Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1987/04/20 00:00

EL ULTIMO GOL DEL PUCHE

Uno de los mejores marcapuntas de los últimos años plantea en su tesis de abogado, cómo el régimen laboral de los futbolistas colombianos es un rezago de la esclavitud.

EL ULTIMO GOL DEL PUCHE


Hay algo en común entre Kunta Kinte y cualquier jugador de un equipo de fútbol profesional en Colombia. Pero no es la musculatura ni la complexión atlética. Según la tesis de grado como abogado de un futbolista que se acaba de retirar, los jugadores profesionales sufren en Colombia un régimen laboral que los asemeja estrechamente con los esclavos que, en épocas pasadas, eran parte del patrimonio de sus amos.

No cabe duda que dentro de todo aficionado al fútbol hay un jugador frustrado, y que la secreta aspiración del padre que lleva a su hijo al estadio es que su "chino" resulte buen futbolista y de pronto, por qué no, llegue a vincularse profesionalmente al gran circo del fútbol serio, donde se mueven tantos millones y donde fama y fortuna se convierten en posibilidades al alcance de la mano. Pocos, sin embargo, se han planteado a profundidad las circunstancias tan difíciles que deben afrontar los jóvenes que llegan a hacer realidad tan preciado sueño.

Pero no se trata solamente de lo efimero de su carrera, que les absorbe sus mejores años impidiendo, de paso, que se capaciten en otras áreas de la actividad humana para cuando "los coja la noche". O la posibilidad de lesiones que trunquen de un día para otro toda una vida de ilusiones. Se trata de algo mucho más complicado que todo ello, y tiene que ver con el régimen laboral que se aplica a los profesionales del fútbol, que los convierte, en opinión de muchos, en auténticos esclavos en una época en que al menos en apariencia, la humanidad ya ha superado ampliamente esa figura.

Gol de media cancha
Se trata de un tema polémico, en el que las opiniones encontradas se enfrentan en forma apasionada. Los afectados directamente, esto es, los jugadores profesionales de fútbol, han carecido de la unidad necesaria para hacer valer su punto de vista, aunque no han faltado los intentos:los aficionados recuerdan los esfuerzos de futbolistas como Alejandro Brand, Víctor Campaz y Jaime Morón, quienes en la década de los setenta trataron de crear la Asociación de Futbolistas Colombianos, Afucol, que pretendía aglutinar la solidaridad del gremio en busca de recibir un tratamiento mejor de parte de los directivos y la reforma del régimen de las transferencias de jugadores entre los clubes, que es la piedra de escándalo que da lugar a lo más candente de las polémicas.

El tema vuelve a tener resonancia ante un trabajo de tesis hecho el año pasado por un joven ex futbolista profesional quien, como una excepción, tuvo la oportunidad de estudiar derecho mientras se desarrollaba su carrera deportiva. Se trata de Carlos González Puche, conocido, mayormente entre los hinchas de América y Millonarios, como el "Puche" González. Hoy de veintisiete años de edad, su carrera deportiva comenzó en el club de sus preferencias personales, de su "hinchada", que era Millonarios, hacia el final de los años setenta. "Yo comencé en mi colegio a jugar al fútbol, que era para mí una pasión total. Mi mayor sueño era jugar con mi equipo favorito, lo que conseguí al ingresar a las divisiones inferiores. Para mí, con vestir la camiseta azul era suficiente, jamás me imaginaba entonces que me fueran a pagar por jugar. En esa época, como parte de los requisitos para jugar en el club, hice lo que todos en esa época:sin ser mayor de edad, firmé el `pase' a favor de mi equipo, sin saber que ello era como entregarme de por vida a la voluntad de una institución, cambiante en la medida en que los dirigentes cambian".

Y es precisamente la existencia del pase lo que motiva la preocupación de los entendidos. Se denomina pase deportivo del jugador, el derecho que tiene cada club de transferir su afiliación a otro. Constituye un patrimonio del club que lo posee, que puede hacer con él casi cualquier cosa. Se puede vender, comprar, alquilar, o simplemente guardar como se guarda un activo fijo pero inmovilizado.

Eso quiere decir que si un jugador quiere cambiar de equipo por cualquier razón, debe tener primero consentimiento del club propietario de su pase, el cual, por tener un derecho patrimonial sobre éste, deberá primero "negociar" la transferencia lo que será un asunto exclusivamente entre los clubes. Si éstos no llegan a un acuerdo, las aspiraciones del pobre jugador se verán frustradas, por que su club de origen sencillamente no lo habrá querido "vender".

O también puede ponerse la situación al revés. Si un club decide que por razones patrimoniales que sólo él le incumben, debe negociar el pase de tal o cual jugador, éste debe allanarse a lo que sobre él decidan los dirigentes, como trasladarse a vivir a otra ciudad, en condiciones no siempre favorables, sin consideración alguna a sus circunstancias familiares por ejemplo.

¿Y qué pasa si, por ejemplo, el jugador se niega a trasladarse a donde sus "dueños" disponen? Pues simplemente queda "parado", esto es, no puede contratar con ningún otro club, porque en ese caso estará "atentando" contra el patrimonio de aquel que tiene su valor bien tasado en sus libros. O sea que "si no juega como lo ordenan los directivos, simplemente no puede jugar". González Puche afirma que ese régimen atenta contra principios fundamentales del orden jurídico del país, entre otros, el derecho al trabajo y la libertad de contratación; el jugador queda, pues, totalmente "cosificado" y con una dignidad, si no pisoteada, por lo menos ampliamente denigrada.

Según el "Puche", lo que se ha conformado en Colombia es un verdadero estado dentro del Estado. "Al no poder asumirla directamente, el Estado colombiano ha dejado en manos de particulares la recreación que el fútbol le brinda al pueblo. Ello ha desembocado en que un organismo, que en la práctica es eminentemente comercial, como es la Dimayor, y agrupa a la totalidad de los clubes profesionales, legisle sobre la forma de contratación de los jugadores, aun en la más abierta y aberrante violación de las leyes y la Constitución del país"

Pero lo peor de todo, es la máscara de legalidad que cubre la existencia de esas reglamentaciones. Según "Puche", la Dimayor se constituye en un grupo de presión tan poderoso, que las normas legales existentes, que podrían ser aplicadas para controlar los abusos que se cometen contra los futbolistas, se convierten en letra muerta. Existe un artículo del decreto 2845 de 1984 (Ley marco del deporte), que determina que la transferencia de un jugador no hace parte de su contrato de trabajo, y que por razón del acuerdo entre los clubes no se podrá coartar la libertad de trabajo de los futbolistas. Algo que no se ha aplicado jamás. E incluso, se han producido sentencias del Consejo de Estado contra la práctica de la transferencia, que no han tenido ningún eco.

Normas importadas
La figura del pase, sin embargo, no es una invención colombiana. Se aplica precisamente por exigencia de la FIFA, que es la entidad rectora del fútbol en el mundo. Se justifica en la protección de los esfuerzos desplegados por los clubes para la formación de sus jugadores, ya que de no existir, estos estarían al arbitrio de las mejores ofertas que les pudieran hacer clubes más poderosos económicamente. Ello, no obstante, no es tan cierto en Colombia. "Aquí los jugadores llegan a los clubes prácticamente formados", dice Alejandro Brand, ídolo de los años setenta. "Cuando uno está en actividad, piensa que se trata de una esclavitud completa, pero yo creo ahora, pensando la cosa con más serenidad, que se trata de dos intereses que hay que tratar de conciliar. De un lado, los jugadores, con sus justas aspiraciones, y del otro, los clubes, con su punto de vista".

Entre tanto, las conquistas de los jugadores en Colombia, siguen siendo pírricas. En el país se aplica en la práctica, la figura del pase o transferencia sin ninguna limitación. Por las épocas de actividad sindicalista de Brand, se cimentaron los que hoy éste menciona como los únicos avances según normas de la Dimayor, todo jugador tiene derecho al ocho por ciento del valor del negocio que se haga sobre su cabeza. Esto, en opinión de los entendidos, tiene muy poca relievancia en la realidad, pues los clubes pueden hacer el trato por un valor y declarar otro, ahorrándose en la operación buena parte de lo que podría corresponder al jugador.

Se trata, sin embargo, de un asunto que con un poco de buena voluntad se puede solucionar fácilmente, tal como se ha logrado en países como Uruguay y Argentina. "Allí--refiere el "Puche" González--la unión de los jugadores logró para ellos un tratamiento más equitativo". En Argentina, por ejemplo, si un jugador es parado durante más de un año, queda automáticamente libre, lo mismo que si no se le paga su salario de acuerdo con lo convenido. En Uruguay, cuando un jugador llega a los veintisiete años, queda en la práctica libre, con el cumplimiento de determinados requisitos, y cuando todavía tiene carrera por delante.

La comparación con lo que rige en Colombia no deja de poner la carne de gallina. Aquí no sólo no pasa nada si un club no le paga al jugador, sino que éste tiene que pedirle permiso a la Dimayor para demandar judicialmente el cumplimiento del contrato pero el club, naturalmente, va a evitar la concesión de ese permiso, pues precisamente, hace parte de la Dimayor. Y si el jugador, desesperado, recurre a la justicia sin el permiso de esa entidad, puede ser sancionado con la inactividad por dos años.

El tema está sobre el tapete. Los intentos de modificar este orden de cosas, siempre han tropezado con la insolidaridad de los mismos futbolistas --"esclavos de oro" para el "Puche"--, quienes parecen deslumbrados con su prosperidad, que en muchos casos no es más que flor de un día. Pero trabajos como el de González Puche hacen pensar que los jugadores, al contrario del coronel, sí tienen quien les escriba.

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