeón, o0oh”, repetía una y otra vez la fanaticada cardenal en un coro común adoptado por indistintos equipos en estas instancias de definición. 


A las 7:32 p. m. la euforia llegaba a su punto máximo cuando las dos escuadras hacían su ingreso al tiempo al terreno de juego. Una lluvia de papel blanco se desprendía de una tribuna, mientras al frente, en el norte, un humo rojo se expandía, y al diluirse, quedaban en evidencia algunas llamas por la misma pólvora que acompañaba la salida del cuadro local.


Con el paso de los minutos brotaron algunas canciones más que intentaban iluminar el paso confuso del equipo local en el campo, aun cuando en los primeros minutos un doble cabezazo en el área que malograban los mismos hombres de Santa Fe, tras un cobro de tiro libre de Ómar Pérez, aparecían ciertos rumores de gol expresados en unos cuantos “uy”. 


Pero pasada la media hora, al ver que Nacional se empezaba a adueñar del balón y que la recuperación del mismo por parte de los jugadores del conjunto rojo se volvía improductiva, los silbidos se volvieron una constante y solo cesaron hasta el minuto 38, cuando Jefferson Duque recibía un pase de Sherman Cárdenas y se iba con la pelota hasta definir al primer palo de Camilo Vargas para el primer gol del cuadro visitante. 


En ese momento se escucharon a viva voz los cantos de esa porción de, al menos, 200 personas que con prendas de diferente color no permitían un fondo rojo completo en El Campín. 

 

“Vamos, vamos mi verde, que esta noche tenemos que ganar”, era el coro que se escuchaba en ese sector. “Olé, olé, olé, Duque, Duque”, finalizaban su intervención mientras el goleador paisa levantaba sus palmas en respuesta a la parcial verde encubierta frente a los demás 42.000 espectadores que empezaban a constituir un mismo rostro de reserva y desencanto. 


Fiesta verde


Uno de los que no escondió su grito de gol fue Carlos Mario Osorio, ingeniero de producción, quien había arribado al mediodía a Bogotá procedente de Medellín. En el aeropuerto encontró que no era el único viajero que se desplazaba de la Capital de la montaña a la capital de la República con tal de ver al verde de sus amores. 


Un concuñado residente en Bogotá fue su enlace para conseguir las boletas. Él era quien acompañaba a Carlos Mario, quien llevaba un suéter gris y debajo una simple camisilla blanca. “Gol es gol”, decía acerca de su eufórica celebración, a pesar de las camisetas rojas y blancas a su lado.

Una de estas la llevaba puesta Ricardo Boniga, cirujano plástico, quien tampoco ocultaba su decepción por el juego y el resultado provisional de su amado Santa Fe.


“Tenemos que abrir más la cancha”, decía en el entretiempo, mientras Wilson Gutiérrez se dirigía a sus jugadores. Uno de ellos era Cristian Martínez Borja, quien entraba en remplazo de Yulián Anchico, amonestado con una amarilla. 


“Vamos Santa Fe”, gritaba Boniga desde su puesto en el minuto del reinicio del juego en el que Cuero desbordaba el área rival desde la derecha y remataba con zurda un balón contenido por Armani. Luego, un pase en profundidad de Macnelly para Duque, quien cuando se alistaba para definir delante de Vargas era trabado con lo justo por Gerardo Bedoya.   


Este par de jugadas se constituirían en un preludio de la dinámica de la segunda parte, más intensa, y con más espacios para ambos conjuntos. A su par era una constante ver a Osorio de cuclillas y a unos metros Gutiérrez que daba instrucciones con una sola mano, mientras guardaba la otra en su bolsillo.  


Así, mientras Ómar Pérez elevaba algunos balones con peligro, alguno de ellos atesorado por Wilder Medina, quien remataba cruzado ligeramente desviado, a la siguiente Macnelly Torres filtraba un nuevo pase de contraataque para Duque, quien dejaba a su marcador en el camino con un “ocho” y disparaba al poste.


Y fue así como derivó el gol que convirtió en un nudo la garganta de la afición santafereña en el minuto 38, esta vez del segundo tiempo. Torres, con el pase final hacia Luis Fernando Mosquera, que tres minutos antes había entrado en remplazo de Duque, y con un puntazo derecho al arco de Vargas, lograba terminar con decoro su propia temporada, y dejaba su sello con una celebración bien sentida, delante del grupo de hinchas nacionalistas. 


Osorio, el ingeniero, no pudo contener un grito que entremezclaba con lágrimas de emoción. Los aficionados de Santa Fe permanecían atónitos, y algunos empezaban a desalojar el estadio.

Boniga, el cirujano, solo se contuvo unos segundos. Como él, varios hinchas rojos comenzaron a insultar a los verdes. Ante esa situación, los hinchas verdolagas pidieron a los 'cardenales' retirarse. “Por favor, retírese del estadio, respete”, dijo uno de ellos.


Al final, los cánticos le dieron lugar al sonido de las cornetas que susurraban el pronunciado ritmo de “Santa Fe, Santa Fe”, acompañado solo en los últimos instantes por un clamor desconsolado: “Santa Fe, Santa Fe, muchas gracias Santa Fe”. Y a este se sumaba el estribillo “olé, olé, olé, Wilson, Wilson…”. 


El partido finalizaba. Nacional era campeón y sus jugadores saltaban en medio del semivacío Campín. Solo quedaba ese sector de occidental alta que ahora adoptaba otra canción para sí: “palo, palo, palo bonito, palo eh, eee, somos campeones otra vez”. 

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