Sábado, 21 de enero de 2017

| 1983/01/03 00:00

FUE, ESPERO Y VENCIO

En Santiago de Chile, ante 70.000 espectadores Peñarol ganó su cuarta copa.

FUE, ESPERO Y VENCIO

La Copa Libertadores es así. Rara vez se ve buen fútbol. La final la juegan dos equipos interesados en lograr un punto como vistantes para luego tratar de ganar en casa. Generalmente hace falta jugar un tercer partido en cancha neutral y allí se ven los goles de dos equipos obligados a ganar para quedarse con la Copa. Cobreloa parecía fijo luego del empate logrado en Montevideo. Por eso se llenó el estadio Nacional de Santiago, donde 70 mil aficionados querían ver campeón al equipo de la ciudad minera de Calama. Pero el ímpetu del Cobreloa murió en las manos del arquero uruguayo Gustavo Fernández, y el público comprendió que el Peñarol tenía argumentos de sobra para dejar pasar los minutos, tal como lo había hecho el Cobreloa en Montevideo.
Faltando cinco minutos para el final, los ojos de la gente se centraron en Buenos Aires, donde se jugaría el partido definitivo. Se repetiría la historia dd año anterior, cuando el Flamengo necesitó tres partidos para quedarse con la Copa ante el mismo equipo chileno. Llegó el minuto cuarenta y cuatro y Saralegui descubrió a Venancio Ramos libre de marca. Le pasó el balón, Ramos avanzó, buscó a Morena quien la recibió, enfrentó el arquero Wirth y a otra cosa, como dicen en el Rio de La Plata. Gol y campeonato en menos de un minuto. La vuelta olímpica la dieron otros y el Cobreloa volvió a ser subcampeón.
Lo de Peñarol no es una hazaña. Al fin y al cabo el Cobreloa no es ninguna maravilla y llegó a la final al derrotar al Olimpia con un gol de último minuto. La lógica decía que el campeon debía ser Peñarol. Este equipo eliminó a lo largo del torneo a otros oncenos de gran jerarquía, ganó en el Maracaná, en el Monumental de River y demostró más argumentos que el Cobreloa, un equipo basado en la fuerza de sus defensores y en la inspiración de Letelier. Peñarol merecía la Copa más que nadie. Pero lo inesperado fue la manera como ganó.
En Montevideo, Peñarol jugó muy mal. Sus delanteros sintieron la ausen cia del Pinocho Vargas, no lograron recrear ese fútbol contundente que les permitió derrotar a River y Flamengo.
Los chilenos se sintieron a gusto y se limitaron a hacer lo que saben: esperar atrás y ensayar de tarde en tarde algún contragolpe.
El punto cedido por Peñarol en Montevideo volteó la balanza y los del Cobreloa regresaron a casa con la confianza inmensa del que se siente ganador. Los titulares de prensa que anunciaban el segundo partido hablaban de la enorme posibilidad del triunfo chileno y el técnico Cantatore auguraba un partido duro que el Cobreloa sabría afrontar para darle a Chile la primera Copa Libertadores. Pero otra fue la historia. Cobreloa no posee un ataque consistente, el único que maneja el balón con propiedad es Merello, y por eso el ímpetu inicial se convirtió en desorden. Peñarol se dio cuenta de ello y esperó tranquilamente que se fueran los noventa minutos. En Buenos Aires iba a ser a otro precio.
Pasaron ochenta y nueve minutos, y Peñarol, como buen equipo uruguayo que es, aprovechó su última posibilidad, ganó el partido se dio el gusto de dar la vuelta olímpica en Santiago.
Sin su mejor delantero, el Pinocho Vargas, jugando en un campo ajeno ante un público que se silenció al terminar el primer tiempo, y que enmudeció cuando Morena definió de una vez por todas el nombre del campeón, Peñarol obtuvo su cuarta copa.
No fue una hazaña, aunque las circunstancias le pongan ese disfraz épico a un simple partido de fútbol, a una típica final de la Libertadores.
Así ha sido siempre. Pocos goles, partidos duros, rivales fuertes, pero sobre todo, equipos con "tradición". Independiente de Avellaneda, seis veces campeón, y Peñarol de Montevideo, con cuatro títulos y casi cien partidos a lo largo de veintitrés años, son ahora los más representativos de este extraño torneo.
Los europeos son más prácticos. La final de su copa de clubes se juega en un estadio neutral y se ahorran dos partidos sobre los cuales se puede especular.
Bruselas, 1977, final de la Copa Europa: juegan Liverpool y Borrussia. El éxito económico está asegurado de todos modos y los hinchas atraviesan el canal de La Mancha y llenan los trenes alemanes. La final resulta espectacular, todo un continente la sigue por televisión, y gana el hincha del fútbol, como ha ocurrido siempre, desde 1955. En América no funcionan los trenes, la televisión afecta las taquillas y no existen estadios lo suficientemente neutrales como para que se pongan de acuerdo los dirigentes de los equipos finalistas. Y por eso la Copa acumula historias de empates sin goles, de hinchas furiosos y de equipos visitantes que deben salir del estadio protegidos por lo escudos de la Policía.

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