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| 11/30/1987 12:00:00 AM

LA MALDICION

Lo que ocurrió con los "diablos rojos" en Santiago, demuestra una vez más que el fútbol colombiano no tiene Angel

Como ha ocurrido siempre con el fútbol colombiano, esta vez al América de Cali le faltó el centavo que completaba el peso. Nunca antes se estuvo tan cerca de ganar la Copa Libertadores de América como el pasado sábado 31, en el estadio Nacional de Santiago frente al Peñarol. Faltando dos minutos para terminar el partido, los hinchas del América se preparaban para salir a celebrar la Copa, que se ganaba con sólo un empate frente a los uruguayos. Faltando un minuto la euforia era tal que, los comentaristas radiales que estaban en Santiago transmitiendo el partido, le pedían a los operadores del máster que fueran preparando el Himno Nacional, el Himno del Valle y "Aquel 19", la canción de la Sonora Matancera que se convirtió en el himno del América en la Copa Libertadores del 87. Y faltando un segundo, cuando el árbitro iba a dar por concluido el encuentro y el equipo colombiano sólo debía hacer un último esfuerzo por detener a los delanteros rivales, el uruguayo Aguilera marcó el gol que acabó con las aspiraciones del América de ganar el torneo de clubes más importante del continente.
Paradójicamente, en Santiago el equipo de Ochoa jugó el mejor partido que se le haya visto durante la Copa, fuera de los jugados en Cali. El empate al finalizar los 90 minutos no era tan preocupante como en otros juegos, cuando la mayoría de jugadores se habían mostrado en extremo agotados. Sólo dos hechos preocupaban a la hinchada americana: la salida por lesión de Garecca y la expulsión del paraguayo Roberto Cabañas, el mejor hombre de los rojos.
Durante los 30 minutos suplementarios el equipo colombiano fue más incisivo que su rival. En varias jugadas estuvo a punto de anotar el gol que hacía falta para redondear la victoria. Pero parece que como le ocurrió durante más de veinte años en el torneo nacional, la "maldición de Garabato" le cayó al América en la Copa y tendrá que conformarse con ser, en el mejor de los casos, subcampeón continental, lo que a la larga no cuenta para nada. En el deporte los que importan son los primeros, de ahí para abajo ninguno importa.
La derrota del América es mucho más triste si se tiene en cuenta que se trataba de la última oportunidad de salir campeones para muchos de sus jugadores. Willington Ortiz, el mejor jugador en la historia del fútbol colombiano, ve cómo se acerca la hora de su retiro como profesional y es poco probable que antes de esa fecha el equipo caleño llegue a otra final. Otro que perdió la oportunidad fue el paraguayo, nacionalizado colombiano, Juan Manuel Bataglia, quien ha pasado la mayor parte de su vida deportiva en el equipo rojo y ha contribuido con sus espectaculares goles de media distancia a la consecución de los últimos títulos del América a nivel doméstico. Lo mismo ocurre con el defensa Hugo Valencia, el uruguayo Santín y con los delanteros Garecca y Cabañas, que para la próxima temporada estarán en el fútbol europeo.
De todas maneras la actuación del equipo de Ochoa fue buena. En el primer partido jugado en Cali se demostró que se trata de un cuadro maduro que conoce bien su oficio, cuando no permitió que el rival se organizara y armara jugadas de riesgo. En Montevideo las cosas no salieron bien, pero quedaba la oportunidad del tercer partido, el desempate. En Santiago tanto el técnico como los jugadores demostraron que conocen todas las triquiñuelas, todas lás mañas y todos los secretos del fútbol pero sólo les faltó una cosa. Un ingrediente que en el futbol, más que en cualquier otro deporte, es fundamental: la suerte. Y en materia de fútbol los colombianos parecen no tenerla.
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