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| 10/24/1988 12:00:00 AM

LA FAMILIA OLIMPICA

Pelea entre familia de atletas pone en peligro dos medallas de oro para Estados Unidos.

Florence Griffith Joyner, la mujer más rápida del planeta desde hace algunos meses cuando rompió el récord mundial femenino para los 100 metros planos, espera con ansiedad lo que ocurra esta semana en la pista atlética del estadio olímpico de Seúl, donde aspira alcanzar una medalla de oro e ingresar al selecto grupo de los inmortales del deporte. Pero, aunque parezca mentira, hace dos años ésta mujer estuvo a punto de acabar su carrera, por culpa del pobre desempeño que alcanzó en los juegos de Los Angeles.
Por esa época, Florence, que se ha caracterizado por su recio carácter, se vino abajo y descuidó sus entrenamientos. En su mente todavía estaba el recuerdo de la medalla de plata que alcanzó en los 200 metros en esas olimpiadas, que no fue suficiente para estar a la altura de Evelyn Ashford o Valerie Briscoe, sus grandes rivales. Con varios kilos de más, se dedicó a escribir poemas y libros para niños, hizo diseños para el pelo, adornos para las unas y, para ganarse la vida, trabajó en un banco.
Su resurrección para el deporte vino en 1986, cuando se casó con Al Joyner, quien había ganado la medalla de oro en salto triple en las olimpiadas de 1984. Al es el hermano de Jackie Joyner-Kersee, la campeona mundial de heptatlón, quien a su vez está casada con Bob Kersee, hasta hace algunos meses entrenador de Florence. Lo que a simple vista podía parecer una llave dorada del atletismo, con el paso del tiempo se convirtió en todo un lío familiar, con episodios de celos profesionales, odios y rencillas.
Florence, quien proviene de una familia pobre, se inició relativamente tarde en el mundo del atletismo. Fuera de los ejercicios propios de la vida escolar y de los paseos al campo, nunca se había interesado especialmente por correr. Esperaba llegar a ser una afamada modelo y diseñadora, mientras que su madre le auguraba un buen futuro en la danza ya que, "desde pequeña tenía los pies muy ligeros y se movía con gracia y rapidez". Sin embargo, ninguna de las dos acertó. En 1979, cuando tenía 19 años, la Griffith ingresó a la escuela superior y allí empezó seriamente su carrera atlética. Su edad no era la más apropiada para iniciarse en esa disciplina, pues a los 19 años la mayoría de los atletas llevan ya unos 5 años de duro entrenamiento. Pero su entrenador y futuro concuñado, Bob Kersee, encontró que la joven contaba con unas condiciones insuperables para el atletismo. Kersee se dedicó a explotar al máximo las capacidades de la excéntrica corredora y logró que ingresara en el equipo olímpico norteamericano que participó en las olimpiadas de Los Angeles. En esa ocasión, Florence debió conformarse con una presea de plata en los 200 metros, sin lograr brillar como sus compañeras Briscoe y Ashford. Además, le ocurrió un hecho curioso: fue descartada del equipo norteamericano de relevos por causa de sus largas uñas, que alcanzaron a tener 15 centímetros de largo; que le impedían desempeñarse con solvencia en el momento de recibir el testigo que le debía entregar una de sus compañeras de equipo.
Luego de su matrimonio con Al, Dee Dee -como la llaman sus amigos- retomó las prácticas bajo el severo control de Bob Kersee, quien también se dedicaba a entrenar a Jackie Joyner y a la mayoría de las integrantes de la escuadra olímpica norteamericana. La amistad que unía a las dos parejas se deshizo hace pocos meses cuando, después de imponer el récord de 10.49 segundos para la distancia -durante las pruebas clasificatorias para las olimpiadas-, Florence decidió entrenar bajo las órdenes de su esposo.
El cambio de entrenador llegó con una serie de declaraciones desobligantes por parte de Florence, quien tildó a su antiguo entrenador -y concuñado- de tirano. Dijo que él trata a sus atletas como si fueran esclavas, maneja todas sus actividades y se mete en todo. En realidad, la gota que derramó la copa fue cuando las dos parejas, semanas antes de iniciarse los olímpicos, viajaron a Jamaica a competir en unos juegos programados en la isla caribeña. El celo del entrenador llegó a tal punto que trató de intervenir en la vida privada de su pupila, con la disculpa de "buscar lo mejor para ella". La esposa del entrenador Kersee, la campeona de heptatlón Jackie Joyner, también entró en el baile y de ella dijo Florence que se tomaba atribuciones que no le correspondían, aprovechando el ascendiente de su marido sobre la corredora, para convertirse en una especie de mamá que todo quería saberlo y en todo quería meterse.
La relación entre los dos matrimonios olímpicos se deterioró hasta tal grado que ahora escasamente se dirigen la palabra. La tensión ha llegado hasta la concentración del equipo olímpico norteamericano en Seúl, donde las dos parejas tienen que convivir y padecer la presión que se ha creado por su ruptura. Ahora, todo el mundo teme que durante esta semana, por culpa del roce que existe entre las dos campeonas, se puedan perder para los Estados Unidos dos de las medallas de oro más importantes dentro de las competencias de pista y campo, ya que tanto las soviéticas como las alemanas están dispuestas a pescar en río revuelto y sacarle provecho en la pista a los errores que sus rivales han cometido fuera de ella.
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