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| 5/19/2017 4:03:00 PM

Fernando Gaviria, el rebelde

Fernando Gaviria, el ciclista antioqueño que se ha convertido en la gran sorpresa del Giro de Italia Centenario, empezó siendo un patinador. Semana.com le cuenta su historia.

Existe ese tipo de personas que cuando llegan a un juego tiran todo de la mesa para imponer sus propias reglas. Hay deportistas como Fernando Gaviria que renuncian a lo que siempre se dijo de los de su estirpe: que son escaladores impresionantes, montañeros que sabían sobre todo trepar montañas y llegar a la cima solos, para terminar arriba coronando la colina. Renunció a lo que no tenía por vocación e impuso su propio juego, sus propias reglas.

Un grupo de ciclistas ruedan por Boyacá con la parsimonia de las vacas que mascan viendo camiones pasar. Así comienza la escena del libro Reyes de las montañas (Semana Libros, 2016) que escribió Matt Rendell y recrea a los llamados escarabajos que engrandecieron el ciclismo colombiano en los años setenta. Se deslizan con delicadeza y tesón y cuando llega la trepada saben subir por inercia. Pero entre la bruma aparece una bicicleta fea y vieja, la maneja un muchacho de sombrero, ruana y alpargatas que lleva en la parrilla una cantina de leche que puede pesar veinticinco kilos. Se les pega como una mosca inoportuna y los deportistas, soberbios, le gritan: “Oiga, mijo, váyase a la mierda”. Y después de varios insultos el campesino sabe gritar: “Coman mierda, si son tan berracos, descuélgenme”, y se pierde subiendo la ensenada.

Al embrión de esta estirpe es al que Fernando Gaviria renunció. Se negó a escalar por la pura fuerza de la costumbre y con ello dejó atrás a los suyos. Escogió en cambio la potencia y la velocidad del sprinter; hoy las cámaras lo muestran coronando su cuarta etapa: doce ciclistas que parecen pedalear al revés por la sola fuerza de las piernas de Gaviria, que los va superando como impulsado por una mano invisible. Atrás quedan George Bennety y Jasper Stuyven, que se peleaban la punta y no lo vieron venir. El resto es épica, poesía.

Puede leer: Gaviria se inmortalizó en el Giro del Centenario

Fernando Gaviria nació en La Ceja —oriente antioqueño—, en agosto y en 1994. La Ceja da, sobre todo, flores. Y ha dado dos grandes ciclistas: Juliana Gaviria y Fernando Gaviria, hermanos, ella mayor por tres años y medio. Son hijos de Hernando y Carmenza, los dos profesores, los dos antioqueños, los dos vieron el espíritu inquieto de sus hijos y quisieron hacerlos deportistas. Es una mañana de viernes en el barrio San Cayetano de La Ceja y el panadero recuerda cuando Gaviria y Juliana eran unos niños y recorrían las calles con sus patines de cuatro ruedas, “pero el niño era muy travieso, hacía muchas piruetas. Ahí en la casa de granito café y puerta como verdosa vive doña Margarita, que le cuenta mejor”.

San Cayetano es el barrio en el que doña Margarita Alzate Arbeláez vio crecer a sus veinticinco nietos, porque como todas las familias paisas, la suya también supo expandirse. Entre todos los nietos sólo hay dos deportistas, Juliana y Fernando. “Cuando él nació era clarito, ni demasiado blanco ni demasiado negrito. Yo siempre me acuerdo de que era muy ágil, muy independiente. Hacía las cosas solo, no había que estar encima de él, le gustaba aventurarse, hacía las cosas espontáneamente. No era llorón”, dice doña Margarita con la voz temblorosa que le trajeron los años.

Si existe un día señalado puede ser este: Fernando tenía 17 años y se cortaba las uñas en la casa de su abuela Margarita cuando el entrenador Jhon Jaime González llegó con Juliana después de un entrenamiento. Fernando estaba aburrido y dijo: “Profe ayúdeme, home, es que yo quiero ser bueno, yo quiero ganar el nacional”, a lo que Jhon le respondió que el nacional era poco, que si se disponía podía ganar un mundial. “Y entonces qué hago mañana”, replicó Fernando.

Lo que hizo mañana fue empezar a correr, a ganar.

Tenía 17 años cuando participó en campeonato nacional de ruta y en pista, ganó las dos. Pero no llamaron a la selección que se formó para Panamericano. Tampoco lo llamaron para participar en el Mundial de Ciclismo de Nueva Zelanda de 2012. “Entonces yo hablé con Jorge Ovidio González, que era el presidente de la Federación, y le dije que había que llevarlo porque era el mejor del país, y lo llevaron, hizo el campeonato del mundo en nueva Zelanda”. Por esos días John no durmió, lo entrenaba desde Medellín, hablaban por teléfono largas horas y planeaban estrategias de embale o Fernando se quejaba del algún dolor. Hacían equipo en la distancia. Ya se sabe la historia: salió campeón mundial junior en las pruebas madison y ómnium. Luego vinieron medallas en el Campeonato Panamericano de Ciclismo 2013.

A su regreso lo contrató Coldeportes-Claro para que compitiera en los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se realizaron en México en 2014, donde obtuvo el oro en el ómnium, como lo hizo el mismo año en los Suramericanos y en la Copa Mundo de Pista. “Para mí todo eso fue asombroso, pero la cereza fue cuando en 2015 llegó al Campeonato del Mundo y ganó el ómnium”.

Pero la verdadera sorpresa fue la escena que hoy muchos evocan, siendo Gaviria el mejor sprinter del Giro. La escribió el periodista Carlos Arribas para el diario El País: “A Gaviria, tan joven, tan dotado, se le esperaba en el Giro desde hace dos años y medio, desde que recorrió el mundo un vídeo de una etapa del Tour de San Luis, en Argentina, en el que se veía a un colombiano casi niño y desconocido, de 20 años y barbilampiño, lanzado y velocísimo, derrotar nada menos que a Mark Cavendish en un sprint, y al día siguiente, en otro”.

***

Fernando estudió en el Colegio Salesiano Santo Domingo Savio, de La Ceja, pero cuando terminó primaria se pasó para la Institución Educativa La Paz, donde su padre enseñaba Educación Física y su madre cátedras varias. La cercanía familiar les permitió a los padres tener el control de la formación deportiva de sus dos hijos. Por esos años —y hasta hoy—, Hernando se había ganado la fama de ser el gran entrenador de ciclismo del oriente antioqueño, pues cada fin de semana llegaba a un pueblo diferente con una recua de muchachitos que conformaban el Club La Ceja de Ciclismo.

“Ese hombre mantenía para arriba y para abajo con esos muchachos, los llevaba a entrenar, les exigía, pero les daba mucho cariño. Fernandito sí era muy rebelde de chiquito, porque empezaba a hacer daños y era muy exigente porque quería las cosas a su manera, de pronto eso le sirvió para llegar adonde hoy está. Y esos papás eran felices con sus dos hijitos para arriba y para abajo”, recuerda doña Margarita.

Pablo Arbeláez puede ser uno de los periodistas que más sabe de ciclismo en el país, trabajó en el diario El Colombiano hasta su jubilación en 2014, tiempo en el que escribió de todos los ciclistas que hoy son el presente dorado del ciclismo colombiano. Pablo recuerda cuando Fernando, siendo un niño, participaba en el clásico de ciclismo del diario antioqueño, y después cuando acompaña a su hermana Juliana a la pista, “hasta que un día ese niñito apareció dentro del grupo de velocistas que entrenaba John Jaime González, y me di cuenta de que era excepcional, después lo vi acumular títulos de todo tipo”.

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Martín Emilio Rodríguez —cree Pablo—, Cochise, es el ciclista que más se le parece a Fernando, “un rodador con muchas condiciones para embalar, que ganó muchas etapas por esa calidad. Ya tuvimos a contrarrelojistas como Víctor Hugo Peña y Santiago Botero, pero faltaba alguien que nos recordara a los embaladores de antes, que nacieron del velódromo, y ese es Fernando”.

De Fernando Gaviria no se tenían noticias desde los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, donde era el favorito para ganar la medalla de oro en el ómnium y se ganó, finalmente, un diploma olímpico al quedar de cuarto. Aquella vez dijo: “Es el retiro mío de la pista. Fallé yo. Ni ayer ni hoy respondí, entonces no merecía estar en el podio. Esto es demasiado duro. De los errores aprendo y vamos a seguir preparándonos”. Por entonces ya había echado suerte y tenía contrato con el equipo Quickstep.

En ese momento la prensa deportiva creyó que Gaviria se iba a echar a perder, Jhon Jaime tuvo otra mirada: “Se perdía la posibilidad de tener un corredor de corto olímpico, un hombre muy fuerte para ómnium y pruebas de persecución, pero todos sabíamos que su futuro estaba en otro lado cuando le ganó a Mark Cavendish en la vuelta de San Juan, en Argentina, que ahí estaba un verdadero embalador para competir en Europa”.

Escribió Clarice Lispector alguna vez: “La vocación es diferente del talento. Se puede tener vocación y no tener talento, es decir, se puede ser llamado y no saber cómo ir”. Gaviria sabe cómo ir y, como todo rebelde con talento, sabe llegar bien.

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