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| 9/25/2000 12:00:00 AM

Galería de héroes

Galería de héroes He aquí algunas hazañas, gestos de grandeza humana e injusticias no tan recordadas y que conmovieron la historia de los Olímpicos.

Cada cuatro años, cuando están a punto de comenzar los Juegos Olímpicos, suelen recordarse los nombres y las imágenes de Carl Lewis, Nadia Comaneci, Mark Spitz y otros héroes de la era de la comunicación masiva. Sin embargo en 100 años de competición se han tejido otra gran cantidad de hazañas y gestos conmovedores a cargo de las grandes figuras que no tuvieron a su favor el despliegue masivo de los tiempos modernos.

En 1950 la agencia Associated Press hizo una encuesta y Jim Thorpe fue elegido como el deportista más grande de la primera mitad del siglo XX. No era para menos. Este pielroja con algo de sangre francesa e irlandesa, triunfó en el baloncesto, el béisbol y el fútbol americano. Nacido el 28 de mayo de 1888 en Praga, localidad del entonces llamado Territorio de Oklahoma, Thorpe fue un superdotado que muy pronto adquirió fama nacional gracias a sus hazañas en estos deportes y como campeón universitario de baile.

Pero también fue un atleta de pista y campo excepcional. Fue escogido para formar parte del equipo olímpico de Estados Unidos que participó en los Juegos de Estocolmo en 1912. En el primer día de competencias Thorpe ganó el pentatlón casi sin despeinarse. Lo mejor estaba por llegar. Thorpe también se impuso en el decatlón, la prueba reina del atletismo olímpico, con un registro que le hubiera servido para obtener la medallas de plata 36 años después, es decir, en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948.

Sin embargo el Comité Olímpico Internacional le quitó sus dos medallas de oro y lo borró de los registros oficiales porque un periodista descubrió que en 1909 y 1910 había cobrado unos pocos dólares en las ligas menores de béisbol de Carolina del Norte. Thorpe alegó que eso hacían todos sus colegas (sólo que se cambiaban de nombre) y que él no sabía que estaba prohibido. Sin embargo el Comité Olímpico sólo le devolvió sus preseas, de manera póstuma, en 1983.

Injusticias también las hubo en tiempos más recientes. En los Juegos Olímpicos de México, en 1968, Tommie Smith y John Carlos, atletas de color, ganaron el oro y el bronce para Estados Unidos en la prueba de 200 metros. Hasta ahí, todo normal. No obstante, cuando recibieron las medallas y sonó el himno de su país, ambos usaron botones del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos, se pusieron un guante negro en la mano y levantaron el puño, signo del movimiento antirracista Panteras Negras. El Comité Olímpico Internacional los descalificó por “intromisión en política”, les quitó las medallas y los obligó a abandonar México en 48 horas. El mismo Comité que había aceptado el saludo nazi cada vez que un atleta alemán ganaba una medalla en los Juegos de Berlín de 1936 ahora se escandalizaba por un gesto pacifista de reivindicación que curiosamente se llevó a cabo el año del asesinato de Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy, adalides de la lucha por los derechos civiles.

Uno de los grandes nombres del atletismo de todos los tiempos es el de Paavo Nurmi, el ‘Fantasma finlandés’, gran candidato a figurar como el mejor atleta de todos los tiempos. En los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, París 24 y Amsterdam 28 Nurmi ganó 12 medallas olímpicas, nueve de ellas de oro, en 1.500, 5.000, 10.000 metros y la carrera de obstáculos. El y su compatriota Vilho Ritola, quien en su carrera olímpica obtuvo cinco medallas de oro y tres de plata, dominaron las pruebas de fondo en los años 20.

Nurmi volvió a conmover al mundo en 1952, en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Helsinki. En efecto, el estadio se puso de pie cuando descubrió que el encargado de llevar la llama olímpica al pebetero era nada menos que Nurmi, quien a pesar de sus años mantenía el paso firme que lo había hecho invencible dos décadas atrás.

En esos juegos olímpicos el amplio dominador de las pruebas de fondo fue el checo Emil Zatopek. Lo suyo fue heroico pues, después de ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, decidió correr el maratón, una prueba en la que jamás había participado, y también la ganó. Cuando apareció en la pista del estadio olímpico el público gritaba “Za-to-pek, Za-to-pek” y, tras cruzar la meta, los integrantes del equipo de 4X100 de Jamaica lo cargaron en hombros. Cuando el argentino Reinaldo Gomo llegó a la meta para alzarse con la medalla de plata, Zatopek hacía rato firmaba autógrafos.

Otro de los héroes de los 50 y los 60 fue Al Oerter, lanzador de disco de Estados Unidos, quien ganó cuatro medallas de oro olímpicas consecutivas en su especialidad en Melbourne 56, Roma 60, Tokio 64 y México 68. Jamás llegó como favorito e incluso la de Tokio, en 1964, la ganó lesionado. Su capacidad para concentrarse en la instancia decisiva fue el arma que le permitió superar a rivales que competían en mejores condiciones que él.

No cualquiera se gana tres medallas de oro consecutivas en una disciplina tan exigente como la natación, y mucho menos en los 100 metros estilo libre, la prueba reina. Esa hazaña la logró la nadadora australiana Dawn Fraser. Rebelde, siempre metida en líos con el comité olímpico de su país, Dawn Fraser fue la primera mujer que nadó los 100 metros estilo libre en menos de un minuto. Completó su hazaña al ganar oro en esa prueba en los juegos de Melbourne 56, Roma 60 y Tokio 64, en los que también ganó otras cinco medallas más.

En estos tiempos de atletas jóvenes cabe recordar a Francina Blankers-Koen, la atleta holandesa que ya era una afable madre de dos hijos cuando compitió en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948. A pesar de que tenía 30, ella igualó la hazaña de Jesse Owens, pues ganó cuatro medallas de oro en 100 metros planos, 80 metros con vallas, los 200 metros planos y la posta femenina de los 4X100.

Y si de ejemplos de superación se trata, ninguno como el de la atleta Wilma Rudolph, gloria del atletismo de Estados Unidos. A los 10 años de edad todavía sufría de poliomielitis en la pierna izquierda. A esa edad por fin pudo caminar. Seis años después compitió en los Olímpicos de Melbourne 56 y luego en Roma 60 ganó tres medallas de oro en 100 metros planos, 200 metros y la posta por equipos de 4X100. Sin duda uno de los ejemplos de superación más conmovedores de la historia del deporte mundial.

Para terminar, una de las historias más lindas de los juegos olímpicos. Del atleta Jesse Owens, de Estados Unidos, se conocen de sobra sus hazañas: ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, en los que el régimen nazi de Hitler intentó demostrar la supremacía de la raza aria. Poco se habla, sin embargo, de la gran amistad que estableció con el atleta alemán Luz Long, alto, rubio y ojiazul y su principal rival en las pruebas de salto largo. Durante las pruebas de clasificación Long saludó a Owens, se presentó y pronto comenzaron a charlar. Long le comentó a Owens que no creía para nada en el mito de la superioridad aria. En la tarde, cuando Owens ganó la prueba, Long, en las narices de Hitler, fue el primero en felicitarlo. “Ustedes pueden fundir todo el oro de las medallas y trofeos que gané, dijo más tarde Owens, y jamás lograrían los 24 quilates de amistad que sentí por Long aquella tarde”. Owens y Long mantuvieron su amistad por correspondencia. Cuando Luz Long cayó en la batalla de San Pietro, en julio de 1943, Owens siguió escribiéndoles a los padres de su amigo.
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