Domingo, 22 de enero de 2017

| 1985/09/30 00:00

LA PELOTA NUMERO DOS

Con una pelota, pero no de fútbol, la Selección Juvenil clasificó a las finales del Mundial en la Unión Soviética.

LA PELOTA NUMERO DOS

Después de jugar durante 90 minutos un duro partido recorriendo la cancha de lado a lado, y tras un viaje de hora y media de Oktemberian a Erevan, en plena República Sovietica de Armenia, el mediocampista Felipe Pérez definió el destino del Seleccionado Juvenil de Colombia en el Mundial de Fútbol de la URSS. Introdujo su mano derecha en la bolsa negra de tela y sacó la balota número 2, que indicaba que Colombia clasificaba a la serie final como segundo del grupo A, eliminando a Hungría, el campeón europeo.
La historia había comenzado cinco días antes en el estadio de Erevan, cuando el seleccionado colombiano, "la juvenil", como se le conoce desde cuando se convirtió en la sensación del campeonato suramericano de Asunción hace cuatro meses, logró en los cinco últimos minutos del primer partido del torneo, remontar un marcador desfavorable de dos goles a cero, empatar el encuentro y dejar boquiabiertos a los jugadores húngaros, que habían llegado a Erevan, capital armenia, como favoritos del grupo y como uno de los equipos señalados para llevarse el título del campeonato.
Ese día, sábado a las 5 de la mañana, hora colombiana, muchos matrimonios tuvieron la primera discusión de la jornada cuando el marido, fanático de la juvenil, decidió prender el televisor para ver el encuentro en directo, una hora antes de que el sol asomara por la ventana. El partido comenzó mal para los colombianos. Los húngaros se veían más fuertes y controlaban el terreno, permitiendo sólo en ocasiones el lucimiento de los ágiles colombianos, John Edison Castaño y Romeiro Hurtado. La defensa estaba nerviosa y el nuevo arquero del equipo, Eduardo Niño, no parecía despertar la confianza que en Asunción había despertado el titular, René Higuita, lesionado en esta oportunidad. Pero a medida que avanzaba el encuentro, los colombianos iban mejorando y comenzaban a verse mejor ubicados en el terreno. El primer tiempo terminó en ceros y para el segundo el nivel técnico de ambos equipos mejoró ostensiblemente. Los húngaros recuperaron la iniciativa y en el minuto 13 penetraron el área colombiana, donde se generó una jugada discutida por la intervención del marcador colombiano Jairo Ampudia que el arbitro suizo, Sandoz,calificó como pena máxima. Cobraron los húngaros y se fueron arriba.
Colombia se sacudió, entonces, y salió a buscar el empate, pero una jugada de contragolpe en el minuto 39, en la cual el puntero derecho húngaro Szinka, ganó en velocidad el balón, determinó la segunda caída del marco colombiano y el derrumbe, que parecía definitivo, de cualquier esperanza. Entonces sucedió lo increíble: minuto y medio después del gol de Szinka una hábil jugada del colombiano Núñez, quien había abandonado su posición de defensa para colaborar con los atacantes, permitió a Felipe Pérez recibir en el área y fusilar al arquero contrario. Castaño, el conductor colombiano, quien para ese momento ya era la gran figura del partido, fue por el balón al fondo de la red y lo trajo corriendo a la mitad de la cancha para que los húngaros no demoraran el juego. Pero el empate parecía imposible. "Los partidos duran 90 minutos y hay que jugarlos hasta el final", dicen los que saben de fútbol. Dos minutos después del gol de Pérez, el mediocampista James Rodríguez,tradicionalmente diestro en los de media distancia, pateó desde 35 metros la bola y el arquero húngaro apenas alcanzó a desviarla sobre el poste de su arco, desde el cual rebotó y entró para el 2-2. Los defensores húngaros no lo podían creer: Colombia les había sacado el triunfo del bolsillo.
Con esa antesala, con los elogios de la prensa soviética e internacional al equipo y a su estrella Castaño, los juveniles colombianos comprendieron que estaban para clasificar. Empatarle a Hungría era empatarle al que en principio era el mejor conjunto europeo. Tres días después vino el encuentro contra Bulgaria, tercero de Europa y conocido por la fortaleza y rudeza de sus jugadores. Fue otro encuentro difícil, pero Colombia respondió y, después de ir perdiendo 1-0, empató el encuentro, gracias a una jugada rápida e inteligente del suplente Maturana, que comenzaba a brillar como nueva estrella, y quien dejó atrás a dos defensas enemigos para colocarla dentro del área para el puntero Tréllez, quien definió como los grandes: abajo y al costado.
Así las cosas, Colombia necesitaba en su tercer partido, el jueves en Oktemberian derrotar por dos goles de diferencia a su tercer rival, Túnez, que ya se encontraba eliminado. Y, como suele suceder con los equipos chicos que ya están eliminados y no tienen nada que perder, Túnez se creció y sólo permitió una victoria 2-1, con angustioso final. El haber ganado por un solo gol obligó a ir al sorteo, pues Colombia y Hungría estaban empatados en puntos, gol diferencia, goles a favor y habían empatado el encuentro jugado el sábado. Fue entonces cuando Pérez, el capitán del equipo, hizo su mejor jugada, la de la suerte, y sacó la balota número 2.
Al cierre de esta edición, se esperaba el resultado de cuartos de final con Brasil, equipo al cual Colombia le había ganado la última vez que ambos conjuntos se habían enfrentado, en un torneo amistoso en Acapulco, México. Pero aunque no faltaban los excesivamente optimistas que hablaban de que Colombia podía ganar el torneo mundial, lo cierto es que la mayoría se conformaba con lo logrado hasta el momento: por primera vez, Colombia pasaba a cuartos de final en un Campeonato Mundial de Fútbol y se colocaba entre los 8 mejores equipos del planeta, impresionando además a la prensa internacional. Nadie duda de que la suerte ayudó, pero tampoco se discute que en oportunidades anteriores, como en Asunción en la definición del subcampeonato, la suerte no favoreció al equipo.

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