Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/06/12 00:00

El ruido es ensordecedor

Adolfo Zableh, corresponsal de SEMANA, cuenta sus sensaciones camino al estadio, al abrirse en Sudáfrica la mayor fiesta deportiva del mundo.

El estadio Soccer City, de Johannesburgo, fue el centro del planeta.

Ayer por la mañana dos periodistas japoneses me entrevistaron. Estaban interesados en conocer mi opinión sobre su selección, pero me rehúso a pensar que yo soy una cosa exótica en esta Sudáfrica exótica que está a solo unas horas de inaugurar su Mundial.

Exótica por todo, así que trataré de ordenar de la mejor manera lo que me ha tocado ver y vivir durante las primeras 48 horas. Lo primero es que mucha gente me haya preguntado por Internet qué tan soportable es el calor, y que todos se asombren cuando les respondo que en esta época del año hace más frío que en Bogotá porque este país está marcadamente en el hemisferio sur, lo que significa que tiene estaciones, igual que Argentina. Creo que decir que estoy en África, pero que debo salir con saco y chaqueta porque a las ocho de la mañana hace cinco grados centígrados, es un comienzo lo suficientemente inusual. De allí en adelante, lo que quieran.

Un colombiano que vive acá desde hace dos años me dice que hay más dinero en Sudáfrica que en el resto del continente. Yo no manejo índices económicos, pero sí puedo afirmar que acá es fácil dar con un concesionario de Ferrari, y tres esquinas después verse rodeado por pordioseros pidiendo dinero. Vendedores callejeros los hay, y además de comerciar con chicles y gaseosas que se pueden encontrar en cualquier parte del mundo, también exhiben pieles de cebra y antílope en improvisados mostradores hechos de madera.

El Mundial ha sido cuestionado por la falta de infraestructura, y hay que decir que sus críticos tenían razón. Yo, si me permiten emitir una opinión, solo le daría la sede de eventos de este tipo a países desarrollados, capaces de brindar lo mejor en transporte, hospedaje y comunicaciones. El transporte público, por ejemplo, es prácticamente invisible. En la zona donde me hospedo -un distrito llamado Parktown- hay una ruta de buses que pasa una vez cada hora durante diez horas. Coger taxi, en cambio, puede ser más complicado, comenzando por el nombre. En Sudáfrica los taxis son buses equivalentes a los colectivos en Colombia. Los taxis como los conocemos nosotros se llaman cabs. Entonces, salir a la calle a parar un cab puede no ser la mejor opción. Ignoro dónde se meten, pero el otro día estuve 15 minutos en un cruce concurrido sin encontrar uno. Por suerte descubrí que a dos cuadras de mi apartamento hay una estación de taxis, así que por ahora no hay de qué preocuparse.

Pero Johannesburgo puede ser tan confuso que perderse es muy sencillo, incluso para un experimentado taxista. Todos acá andan con un mapa de la ciudad, que no es un mapa en realidad, sino un libro del tamaño de un directorio. El segundo taxista que me tocó en suerte se llamaba Solly, y debió consultar el libro tres veces para llevarme a un restaurante. En un punto paró el taxímetro y dijo que me cobraría lo que indicaba el aparato la primera vez que nos perdimos, y el resto del trayecto correría por su cuenta. No sé a cuántos de ustedes les haya tocado un taxista así en Colombia.

 La ventaja que tengo en transporte es que con mi acreditación de periodista puedo acceder a los buses de la Fifa que van desde y hacia los estadios del Mundial y que no tienen costo. Eso es si me quiero mover dentro de la ciudad. Este domingo (escribo el viernes) debo ir a un juego a Pretoria, a hora y media de acá, y esperaba poder irme en tren, pero todos me han recomendado que no lo haga porque las posibilidades de que me roben son muy altas, lo que me deja dos opciones: alquilar un carro o irme en un bus. Creo que será el bus.

 Sudáfrica ha sido cuestionada también por su inseguridad. Ulrich, el alemán que me alquiló el apartamento, me sugirió no caminar solo por ciertas zonas sin importar si era de día o de noche, y me recomendó que mientras anduviera en carro lo hiciera con puertas aseguradas, ventanas arriba y mi maletín abajo. Invadido por el miedo, y teniendo en cuenta que estamos en la ciudad más desarrollada, le pregunté sobre la situación en el campo. Me respondió que era todo lo contrario, que en el campo no pasa nada porque lo que crea inseguridad no es la pobreza sino la desigualdad; y de desigualdad sí que sabe este país. Agregó que aprovechara los días sin fútbol para recorrer el país, que venir a África y no recorrer los campos es lo mismo que quedarse a ver el Mundial por televisión.

 Los ladrones han tomado nota de los diez millones de turistas que se esperan, y se han armado con todo. Los hoteles han dicho a sus huéspedes que se responsabilizan por su seguridad solo dentro de sus instalaciones, y que si quieren salir a la calle no lo hagan en grupos inferiores a tres personas. En efecto, se ven muchos policías patrullando y la cifra aumenta en las zonas cercanas a los estadios. Eso está bien para los que vinimos de visita, pero algo malo debe estar pasando cuando un país debe llenar sus calles de policías para garantizar la seguridad.

Aun así, los robos se han convertido en celebridades. Miguel Serrano, periodista español de Marca, fue visitado por ladrones mientras dormía en su hotel. Se llevaron tres mil euros, celulares, el computador, el pasaporte y la maleta. Solo le dejaron ropa sucia y la acreditación de la Fifa. No ha sido el único; a doña Hortensia, madre del mexicano Cuauhtémoc Blanco, le sacaron 200 dólares de su cuarto mientras que la delegación de Grecia perdió 1.900 dólares. La cifra resulta irrisoria para un futbolista, pero su pérdida podría arruinarle la experiencia del Mundial a cualquier turista.

Nada de esto se puede ver al llegar al aeropuerto OR Tambo, donde todo es lujo, limpieza y fiesta. Pero es entendible, ningún aeropuerto y sus alrededores es una muestra fiel de la ciudad en donde se está. ¿O usted se imagina después de llegar a El Dorado y coger la calle 26 (antes de que estuviera en obra) que Bogotá es ese caos cuasi invivible?

De fútbol poco hasta ahora, y quienes llegamos con anticipación nos hemos tenido que conformar con los entrenamientos y con el carrusel de lesiones. Mientras esto empieza, muchos de los 15.000 periodistas acreditados por la Fifa trabajamos en el centro de prensa en el estadio Soccer City, una ciudad aparte con agencia de viajes, oficina postal y hasta lavandería. Para transmitir las noticias al mundo, contamos con 1.900 kilómetros de cable, 600 más que en Alemania 2006.

Son casi las 12 del día del viernes en Johannesburgo, ya casi debo entrar a esa gigante dona acostada para 95.000 personas llamada Soccer City Stadium, para ver a México contra el anfitrión. He ido mil veces a un estadio, se cómo funciona el concepto de un partido de fútbol, pero honestamente no sé con qué me voy a encontrar de acá al próximo 11 de julio. Entro al estadio, el ruido es ensordecedor. El destino nos espera.

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