Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1998/07/13 00:00

EL FUTBOL ES UNA RELIGION

El hombre que marcó el primer gol en la historia de los mundiales compara el pasado y el presente del fútbol.SEMANA buscó a Lucien Laurent, el jugador que inició todo.

EL FUTBOL ES UNA RELIGION

El hombre que marcó el primer gol en el primer campeonato mundial en 1930 en Montevideo, Uruguay. Aún hoy, este último sobreviviente del equipo francés de la época recuerda lo que significó esa maravillosa victoria. Después de una carrera de casi 30 años, y un exitoso retiro, a los 91 años echa una mirada lúcida al fútbol actual y compara pasado y presente de los mundiales.
Semana: Usted marcó el primer gol de la historia de los mundiales. ¿Cuál es su mejor recuerdo?
Lucien Laurent: Todavía recuerdo hasta el más pequeño detalle. En ese tiempo estaba jugando para Sochaux. En 1930 me presenté para la primera copa Jules Rimet de la Federación. Varios de nosotros de Sochaux habíamos sido convocados: mi hermano Jean, Maschino y yo. Difícilmente podíamos imaginarnos lo que aquello significaba. Lo que más nos impresionaba era la simple idea del viaje. Partimos para Suramérica en un buque italiano, el Conte Verde. Nos tomó 15 días llegar a Rio de Janeiro. Una verdadera aventura. Mi recuerdo más preciado es la entrada a la bahía de Rio. Era al caer la tarde, la bahía estaba iluminada. Es casi imposible describir lo que sentí, lo que todavía siento cuando rememoro ese instante. Es magia pura. Debo decir que por ese entonces yo tenía 20 años y nunca había viajado.
Semana: ¿Y qué recuerda del mundial en sí?
L.L.: El primer partido fue contra México. Yo estaba lesionado, pero jugué. Igual, no teníamos suplentes. Quedamos 4-1. Fue una sensación muy particular: estábamos al otro lado del mundo, jugando un deporte nuevo y prácticamente con las graderías vacías. Cuando marcamos nuestro primer gol _el primero de un Mundial_ era imposible predecir lo que iba a ser aquello y la importancia que tendría. De hecho, sólo recientemente he sido consciente de eso. Así como los periodistas, que empezaron a entrevistarme en los 80. Ese primer gol no nos dio la victoria total. Uruguay sería el campeón. Pero nuestra selección desbordaba entusiasmo, logramos un equipo muy lindo.
Semana: ¿Cómo resumiría su carrera en el mundo del fútbol?
L.L.: Yo empecé como la mayoría de los jóvenes de mi edad, por casualidad, en el colegio. Mi padre tenía una brasserie en Besançon. En 1930, el mismo año del mundial, entré al Sochaux. En el 32 me convertí en profesional y jugué en París durante dos temporadas. En ese entonces jugué con el Mulhouse y luego en el 35 volví al Sochaux. Ese fue el último año que jugué en un equipo francés. Después fue Rennes, luego el Strasbourg. La guerra interrumpió mi carrera. Estuve 30 meses preso en Saxony, sin fútbol... Ese fue el peor castigo. Después de la guerra volví al equipo de Besançon y estuve con ellos otros años más. Ingresé después como entrenador en un equipo aficionado, que se hizo profesional en el 45. Continué supervisando el equipo hasta 1950.
Semana: ¿Hay vida después del fútbol?
L.L.: Claro que sí. La segunda parte de mi vida arrancó en el 50. Abrí una brasserie en Besançon, tal como mi padre. Estuve a cargo hasta 1972. Durante todos esos años seguía entrenando con los veteranos. Aún hoy camino alrededor de los campos de fútbol y hasta pateo un balón de vez en cuando. A mis ojos, el fútbol es una verdadera religión. La cancha de fútbol es como una extensión mía.
Semana: ¿Para usted qué ha cambiado en el fútbol?
L.L.: Todo. Y principalmente gracias a las finanzas que se han mezclado con el deporte. Las enormes sumas de dinero que rondan las apuestas han modificado las reglas básicas del juego. Los jugadores ya no tienen la misma libertad. La presión se siente en todos lados y, sobre todo, en el campo de juego. No hay respeto: se ven jugadores halándose unos a otros las camisetas... El juego es mucho más rudo, más físico. Están mejor entrenados. Se han convertido en verdaderos atletas con un fuerte espíritu de lucha. Lejos de lo que yo conocí. Las tácticas, las estrategias del juego son mucho más precisas, más agudas. Por un lado la evolución es positiva, pero creo que hemos perdido algo 'artístico' en el fútbol. El juego se ha convertido en algo mucho más racional y al mismo tiempo más prudente. Pero los más grandes jugadores, que técnicamente son impecables, a menudo esconden su juego siguiendo las instrucciones de su entrenador. Pero creo que la principal diferencia es que hoy los jugadores no salen a ganar, simplemente salen a no perder.
Semana: ¿Cree que la diferencia fundamental está ligada al dinero?
L.L.: Sin lugar a dudas. El espíritu del equipo, el espíritu deportivo se ha disuelto entre el dinero. Y no sorprende. Cuando uno considera las colosales sumas de dinero que son invertidas en el mundo del fútbol, rápidamente se da cuenta de que ya no se trata de un deporte sino de una gran industria y un gran negocio. Y del otro lado, los jugadores están al límite de ser influenciados por estas realidades que han cambiado todo.
Semana: ¿Qué se ha ganado y qué se ha perdido?
L.L.: Lo que hemos perdido en el terreno lo hemos ganado en universalidad. Gracias a los medios el fútbol es sin duda el deporte más popular del mundo. El fútbol se juega en todo el planeta, en los colegios, en las calles... descalzos o con zapatos viejos. El mundial representa un rostro de esta pasión universal.
Semana: ¿Sigue siendo un fanático del fútbol?
L.L.: Claro que sí. Ni siquiera en estos días me pierdo las sesiones de entrenamientos y tengo que admitir que tampoco me pierdo las comidas que organizan los jugadores después de los entrenamientos. Son con champaña. A través de toda mi vida el fútbol ha sido un compromiso, una vocación exclusiva.

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