Jueves, 30 de julio de 2015

| 2009/07/27 00:00

El Tour de Francia, desde la carretera

La victoria del español Alberto Contador le devolvió a la carrera su espíritu de superación. Desde Europa, Natalia Carrizosa cuenta cómo se vivió la carrera en la Francia profunda, la de los quesos maduros y las reivindicaciones campesinas.

Alberto Contador, de España, se corónó campeón del Tour de Francia.

Ayer en la avenida de los Campos Elíseos en París terminó la última versión del tour de Francia, el evento deportivo más grande del mundo después de los juegos olímpicos y el mundial de fútbol.
 
El vencedor, el español Alberto Contador fue desde el comienzo muy superior al resto de corredores. Lo siguió en el segundo lugar del podio Andy Shleck, un joven luxemburgués que junto a su hermano, el más veterano Franck Shleck lideró las filas del equipo Saxo Bank . En el tercer lugar el norteamericano Lance Amstrong, con el récord de triunfos en este certamen que coronó también un glorioso regreso tras tres años de retiro y ya con 38 años, lo que lo convierte en uno de los ciclistas más viejos en lograr semejante hazaña..

Pero las personas que se limitaron a tratar de ver desde el segundo piso de un restaurante de comidas rápidas la llegada de un pelotón indistinguible a la Ciudad Luz o trató de abrirse un huequito a codazos hasta las barreras demasiado altas para vislumbrar las decoraciones más voluminosas del desfile de patrocinadores, no tiene idea de cómo se vive la carrera en la provincia, que es donde reside la verdadera alma del evento.

Tras seguir el tour durante tres semanas en las carreteras, la radio y la televisión locales se hace evidente que no sólo se trata de un evento ciclístico, y que a pesar de los escándalos de dopaje y todo el dinero que se mueve, si más de 15 millones seguidores continúan acampando en las cimas de montaña o sacando las sillas y mesas a la acera para pasar todo el día a la espera de una breve aparición de los corredores es porque el tour es una pasión de más de un siglo de historia compartida por una nación.

Como muchos franceses, Monique Chaumontet sigue el tour en televisión para ver los paisajes y enterarse de la historia de cada sitio del patrimonio cultural de su país. Este año, la travesía comenzó en el sur, en son esos paisajes de olivares y cabras flacas como sacadas de algún lugar de la Mancha. En los siguientes días no faltaron los valles verdes con las vides mirando al sol de la tarde, los puentes romanos, los castillos y fuertes medievales, los palacios renacentistas, los lagos y los alpes.
 
La carrera pasa por balnearios y estaciones de montaña del jet set con helipuertos privados y varias de las ciudades más cosmopolitas del mundo, pero también por miles de pueblitos de menos de 500 habitantes donde todas las casas aún están construidas con graneros en los techos, pequeños terruños donde se hacen vinos o quesos de los que las personas del valle de al lado nunca han oído hablar y que no llegan a ningún supermercado.
 
El tour es Francia y Francia no sólo es París y el lujoso frenesí, sino esa provincia donde el tiempo transcurre al ritmo de las estaciones y a nadie se le ocurre que tiene que llamar antes de pasar donde el vecino a tomarse el aperitivo de la tarde.

Los seguidores

El tour hace vibrar tanto al campesino recalcitrante que teme lo nuevo y lo foráneo y defiende su modo de vida, y las tradiciones locales por encima del lucro, como al presidente Sarkosy, que quiere hacer entrar al país en la globalización y la competitividad del modelo americano. En el Grand Bornand, Sarkozy explicó que era un honor estar ahí pues él también seguía el tour desde pequeño.

En las orillas de las carreteras de provincia del tour se manifiestan con carteles y arengas las luchas propias del campo francés. Ahí están los viticultores escandalizados de que la Unión Europea vaya a permitir que se llame “rosé” a una mezcolanza de vino rojo y blanco. En otro costado, los ganaderos ovinos y cazadores levantaban fondos y firmas contra la política de los ecologistas de reintroducir del lobo en la montaña. “¿Este corderito (un despojo en el que no queda sino la cabeza) no ha sufrido suficiente?” dice el pie de foto de la imagen que exhiben.

El tour es también un acontecimiento que atrae a muchos turistas. En todos los camping cercanos a las rutas de las etapas, son numerosísimas las caravanas de belgas, ingleses, holandeses y españoles que siguen a sus favoritos con las banderas de sus países y regiones. Unos jóvenes luxemburgueses que echaban dedo en la carretera cuentan en el camino hacia la etapa del día que han recorrido así todo el país. Vinieron a apoyar a sus compatriotas, los hermanos Shleck, que durante el tour atacaron varias veces juntos y lograron el segundo y el quinto lugar.

El las etapas míticas, como la subida al Mont Ventoux, los seguidores acampan desde varias noches antes de la llegada de los corredores para elegir los mejores puestos. El día de la etapa el plan comienza temprano, cuando abre la panadería del pueblito más cercano y pasan las camionetas que venden los periódicos y revistas. Desde muy temprano las telas y parasoles de millones de casas rodantes se despliegan frente a la calle. A la sombra se sientan familias enteras con su café de termo, sus panes, mantequilla y mermelada y el infaltable diario deportivo l'Equipe;cuya historia está ligada al tour.

Los veteranos estudian mapas de curvas de nivel, los más jóvenes consultan su GPS para encontrar el mejor lugar para parquear o el atajo ideal para acercarse a esa subida o curva peligrosa que promete fuertes emociones.
 
Las bicicletas son omnipresentes desde las primeras horas del día. Los fanáticos se disfrazan con los mismos uniformes de sus ídolos y pedalean una parte del recorrido, hasta donde sus fuerzas o el gendarme bigotudo de turno lo permita. En las terrazas de las casas aledañas los afortunados dueños arman asado para disfrutar el tour con todas las comodidades, no sin antes pegarle una podada al césped de afán en caso de que la casa termine apareciendo en la televisión. Cuando la caravana de patrocinadores pasa es increíble ver como hombres entrados en los sesenta se botan como niños en piñata a recoger cuanta cachucha y chuchería promocional se reparte.

Dentro de la leyenda
En la televisión y la radio un experto en la historia del tour revela datos curiosos sobre sus héroes y mártires (que son varios) e ilustra la transmisión con toda clase de estadísticas pertinentes para cada momento de la etapa. No hay tour sin una referencia obligada a Raymond Poulidor que nunca logró ganar la exigente carrera pero siempre quedó segundo, por lo que en francés la palabra Poulidor se usa para hablar de un complejo que rondaría a las personas a quienes el éxito les es elusivo. Todo ese legado hace parte de lo que se conoce como la leyenda del tour, que comenzó en 1903 como una gran carrera que tenía por misión rescatar a una revista deportiva al borde de la ruina.

La fuerza de la leyenda se manifiesta cuando empiezan a pasar los corredores y dentro del público las preferencias nacionales o de ciertos equipos se superan y a todos sin excepción se les aplaude y anima con su nombre. Hay una especie de sinfonía de todos los presentes,. Se siente de repente el encanto de hacer parte de algo que supera el presente, y la propia individualidad, de ser uno con el todo, de ser parte de una manifestación cultural mítica.

Este año los hermanos Shleck decían justamente que su meta era llegar juntos a hacer parte de la leyenda del tour. Los comentaristas se burlaron, haría falta más que algunas bellas escapadas para lograrlo, pero si a los Shleck aún les falta derramar sudor y lágrimas para acceder al panteón del tour, hubo otras bellas historias que con el tiempo quizás serán recordadas por generaciones de seguidores. Alberto Contador con tan sólo 26 años y triunfos en las tres carreras por etapas míticas (las otras dos son el Giro de Italia y la Vuelta a España) dice que en el podio vivió el segundo día más bello de su vida. Porque el primero, como desde entonces siempre lo manifiesta, fue cuando después de estar en coma diez días tras una caída en 2004 pudo de milagro volver a montarse en una bicicleta. Otra historia inspiradora fue el nuevo retorno de Amstrong (el primero fue después de un cáncer del que se repuso para terminar convirtiéndose en un campeón imbatible). Y para seguir con los milagros, la impresionante actuación de Bradley Wiggins, un inglés especialista en pista que de repente se sometió a una dieta y se transformó este año en uno de los mejores trepadores.

Todas estas maravillas se han visto opacadas por el persistente debate sobre el dopaje. Nuevas confesiones escandalosas hacen que los expertos comiencen a barajar la posibilidad de despenalizar parcialmente para controlar mejor las sustancias. A pesar de todo, en esta edición no hubo controles positivos ni expulsiones en plena carrera como otros años y lo que primó fueron los paisajes, la pasión por el deporte y una historia compartida.




 
* Natalia Carrizosa es politóloga y periodista.


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