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| 7/16/2012 12:00:00 AM

Historia de amor - Yamid Amat

El Santa Fe sale al campo y el estadio se convierte en manicomio. Es un misterio de la locura. La multitud delira y vuela. Era la primera vez en su vida que veía al Santa Fe y le gustó.

La historia que les voy a contar, es una historia de amor. Como muchas historias de amor, esta comienza mal.
 
Un buen día, el niño huyó de la casa y se fue a fútbol. Y encontró un estadio lleno de banderas rojas y blancas. De cohetes, tambores y serpentinas.
 
¿Qué extraño ritual se celebra en este templo?
 
Preguntó. Y le respondieron, “hoy jugamos nosotros”. No juega el Santa Fe, ni mi club, ni mi equipo, “jugamos nosotros”. Como si fuera otro jugador. El que sopla, el que grita, el que empuja, el que clama.
 
Y el niño sintió que le gustaba. “Jugamos nosotros”. Él también quería jugar.
 
El Santa Fe sale al campo y el estadio se convierte en manicomio. Es un misterio de la locura. La multitud delira y vuela. Era la primera vez en su vida que veía al Santa Fe y le gustó. Era la primera vez que oía el palpitar de su corazón y sentía sus pulsaciones. Algo así como ta-ta-ta. Y también le gustó.
 
Le parecía haber escuchado que esa tarde de enero debutaban varios jugadores. Un arquero llamado Bevilacqua y un defensor de apellido Milne, entre otros. El partido se jugaba contra un equipo extranjero, tal vez de Brasil, tal vez de Argentina, su memoria no encuentra la respuesta porque su recuerdo se quedó en lo blanco y rojo.
 
Comienza el juego. Y primer gol. Gol visitante.
 
Sigue el partido. Y segundo gol. Gol visitante. Va a concluir el primer tiempo y nuevo gol. Gol visitante. El corazón del niño de la historia se llena de esperanza, pero no de angustia, ni de ilusiones, ni de sueños. Al fin y al cabo no era santafereño. Era la primera vez que veía al equipo.
 
Segundo tiempo. Y el pequeño niño vio el primer autogol del equipo que por vez primera veía jugar. Fue un gol del debutante Milne contra el debutante Bevilacqua. La pesadilla del equipo rojo y blanco local aún no terminaba.
 
Vino el quinto gol. Y todo acabó cinco cero. El niño corre hacia el campo para ver de cerca a los jugadores rojos. Los observa con el rostro apagado.
 
Los ve solos. Los ve tristes. Y su joven alma se llena de melancolía y de llanto. Pero aprende el sentido de conceptos que antes no entendía: solidaridad y compañía. Y fue tanto el amor por los vencidos, y fue tanta la rabia por la derrota, y fue tanta la furia por la tristeza, que desde entonces se labraron en su piel los colores de su adorada camiseta.
 
Ese año Santa Fe fue campeón, con Bevilacqua el arquero goleado y con Milne el defensor del autogol. El niño se volvió fanático santafereño. Va al estadio los domingo a ver jugar al Santa Fe, de carne y hueso, porque todas las noches lo ve jugar mientras duerme.

*Texto tomado del libro 'Santa Fe, 60 años. 1941-2001'.
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