Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/10/02 00:00

El secreto de la velocidad

El vestuario se ha convertido en pieza clave para romper nuevos récords olímpicos y mundiales.

El secreto de la velocidad

Alcanzar cinco medallas de oro es la meta que se ha propuesto la norteamericana Marion Jones en los Juegos Olímpicos de Sydney que están a punto de comenzar. El nadador australiano Ian Thorpe también llega como archifavorito para adjudicarse las pruebas de 200 y 400 metros en estilo libre. Algo similar ocurre con los atletas Maurice Green y Michael Johnson, llamados a triunfar en las pruebas reinas de los juegos. Pero detrás de la ardua preparación a la que se han sometido estos deportistas también hay ciertos elementos que, aunque no lo parezca, son decisivos a la hora de alcanzar los mejores registros.

Desde un par de zapatos tenis hasta un atuendo que, en apariencia, no cumple ninguna función especial ya han sido puestos a prueba por los deportistas y los resultados saltan a la vista. La firma Nike, patrocinadora oficial de Marion Jones, fabricó el traje superwoman que la atleta estrenó en la clásica Prefontaine, una de las pruebas más importantes en Estados Unidos. El denominado traje rápido, compuesto por 36 piezas y cinco tejidos que cubren a la deportista de los pies a la cabeza, regula la aerodinámica respecto a la velocidad que exige la pista. “Al principio desconfié, porque soy muy conservadora, pero ahora puedo decir que es impresionante, opinó Jones sobre su atuendo. Cuando te pones ese traje parece que vas a cortar el viento, a atravesar el aire”.

Desde 1998 Jones viste la indumentaria ideada por los diseñadores Eddy Harber y Rick MacDonald, quienes se preocuparon por implantar principios aerodinámicos que se habían acondicionado para patinadores, ciclistas y nadadores y que no se habían tenido en cuenta para los velocistas. Además de Jones, Green y Michael Johnson fueron los primeros en probar los atuendos.

El traje se ha experimentado con 40 tejidos distintos aplicados a diferentes partes del cuerpo, teniendo en cuenta que cada una se desplaza a una velocidad diferente en plena carrera: un torso que avanza a 40 kilómetros por hora hacia la meta va impulsado por un furioso manoteo a 88 por hora. A medida que varía la aerodinámica, los tejidos también lo hacen. Estos, además, cumplen funciones térmicas diferentes, lo que favorece el calentamiento de los músculos del pecho y de las piernas y, en otros casos, ayuda a eliminar el calor donde no hace falta.



El fin justifica los medios

Toby Hatfield es el encargado de idear el calzado más conveniente para Maurice Green. Ha sido el responsable de diseñar una serie de zapatos que se adapten a las cualidades de cada uno de los velocistas y que, como ocurrió en las pasadas Olimpíadas de Atlanta, les permitieran ganar algunas centésimas o, incluso, milésimas de segundo en cada una de las pruebas en las que intervinieron. Durante los dos últimos años Hatfield, quien trabaja en el departamento de diseño de Nike, estuvo investigando para conseguir las zapatillas adecuadas para el que, hoy en día, es considerado el deportista más rápido del mundo. El resultado es un par de zapatillas fosforescentes que pesan 200 gramos y que tienen un carácter singular: sólo las puede usar Green.

A pesar de su ligereza, las zapatillas de Green pesan casi el doble de las utilizadas por Carl Lewis en el Mundial de Atletismo de 1991, cuando batió el récord del mundo de los 100 metros planos con 9,86 segundos. Las del ‘hijo del viento’ pesaban 116 gramos y sólo se podían utilizar en una prueba. Las zapatillas de Green tienen una mayor esperanza de vida: cuatro carreras. Las diferencias en el diseño no sólo se sustentan en la estatura y el peso de quien las usa. Green pisa con más fuerza mientras que Lewis tenía una pisada más suave.

Michael Johnson, quien también trabaja intensamente en el diseño de sus tenis, es otro de los grandes favorecidos por la tecnología. El hecho de que Johnson sea un atleta especializado en 200 y 400 metros hace que su estilo varíe respecto al de Green. De allí que su calzado sea diferente. Cada una de sus zapatillas pesa 125 gramos (75 menos que las de Green) y el tejido es más sedoso. “A Johnson se le notan las marcas de los dedos cuando corre, ha advertido Hatfield. Es un atleta que ha tenido propensión a las lesiones musculares y cuidamos muy bien el diseño para que no se produzca ningún tipo de desequilibrio cuando corre”.

Las de Green son más fuertes, dispuestas a resistir los martillazos del mejor velocista del mundo contra la superficie. Su rotunda pisada apenas deja aire entre el talón y el suelo. Green acostumbra a hacer un fuerte apoyo contra la parte central de la suela. De allí que esa parte de sus zapatillas esté reforzada con un pequeño tache de nailon plastificado, muy rígido. De esa manera se mejora el ‘efecto rebote’ en el contacto con la pista, instantáneo, de apenas 80 milésimas de segundo.

Con estos mismos accesorios Green ganó en los pasados mundiales de Sevilla. Gran parte de su éxito tiene respuesta directa en sus zapatos. Cuando el estadounidense pisa contra la superficie tira el pie con la máxima fuerza hacia adelante para producir el llamado ‘efecto cepillo’. Las cerdas se alinean hacia adelante para impulsar mejor. Sus zapatillas, que cuentan con ocho clavos, dos más que los de Marion Jones, contienen una multitud de pequeñas púas de goma que generan ese efecto.



¿Ciencia o negocio?

En natación el panorama no es muy diferente. Si bien aquí no son necesarios los zapatos sí lo es el atuendo de los nadadores para ganar unos segundos. Las marcas fabricantes de trajes de baño han recurrido a elementos cada vez más pequeños para que el rozamiento con el agua sea menor y los tiempos desciendan. Se llegó a extremos como las depilaciones de cuerpo entero, las cabezas rapadas, los aceites para la piel, entre otras tendencias, pero los registros de Ian Thorpe pusieron en evidencia otro recurso: cubrirse todo el cuerpo con una nueva indumentaria que, a pesar de la polémica, ya ha sido aceptada por los competidores.

Con un vestido similar al de un buzo, pero compuesto por una tela ultrafina conocida como fast skin, el joven prodigio arrasó el año pasado con cuanta marca se propuso y obligó a que su patrocinador, Adidas, le ofreciera un contrato por cuatro millones de dólares por usar el nuevo traje de baño.

Diversos sectores salieron a criticar la flamante indumentaria con el argumento de que violaba las reglas de la Federación Internacional de Natación Amateur (Fina) que prohíbe la utilización de cualquier mecanismo que aumente la velocidad y la resistencia durante la competencia. Pero el debate ya ha sido superado en favor de quienes lo emplean.

Según las investigaciones el traje ofrece tres ventajas fundamentales: mejora la flotabilidad, mantiene la sensibilidad del nadador con el agua a través de dos espesores distintos y, finalmente, por la compresión que retrasa los procesos de fatiga. Su uso implica una mejoría en los tiempos cercana a un 2 por ciento. Algo así como unas centésimas de segundo que pueden hacer la diferencia entre una medalla de oro y una derrota.

Johnson aún no ha confirmado si utilizará las zapatillas de oro que hizo famosas en los Juegos de Atlanta, mientras que Green aún no se siente del todo cómodo con su traje: “No me gusta tener nada en las rodillas”, dice. Sin embargo, ante las presiones de las grandes firmas que se han empecinado en la fabricación de estos vestuarios, se da por hecho el uso de estos trajes en Sydney. Con contratos millonarios de por medio, más allá de las ventajas deportivas que se puedan tener, estos atuendos protagonizarán una revolución publicitaria difícil de detener.

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