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| 10/9/1989 12:00:00 AM

EN LA PUERTA DEL HORNO...

La mejor selección en la historia de Colombia, a punto de quedarse por fuera de Italia 90.

La maldición continua. Luego de sus tres primeros encuentros, en los que ganó tres puntos de seis posibles, la Selección Colombia depende ahora en buena parte de lo que hagan Ecuador y Paraguay. Como es la costumbre en este tipo de torneos, las posibilidades de llegar a la fase final de una Copa Mundo están en manos de terceros y tanto el publico como los jugadores esperarán las transmisiones de televisión para conocer un futuro que no supieron definir en la cancha.
Probablemente nunca antes en la historia un combinado nacional había llegado con tan buenas posibilidades a una eliminatoria. Un trabajo continuo de dos años, un director técnico conocedor del jugador colombiano e innovador en sus metodos y tácticas y, finalmente, el más selecto grupo de jugadores en la historia del futbol colombiano que contó con el apoyo total del publico. Además, gracias a Francisco Maturana y a su trabajo, Colombia llegó como favorito, entró al grupo de los grandes del continente. El grupo contó con todas las facilidades y, a pesar de todo esto, antes que los problemas deportivos, de la mala suerte a la hora de definir, lo que se vio fue escasez de ganas, falta de ambición y de agallas.
El primer partido en Barranquilla frente a Ecuador marcó un buen comienzo.
Dos goles de Arnoldo Iguarán fueron suficientes para afirmar las esperanzas y pensar que Italia estaba a solo un paso. El equipo jugó bien, conto con el apoyo de 70 mil gargantas que no pararon de alentarlo durante los 90 minutos. El siguiente paso había que darlo en Asunción, ocho dias despues, frente a una selección que pasaba por uno de sus momentos mas difíciles: una semana antes de su encuentro frente a Colombia, los paraguayos encargaron a Cayetano Re de la dirección técnica de la escuadra y licenciaron al argentino Luján Manera, el hombre que los dirigió durante un año y medio.
La selección de Maturana jugó mal. Fue un cuadro sin ideas, en el que Carlos Valderrama estuvo lejos del nivel que se le conoce y en el que, aparte de la labor de marca, no hubo un trabajo ofensivo que inquietara al rival. Como si fuera poco, Hernán Silva, el "paquete chileno" que condujo las acciones, demostró que es un enemigo frontal de Colombia -como lo dejó en claro en la pasada Copa Libertadores -y le metio la mano al partido hasta más no poder. Cuando el partido iba 1-0 en contra de Colombia y cuando faltaban tres minutos para el final, Iguarán de nuevo mostró que es la única solución para llegar al gol y anoto el del empate, lo que ponía a la selección nacional con la primera opción para ganar el grupo. Pero Silva, el ladrón, no podía permitirlo y fuera de pitar cinco minutos adicionales sin ninguna justificación, sancionó un dudoso penal. A todas estas, los jugadores colombianos en ningun momento presionaron al caco chileno para que pitara el final del encuentro. Es como si los once jugadores se hubieran dejado raponear en plena calle y no hubieran reaccionado para evitar el robo. Las protestas llegaron cuando el triunfo paraguayo era ya un hecho cumplido y cuando los bolillos de la Policía se pusieron en contra de los colombianos. De todas formas, el escándalo de un partido perdido injustamente sirvió para ocultar el mal desempeño del equipo nacional. Lo doloroso es que, pese a la floja presentación, el punto estaba en el bolsillo. Lo más grave del episodio radica en que, pese a no estar en su mejor nivel y a afrontar dificultades en su nómina, Paraguay entró con pie derecho a la eliminatoria, se tomó confianza al derrotar a su mas fuerte enemigo y ahora tiene todas las posibilidades de su parte.
La tercera salida se cumplió el pasado 3 de septiembre, frente a un Ecuador que necesitaba ganar a toda costa. El equipo de Maturana presentó variantes en su nómina, la mayor parte de ellas obligadas por suspensiones reglamentarias. Leonel Alvarez, expulsado en Asunción, le cedió el puesto a "Barrabás" Gómez y Bernardo Redín, con dos tarjetas amarillas en los juegos anteriores, le dio paso a Luis Alfonso Fajardo. Por otra parte, por razones tácticas, Rubén Darío Hernández jugó desde el inicio del encuentro. Ecuador no fue un hueso duro de roer. Colombia fue superior durante la mayor parte del encuentro, pero no supo marcar los goles necesarios, no aprovechó las ventajas de la defensa local que, en su afán por llegar adonde Higuita, dejó huecos que no se aprovecharon.
Ecuador en Guayaquil fue menos que en Barranquilla. Colombia, por su parte, no mostró todas las ganas y la garra de un equipo que quiere estar en la fiesta máxima, entre los 24 más grandes del mundo. El 0-0, aunque no lo saca de carrera, deja el equipo de Maturana en una situación difícíl, en la que depende de lo que pueda hacer un Ecuador prácticamente eliminado frente a un Paraguay en plena alza. Al cierre de esta edición las esperanzas colombianas dependían de lo que pudiera hacer el pasado domingo en Asunción el equipo de Ecuador. Si bien es cierto que Ecuador parece más fuerte de visitante que de local, se trata en los actuales momentos de una escuadra desmoralizada, sin ideas y a la que sólo le queda buscar un triunfo para que la catastrofe no sea total. El próximo domingo en Barranquilla, Colombia está obligada a ganar por un buen margen de goles para que, en el mejor de los casos, una holgada diferencia de goles le dé el tiquete para enfrentar a Israel, el clasificado por el grupo de Oceanía.
Es triste que la nueva etapa del futbol colombiano no se consagre en el Mundial Italia-90. Es triste porque a nivel de clubes ya se demostraron los avances con el triunfo del Nacional en la Copa Libertadores de América. Y es más triste aun por hombres como René Higuita y Francisco Maturana.
Higuita ha sido el unico jugador de la selección con un nivel parejo a lo largo de la eliminatoria y merecía la vitrina de una Copa Mundo para buscar suerte en Europa. Por su parte, Maturana merecía llegar al mundial como un premio a su trabajo, a su seriedad y a su sacrificio. El técnico demostró con creces que es el mejor del país y uno de los grandes del continente, le dio una nueva dinámica al futbol colombiano y puso a los jugadores a jugar bien y sin complejos.
Pero sus dirigidos estuvieron por debajo del compromiso histórico que tenían. Ahora, como de costumbre, hay que esperar un milagro por los lados de Ecuador. Paraguay, con o sin ayuda del pícaro Silva, demostró que si le falta futbol le sobran ganas, garra y hombría.
Y también quedó claro que un buen equipo no es suficiente para llegar a un Mundial. Los dirigentes son parte fundamental y los colombianos no estuvieron a la altura de las circunstancias. La muestra está en el partido de Asunción, cuando nadie tomó cartas en el asunto de Hernán Silva. Se sabía con varios meses de anticipación que el chileno dirigiría las acciones. Se sabía también que la FIFA difícilmente cambiaría de juez, a pesar de los antecendentes del partido Millonarios-Nacional en la Copa Libertadores de América. Pero era de esperarse que, como lo hicieron los chilenos antes del partido frente a Brasil -que terminó con el retiro del equipo de Chile-, la Federación Colombiana de Futbol se pronunciara de manera oficial para prevenir posibles irregularidades en el arbitraje. León Londoño fue tibio en este aspecto y no sólo no se pronunció frente a la FIFA, sino que no advirtió a la prensa y a grito herido de los peligros que encarnaba el árbitro chileno. Tal parece que los dirigentes colombianos no han entendido que los puntos que se consiguen en el campo de juego son sólo una parte. Cada día más en América del Sur las clasificaciones se juegan por fuera de los estadios, a través de los micrófonos de la prensa, en los escritorios y en los comunicados oficiales que previenen sobre posibles irregularidades o que le crean un ambiente adverso al rival, como se lo hicieron a Colombia.
Por todo esto, por la falta de agallas de algunos jugadores y por la débil posición de los dirigentes, la historia está a punto de repetirse y Colombia a un paso de quedarse sin el centavo que siempre le hace falta para completar el peso.
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