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| 10/22/2012 12:00:00 AM

La carrera que Armstrong perdió para siempre

Entre los hallazgos del informe que despojó al ciclista de sus siete Tours de Francia, se encuentra la manera como amenazaba y vilipendiaba a todo aquel que se atrevía a testificar en su contra. ¿Cuál fue la suerte de quienes se atrevieron a decir la verdad?

En 1998 Lance Armstrong volvió a las grandes competencias ciclísticas tras dos años de lucha contra un cáncer en los testículos. En lo que se consideró como un milagroso regreso, el texano ocupó el tercer lugar de la vuelta a España y en 1999 ganó su primer Tour de Francia.

El mundo del ciclismo acababa de salir del caso Festina, en el cual las autoridades francesas habían desenmascarado una extensa red de dopaje que implicó al equipo que le dio nombre al escándalo, el español Festina, pero también al Casino, al Kelme, al Banesto, al italiano Polti, al belga Lotto, entre otros.
 
La llegada de un nuevo luchador que venía de derrotar un agresivo cáncer, era una oportunidad ‘perfecta’ para que el deporte de las dos ruedas renaciera de sus cenizas, como un ave Fénix que había aprendido su lección.

Las primeras sospechas

Desde el principio, sin embargo, hubo quienes sospecharon de las actuaciones de Armstrong. En particular, desde 1999 el periodista de The Sunday Times David Walsh le siguió la pista sin dejarse intimidar por el aura de sobreviviente del ciclista, ni tampoco por su habilidad para ganarse a los medios de comunicación.

Cuando Armstrong lo contactó en abril de 2001 su investigación periodística ya iba bastante adelantada, y Walsh sabía que el ya bicampeón del Tour lo tenía entre ojos. “Me llamó porque sabía que estaba haciendo demasiadas preguntas”, narra este periodista irlandés en el reportaje que Andrew Pugh publicó en el portal de noticias Press Gazette. Y al respecto explica: “Armstrong pensó que si yo aceptaba ir, y que si él era muy simpático conmigo y me daba una entrevista privada, entonces me pondría contento como los otros periodistas y me volvería su amigo”.

Pero el encuentro no pudo ser más tenso. De entrada, Walsh le dijo a Armstrong: “No creo que usted esté limpio. Por eso estoy acá, porque tengo algunas preguntas (...) y todas son sobre dopaje. No le preguntaré nada sobre ciclismo que no tenga que ver con esa cuestión”. El ciclista se mostró con el ánimo por el suelo, recuerda este periodista de The Sunday Times, quien después pudo establecer a través de sus contactos en el equipo que el texano “estaba que ardía de la furia”.

Los secretos de Lance Armstrong

En 2004, junto al francés Pierre Ballester, Walsh publicó L. A. Confidencial: Los secretos de Lance Armstrong, un libro en el que se presenta una serie de argumentos, testimonios y evidencias circunstanciales, con base en los cuales se concluye que el ciclista texano se estaba dopando. Entre sus fuentes, fue de particular utilidad el testimonio de Emma O’Reilly, una dublinesa nacida en 1970, quien desde 1996 fue la masajista del equipo U. S. Postal.

En ese extenso reportaje, O'Reilly explica cómo transportaba drogas para Armstrong y sus compañeros, se deshacía de las jeringas usadas y otras evidencias que podían inculparlos cuando los inspectores estaban en los alrededores, e incluso usaba sus habilidades como maquilladora para cubrir los pinchazos en los brazos de los corredores.

Aunque O´Reilly asegura que la publicación del libro le producía cierta aprensión, no se imaginó que las retaliaciones de Armstrong y del resto del equipo fueran a ser tan contundentes. “Me demandó por mucho más de lo que tenía”, le dijo esta masajista a la periodista Mary Pilon del New York Times, “y tenía miedo de que me llevara a la bancarrota”. O'Reilly no tuvo finalmente que pagarle a Armstrong, pero en el camino el corredor texano logró ensuciar la reputación de la masajista, quien cuenta que la “demonizó como una prostituta que tenía un problema con la bebida”.

Armstrong, además, denunció a los autores del libro, a la editorial que lo publicó, a The Sunday Times por referenciarlo, y a la revista francesa L’Express por haber reproducido algunos fragmentos. El ciclista, que se rehusó a encontrarse con los autores tras la cita “amistosa” con Walsh en 2001, intentó incluso que en el libro se incluyera a modo de fe de erratas una nota suya rechazando los hallazgos de los dos periodistas.
 
En Francia el texto fue un éxito; pero no se tradujo a otros idiomas.

Contra otros ciclistas

La persecución contra todo aquel que haya tenido que ver con L. A. Confidencial: Los secretos de Lance Armstrong no fue un caso aislado. En el informe publicado por la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (Usada) el pasado 10 de octubre, se dedica una sección a las “Evidencias de los esfuerzos de Armstrong por suprimir la verdad sobre sus violaciones a las leyes antidopaje”. En ese capítulo, se describen sus tretas para obstruir los procesos legales o judiciales, y en particular sus retaliaciones e intimidaciones contra todo aquel que se atreviera a testificar en su contra.

En 2004, por ejemplo, se celebraba en Italia un juicio contra el doctor Michele Ferrari, a quien el informe de la Usada identifica como una de las autoridades clínicas detrás del programa de dopaje del equipo de Armstrong. Cuando el ciclista supo que su colega Filippo Simeoni estaba declarando en contra de Ferrari, precisa el informe, “utilizó su posición de ícono mundial del deporte para atacarlo verbalmente, llamándolo mentiroso en entrevistas que fueron publicadas, emitidas y reemitidas en todo el mundo”. Así mismo, se lee en la declaración de Simeoni, Armstrong se le acercó en una ocasión en medio de una carrera, y le espetó: “Cometiste un error al testificar contra Ferrari y cometiste otro al denunciarme. Tengo mucho tiempo y dinero, y puedo destruirte.”

Según el informe,  también sufrió amenazas e intimidaciones el ciclista Floyd Landis, tristemente célebre por haber tenido que renunciar al Tour que ganó en 2006 al dar positivo en una etapa por exceso de testosterona, durante la Operación Puerto. Compañero de Armstrong entre 2002 y 2004, Landis envió en 2010 una serie de correos electrónicos a diversas autoridades ciclísticas y patrocinadores admitiendo su dopaje, en el que también acusaba a otros ciclistas, entre ellos al entonces heptacampeón, a quien señaló como la persona que lo inició en esas prácticas.

En otro caso, cuando su antiguo coequipero Tyler Hamilton ya había declarado en su contra, Armstrong lo abordó en 2011 en un restaurante en Aspen, Colorado, y según declaró Hamilton a la Usada, el ciclista texano le dijo: “Cuando estés en el banquillo de los testigos, te vamos a volver añicos. Vas a parecer un maldito idiota”. Y para rematar, le amenazó: “Voy a hacer que tu vida sea un maldito infierno”.
 
A estas alturas, cuando sus patrocinadores le han retirado su apoyo y su reputación entre los seguidores del ciclismo se desmorona a ojos vistas, la leyenda de Armstrong ha dejado de ser la del hombre que logró vencer al cáncer y alcanzó lo imposible. Por el contrario, su historia se ha convertido en la de un deportista que amasó una considerable fortuna recurriendo al dopaje, la intimidación y el desprecio por la honestidad.
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