Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1987/03/09 00:00

JUVENTUD, DIVINO TESORO

Por segunda vez consecutiva, los futbolistas juveniles de Colombia hacen lo que los mayores no han podido: clasificar al Mundial

JUVENTUD, DIVINO TESORO

Al comienzo de la semana pasada había dos cosas en las que los colombianos definitivamente no creían: que en la guerra contra el narcotráfico se capturara a alguno de los grandes cabecillas y que la selección de fútbol juvenil lograra una actuación decorosa en el Campeonato Suramericano.
Había razón para el escepticismo. En la ronda preliminar, el equipo nacional tuvo una actuación pálida y la clasificación se logró pero con resultados lánguidos: dos partidos perdidos y dos ganados. Su estilo y su capacidad fueron severamente cuestionados, primero por las infaltables y acaloradas críticas, pero después el rechazo llegó a lo que no era imaginable: en las mismas tribunas, los propios aficionados colombianos se encargaron de propinar una larga y antológica rechifla a la selección, en un partido que incluso fue favorable en el marcador: cinco a cero ante Bolivia.
La historia del fútbol no registraba, hasta esa noche en Pereira, una muestra más concreta de "antipatriotismo". Desilusionados por los partidos anteriores, nostálgicos por el fútbol que había mostrado hace dos años la selección juvenil que dirigía Luis Alfonso Marroquín y muertos de la tristeza por el deprimente equipo boliviano, los 30 mil asistentes al estadio Hernán Ramírez Villegas llegaron hasta la afonía de gritar tanto rechazo al equipo que dirige el ex zaguero central Finot Castaño.
Pero después de Bolivia siguió Chile, en el estadio de Armenia, otra de las ciudades sedes de este torneo que colmó de fútbol al Gran Caldas y dejó unos buenos resultados económicos, especialmente porque a partir de la rechifla vino la resurrección. El partido con Chile resultó un concierto de esperanza por el buen fútbol que mostró el seleccionado, llevado de la mano de John Jairo Tréllez y Miguel Guerrero, dos puntas de lanza espectaculares por sus gambetas, por su velocidad y por su capacidad de resolución.
Pasado el obstáculo chileno, el lunes 2 de febrero se abrió el panorama del cuadrangular final, al que llegaron los tres equipos más prestigiosos del continente (Brasil, Argentina y Uruguay), y a ese grupo se sumó Colombia, con satisfacción para sus integrantes y para los organizadores por lo que representaría en taquilla, pero, sinceramente, sin muchas ilusiones de parte de los aficionados que aún entonces consideraban que el conjunto nacional no pasaría de ahí.
ARGENTINA MUERDE LA DERROTA
El primer obstáculo del apretado calendario (cuatro partidos en siete días), fue Argentina, el miércoles 4.
Difícil no sólo porque los gauchos habían clasificado fácil en su grupo tras vencer incluso a Brasil, sino porque la moñona de triunfos recientes los hacía superfavoritos: Argentina, en efecto, se consagró el año pasado campeón mundial; después su equipo estrella, el River Plate, consiguió el título mundial de clubes; al comienzo del año había conquistado la Copa Pelé para veteranos y otro equipo juvenil conquistó en Chile el título de los Juegos del sur.
Con semejante cartel -más la presencia en la mitad del campo de Hugo Hernán Maradona, el segundo de la dinastía-, el escepticismo nacional volvió a estar presente y a dudar del todo en que se pudiera conseguir un buen marcador. Pero se consiguió y no de cualquier manera: dos a cero, un resultado amplio, con opciones de haberse estirado y, lo que era más importante, el público exitista había cambiado el insulto por el aplauso y los juveniles criollos se llenaron de fe.
Así, con la convicción de estar en las puertas de la gloria, llegó el viernes por la noche el encuentro frente a Uruguay, considerado por todos como el equipo más duro. Los "charrúas" ya habían derrotado a los colombianos uno a cero en la apertura del evento, pero en dos semanas muchas cosas habían cambiado. Y por eso, el uno a cero fue, en esa oportunidad, a favor de los colombianos que resolvieron el partido con un gol de tiro penal cobrado por Alfonso Cañón Jr., y, de una vez, consiguieron la clasificación al Campeonato Mundial Juvenil que se hará en Chile en el próximo octubre.
Quedaba, al cierre de esta edición, el encuentro final frente a Brasil, pero el resultado ya poco importaba: vencer primero a Argentina y después a Uruguay, conseguir por segunda vez consecutiva la clasificación a un evento mundial, era suficiente premio para un equipo en el que nadie creyó al comienzo y terminó tan aplaudido como el inolvidable combinado de Marroquín, con John Edison Castaño como comaridante. Sólo faltaba para coronar la cumbre de la gloria, mínimo un empate ante los brasileños y ser campeonés suramericanos.
En una semana, pues, el seleccionado había pasado de la guillotina a la adulación, y el país deportivo, acostumbrado a las derrotas mortales o a las victorias morales, celebraba los triunfos concretos de los juveniles y la aparición de nuevás figuras. Sin embargo, al recordar lo que fueron los triunfos de la anterior selección juvenil y la poca oportunidad que le dieron a sus integrantes en los clubes profesionales, florecía, de nuevo, el colombianisimo sentimiento del escepticismo respecto al futuro de los hoy aplaudidos juveniles.
Pero, de todas maneras, los triunfos alcanzados en el Gran Caldas se sumaron a los motivos de satisfacción, en una semana en la que los colombianos tuvieron más razones para reír que para llorar.-

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