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| 6/15/2014 12:00:00 AM

El "Maracanazo" gringo

En Brasil 1950, un equipo estadounidense compuesto de aficionados derrotó al favorito Inglaterra. Su capitán, Walter Bahr, recuerda el episodio.

En 1944, cuando empecé a jugar fútbol profesional, había zonas en Estados Unidos donde por cientos de kilómetros a la redonda nadie había escuchado de ese deporte. Era tan inusual, que ningún jugador podía dedicarse por completo al fútbol porque apenas pagaban y el que quería entrenar lo tenía que hacer en su tiempo libre.

Por fortuna, yo crecí en Filadelfia, específicamente en Kensington, un barrio a donde llegaron ingleses e irlandeses a trabajar en los molinos. Allí entré en contacto con The Lighthouse Boys Club, el equipo más importante de la primera mitad del siglo XX en los Estados Unidos.

Como todos los del equipo que fueron a Brasil, yo jugaba los fines de semana y trabajaba el resto del tiempo. Harry Keough,un defensa, era cartero; Eddie Souza, un delantero, laboraba en los molinos; Ed McIlvenny, un escocés mediocampista, hacía trabajos ocasionales. Yo, que también jugaba en el medio, era profesor. En Inglaterra ocurría lo contrario y, de hecho, la brecha entre los dos países era tan grande que cuando nos enfrentamos en un amistoso justo antes de partir hacia Brasil, un equipo judío nos tuvo que prestar su uniforme.

Aunque perdimos 1-0, ese partido nos llenó de confianza y nos hizo creer que éramos mucho mejores de lo que la gente pensaba. Cuando partimos hacia Brasil, ni una persona nos fue a despedir al aeropuerto y cuando volvimos solo me recibió mi esposa. En la página de apuestas de un periódico, aparecía que nuestra posibilidad de vencer a Inglaterra era de 500 a 1. Solo los jugadores pensábamos que podíamos hacer algo, si bien el otro equipo era mucho más fuerte.

Sabíamos que cualquier cosa podía pasar. El partido contra Inglaterra fue el segundo del grupo. Primero jugamos contra España y fue nuestro mejor encuentro desde el punto de vista técnico así hayamos perdido 3 a 1. Cuando llegó el día de enfrentar a los británicos, los únicos que nos apoyaron fueron los hinchas brasileros que estaban en el estadio de Belo Horizonte, pues querían evitar a los ingleses en la ronda final. En los primeros 25 minutos, Inglaterra dominó y hasta estrelló dos balones contra el travesaño. Pero poco a poco nos empezamos a acomodar.

Fue entonces que llegó el único gol del encuentro, justo antes del minuto 40. Recibí un saque de banda del escocés Ed McIlvenny (quien me había reemplazado como capitán porque enfrentábamos a los ingleses), recorrí un buen trecho de la cancha con el balón y, al ver que nadie me marcaba, solté un riflazo desde los 25 metros. La pelota voló hacia el área, rozó la cabeza del delantero Joe Gaetjens, apenas desviándola, y se precipitó hacia el fondo de la red. Estados Unidos 1, Inglaterra 0.

Cuando sonó el pitazo final, la desenfrenada hinchada brasilera entró en el campo y se llevó cargados de los hombros a varios miembros del equipo. La noticia, ya historia patria, pasó casi desapercibida en nuestro país. El diario The New York Times nos mencionó en una nota de dos pulgadas y la poca gente que nos seguía creyó que el telegrafista había cometido un error y que el verdadero resultado había sido 10 a 0 para los ingleses. Pasaron 25 años antes de que alguien me entrevistara. Ahora, no dejan de buscarme, pues el fútbol ha crecido muchísimo en Estados Unidos. Y ojalá así siga.






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