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| 12/21/2014 12:00:00 AM

Gustavo Costas, el Conquistador de América

El técnico de Santa Fe que le entregó la octava estrella previamente había sido campeón en cuatro países del continente.

El ritual de Gustavo Adolfo Costas es besar dos dijes que cuelgan de una cadena de oro, minutos antes de cada partido. Lo hace con los ojos cerrados, con devoción, lo hace con intensidad. Y es que si hubiera que definir en una palabra al técnico campeón del fútbol colombiano con Santa Fe, sería: intensidad.

Costas en el corralito de los técnicos grita, gesticula, corre detrás del balón, defiende, mete la pierna. Todo. Y claro, cuando su equipo anota, estalla como si no hubiera mañana. Precisamente esa intensidad que caracteriza al argentino de 51 años fue el diferencial que llevó a Santa Fe a dar ese paso extra para ganar un título que tuvo cerca tres veces consecutivas.

Gustavo Costas, el 'narigón', como lo conocen en Argentina, es hincha de Racing. Fue defensa central y capitán de la Academia por mucho tiempo. En 1984, tuvo que vivir el descenso de su equipo como referente. La agonía sólo duró un año. En 1985, supieron volver a primera división y en 1988 ganaron una Supercopa Suramericana, una copa de menor valía que en realidad representó un resurgimiento para el equipo de Avellaneda.

El éxito que no logró conseguir como jugador lo encontraría como director técnico. Gustavo Costas ha sido campeón en cuatro países del continente: Perú, Paraguay, Ecuador y ahora en Colombia. En el 2003 y el 2004 fue campeón con Alianza Lima (donde es ídolo absoluto). En el 2005, se consagró con Cerro Porteño de Paraguay. Y en el 2012, cortó una sequía de 15 años sin títulos para el Barcelona de Guayaquil. En el 2014, logró su quinto título, esta vez en Colombia, con Santa Fe.

El hombre de los ‘leggins


Llegó a Bogotá en julio del 2014. Encontró un plantel armado y consolidado que había perdido una final en el 2013 y dos semifinales consecutivas. Todas contra el mismo rival: Nacional. Desde cuando tomó las riendas del equipo entendió que su obligación era el título y en ningún momento esquivó esa responsabilidad. Por el contrario, la asumió y la concretó muy a su estilo: con intensidad.

Salió primero en la fase del regular del torneo con 31 puntos, pero el rendimiento del equipo no fue uniforme. Fue preso de la irregularidad que caracteriza al fútbol colombiano. Aun así, ganó los partidos que tenía que ganar, esos que marcan la diferencia, como los dos clásicos a Millonarios –el segundo con goleada 4-1–.

Partido a partido, sin importar la plaza o el clima, impuso su pinta deportiva: sudadera bien, bien ajustada, chaqueta y saco. Ante Once Caldas, en Bogotá y por cuadrangulares, cambió el atuendo por un vestido negro. Santa Fe perdió y complicó sus chances de pasar a la final. Tanto que tuvo que ir a Medellín y ganarle a su bestia negra, Nacional, para quitarse una espina que el rojo tenía en la garganta desde l 2013. Ese día, el leggin volvió para pasar a la historia cardenal.

Golpes estratégicos

Como el boxeador que reserva su mejor golpe para el duodécimo asalto mientras que soporta una paliza, Santa Fe, en la final ante el Independiente Medellín, supo pegar en los momentos claves. No jugó bien en el Atanasio Girardot, pero encontró un gol de pelota parada –el talón de Aquiles del DIM– y puso contra las cuerdas al conjunto de Hernán Torres. Tres días antes, contra su némesis reciente, Nacional, pegó el golpe de gracia al minuto 85.

Además de la intensidad, esa fue la constante del Santa Fe de Costas: pegar en los momentos justos. No jugó bien siempre. De hecho, fue superado por varios rivales, pero supo hacer pie en los partidos definitivos, esos que marcan el camino de un campeón. Venció dos veces a Nacional en los cuadrangulares, le ganó al Once Caldas en Manizales y empató en Neiva ante la revelación de torneo. En la final, derrumbó a su rival en una ráfaga de un minuto para ganar el combate.

El Independiente Santa Fe de Gustavo Costas bordó la octava estrella en su escudo gracias a su intensidad y su efectividad. Durante el semestre recibió golpes y supo levantarse en los momentos justos para cambiar el rumbo. Otro título para el afable Narigón, que ya conquistó la gloria en cuatro países del continente; faltan Venezuela y Bolivia para que le podamos decir el Simón Bolívar de los banquillos técnicos.

¡Salud, campeón!
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