Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/12/13 00:00

La casa por la ventana

En los Juegos Olímpicos de Beijing, China ganó por punta y punta. Descrestó al mundo por la organización y barrió en las medallas.

Dos construcciones impresionaron al mundo. El Estadio Nacional, conocido como ‘el Nido del Pájaro’, y el Cubo de Agua. China fue el gran ganador de los Juegos. Las gimnastas celebran su triunfo en la prueba por equipos.

Desde cuando Beijing fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2008 se sabía que China haría un esfuerzo descomunal por lucirse con los estadios y las obras de infraestructura, y que haría lo imposible por ganar los Juegos. Para comenzar, invirtió más de 40.000 millones de dólares en la construcción o la adecuación de 37 escenarios deportivos en la ciudad y en las subsedes de Shanghai, Hong Kong, Qingdao, Tianjin, Shenyang y Qinhuangdao.

Las dos joyas de la corona fueron, sin duda, el Estadio Nacional, más conocido como el Nido de Pájaros, diseñado por el estudio de los arquitectos suizos Herzog y De Meuron, y las piscina olímpica o Cubo de Agua, del arquitecto australiano John Pauline.

A partir del 8 de agosto, desde el momento mismo de la ceremonia de inauguración, a cargo del director de cine Zhang Yimou, el mundo comenzó a olvidarse de la polución que aquejaba a Beijing y también de las críticas contra el gobierno chino por violar los derechos fundamentales de las minorías, en particular de los tibetanos. La televisión se encargó de transmitirle al mundo la imagen de un país muy respetuoso de su tradición, orgulloso de sus raíces y dispuesto a mirar al futuro.

Y muy pronto el mundo dse acostumbró a una nueva realidad. La pelea por las medallas, que desde los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952 había sido una pugna casi exclusiva entre Estados Unidos y la Unión Soviética (y luego Rusia), con esporádicas apariciones de la antigua República Democrática Alemana en los años 70, tenía un nuevo protagonista: China. A medida que avanzaban los Juegos, los deportistas de China tomaban una ventaja cada vez mayor sobre Estados Unidos en el medallero del oro, mientras que Rusia se contentó, durante muchas jornadas, a estar por debajo de equipos como Australia, Corea del Sur y Gran Bretaña.

China hizo una apuesta descomunal para ganar los Juegos. A diferencia de Estados Unidos, que confiaba en la gran cantidad de medallas que entregan el atletismo y la natación, los chinos pelearon (y muchas veces ganaron) medallas en casi todas las disciplinas: desde aquellas en las que siempre han sido potencia, como tenis de mesa y badminton, hasta aquellas en las que han tenido un progreso sostenido desde los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984, como la gimnasia y los clavados. Se llegó a acusar a China de utilizar métodos inhumanos para preparar a los deportistas desde edades muy tempranas. Sin embargo, ante el esplendor de los Juegos y la espectacular transmisión de la televisión, todos esos temas pasaron a un segundo plano mientras China acumulaba medallas.

Mientras tanto, Estados Unidos, a pesar de los ocho oros que ganó Michael Phelps en el Cubo de Agua, perdía medallas que creía aseguradas en natación, sobre todo en la rama femenina, donde la estrella fue la nadadora australiana Stephanie Rice. En las pistas de atletismo sucedía algo similar. Los velocistas de Jamaica, encabezados por Usain Bolt, y aun de países minúsculos como Trinidad y Tobago y Bahamas, se les atravesaron en más de una oportunidad a los norteamericanos. La otra gran revelación de los Juegos fue Gran Bretaña, que ganó 19 medallas de oro, un registro que no alcanzaba desde los Juegos de 1908.

Más allá de los móviles que haya tenido el gobierno chino para realizar semejante despliegue, fueron unos Juegos memorables. Se batieron 25 récord mundiales y 66 marcas olímpicas en natación y cinco récord mundiales y 17 registros olímpicos en atletismo. En total, cayeron 36 récord mundiales y 143 olímpicos.
 

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