Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1994/07/18 00:00

LECCION DE HUMILDAD

¿Serán capaces los jugadores colombianos de superar el golpe sicológico de la derrota ante Rumania, poner los pies en la tierra y evitar que USA 94 sea una nueva frustración?

LECCION DE HUMILDAD

HACE CUATRO AÑOS, CUANDO COlombia pisó la grama del estadio Renato Dall'Ara para enfrentar su primer partido del Mundial Italia 90 frente a la selección de Emiratos Arabes, el nerviosismo invadió al equipo de Francisco Maturana. Freddy Rincón empezó a cantar el Himno Nacional cuando los árabes estaban entonando el de ellos, y Gabriel Jaime 'Barrabás' Gómez duró con las piernas tiesas los primeros 10 minutos del partido. Fue necesario que pasara un poco el tiempo para que cada uno se tomara confianza. Al final Colombia le ganó a Emiratos Arabes y el nerviosismo quedó superado.

El sábado pasado la historia fue distinta. Gracias al 5-0 contra Argentina, la selección llegó a la cita mundialista como uno de los máximos favoritos para el título. Todos los medios de comunicación internacionales hablaban de la magia del fútbol colombiano, y ningún comentarista tenía en sus pronósticos que el equipo de Maturana perdiera ante Rumania. Los jugadores de la selección se comieron el cuento y pecaron de lo mismo que había pecado Argentina el día del 5-0: pensaron que sólo con la fama podían doblegar al equipo europeo, y esta vez el nerviosismo de hace cuatro años se cambió por el exceso de confianza.

Pero en un mundial nadie puede ganar partidos a punta de fama. Y los rumanos lo demostraron. Su director técnico, Anghel Iordanescu, ordenó a dos de sus jugadores no dejar respirar al 'Pibe' Valderrama e instruyó a sus zagueros en el sentido de copar todos los espacios para evitar que los rápidos punteros colombianos se colaran por medio de diagonales. En el sistema ofensivo, Iordanescu se la jugó con la genialidad de George Hagi y con el poder de definición de Florin Radocioiu. Dio la orden de aprovechar la velocidad de sus punteros cuando el sistema defensivo en línea dejara espacios abiertos y de patear desde media distancia cuando Córdoba estuviera salido.

Los ERRORES DEL EQUIPO
Los jugadores rumanos cumplieron al pie de la letra con lo ordenado por su estratega y por esto los asistentes al estadio Rose Bowl vieron cómo minuto a minuto la magia del fútbol colombiano se acababa. Pero esto no se debió exclusivamente a las virtudes rumanas. Algunos jugadores de la selección nacional facilitaron el trabajo de los europeos. La lista la encabeza Oscar Córdoba, quien tuvo quizás la peor tarde de su vida. Cinco veces llegaron los delanteros rumanos, y tres de ellas marcaron gol. Y aunque no tuvo responsabilidad en el primer tanto, en los otrosdos su culpa es bastante grande. En el primero estaba mal parado y en el otro salió tarde, algo imperdonable para un arquero líbero.

La línea defensiva, por su parte, fue un desastre. Por el sector del 'Chonto' Herrera entraron los tres goles. Fue errático a la hora de marcar y no se proyectó con claridad una sola vez al ataque. Luis Carlos Perea tuvo tres velocidades en el partido: despacio, lento y parado. Y a Andrés Escobar y a Wilson Pérez las ganas no les bastaron.

El medio campo, en donde radica el poderío de Colombia, estuvo totalmente desdibujado. Tanto Leonel Alvarez como 'Barrabás' Gómez fallaron en su tarea de marca y contención de los ataques contrarios. El lanzador rumano Hagi se paseó por toda la media cancha como Pedro por su casa. En la armada, Valderrama se dejó apagar por los dos rumanos que lo persiguieron por todo el terreno y, aparte de algunos destellos, Freddy Rincón naufragó entre las piernas de los marcadores rumanos.

Por su parte Faustino Asprilla, el jugador en quien tenían puestos los ojos millones de aficionados en el mundo, no se dejó ver. Sólo realizó dos jugadas importantes y no supo definir un pase-gol que le hizo Adolfo Valencia cuando el partido aún estaba 2-1. El 'Tino' se preocupó más por mostrar lo que es capaz de hacer con el balón y por pelear con los defensas adversarios que por pensar en el juego colectivo. Como dijo Hernán Peláez en Caracol, "Asprilla se quedó con la imagen de la figurita de Pannini" .

Otra cosa hizo el 'Tren' Valencia, a quien definitivamente le ha sentado su año en Alemania. Fue el único jugador que peleó los 30 minutos. Ocasionó más de una falta cerca del área, fue quien marcó los cambios de ritmo, arrastró la marca para crear espacios y hasta se convirtió, ante las ausencias de Valderrama, en el armador del equipo. Como si fuera poco marcó el descuento colombiano y si no es por el arquero rumano, Bogdan Stelea, hubiera anotado por lo menos dos veces más. Pero una sola golondrina no hace verano.

Los errores individuales hicieron que el equipo se desdibujara en su juego colectivo. En los 90 minutos reinó la individualidad y cada jugador quería hacer el partido por su lado. Nadie entendió por qué si se llegó al gol por medio de la vía aérea, no se intentó empatar con esta fórmula. En el segundo tiempo no hubo ni un solo centro al área. El equipo colombiano del sábado pasado no lo conocía nadie. Nunca antes el conjunto de Maturana y Gómez había jugado tan mal.

EL ERROR DEL TÉCNICO
Pero si los jugadores fueron los mayores responsables, la dupleta técnica de Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez pecó por un inmovilismo que condenó al equipo a no ser capaz de cambiar el panorama del partido. Aunque nunca lo aceptaron, parece que los técnicos de la Selección Colombia comparten la opinión de Pelé, quien en el mes de mayo pasado había dicho que Colombia era el mejor equipo del mundo pero que tenía un soto problema: no tiene suplentes.

Nadie entiende por qué los técnicos no utilizaron la fórmula de Iván René Valenciano, sobre todo si el 'Tren' Valencia estaba ocasionando múltiples faltas en el borde del área contraria y no había un jugador para patear los tiros libres. La presión de los marcadores rumanos estaba obligando a los delanteros criollos a recibir el balón de espaldas al arco, y en esas circunstancias la fuerza de Valenciano y su capacidad de dar media vuelta y entrar al área resultaban más necesarias que nunca. También habría sido útil cambiar, a mediados del segundo tiempo, a 'Barrabás' por Harold Lozano, pues a esas alturas Colombia tenía casi perdidos los tres puntos y valía la pena jugársela con un hombre como Lozano, talentoso y con llegada, para tratar de romper el doble muro defensivo de mediocampistas y zagueros de Rumania.


EL DESAFIO
Pero nada de esto pasó y en vez de igualar 2-2, Colombia terminó por caer 3-1. Maturana prefirió morir en su ley y dejar que los rumanos le dieran al combinado nacional una lección de humildad. Desde el 5 de septiembre, cuando la selección goleó a Argentina en Buenos Aires, el equipo de Maturana no hizo más que ganar partidos y sumar puntos ante la crítica internacional. Con excepción de un accidente frente a Bolivia hace tres meses, lo demás fue un continuo ascenso a la gloria. No sólo por las victorias obtenidas, sino por los cada vez más encendidos elogios de los comentaristas nacionales y extranjeros.

Por eso, cuando saltaron al campo del Rose Bowl el sábado, los colombianos estaban, sin saberlo, listos para sufrir un aparatoso estrellón. Como un carro que aumenta de modo constante su velocidad, los seleccionados olvidaron tener cuidado con las curvas y se salieron de la carretera en territorio rumano. La pregunta es si después de lo sucedido serán capaces de reponerse del golpe sicológico. El sábado en la mañana estaban a punto de alcanzar el cielo con las manos. Por la noche, eran candidatos a arder en el infierno. En ese aspecto, más incluso que en lo meramente futbolístico, trabajaban Maturana y el 'Bolillo' Gómez al cierre de esta edición el domingo en la noche.

Pero hay una duda que rebasa los límites de lo anímico. El sábado, horas antes de que Colombia cayera ante Rumania, Italia sucumbió ante Irlanda 1-0. El asunto podría ser sólo otra de las sorpresas de USA-94 si no fuera porque el conjunto italiano es, en cuanto a su estilo y estrategia, una especie de primo hermano europeo del plantel colombiano. Arrigo Sacci, el técnico italiano, admira a Maturana y es admirado por éste. Los dos juegan a marcar en zona y defender con una línea de zagueros, y mantienen adelantado del marco a un portero líbero.

¿Será acaso que lo que sucedió el sábado no fue sólo la derrota de dos de los equipos favoritos sino la de todo un esquema? La afamada revista argentina El Gráfico, en su edición del 7 de junio, había dicho que el único punto débil de la Selección Colombia era que sus rivales conocían cómo jugaba. Algo similar podría decirse del juego italiano, que el afamado Club Milán viene exhibiendo desde hace años. Ya vendrán los próximos encuentros para responder a estas preguntas.

Mientras tanto, los jugadores nacionales deben estar conscientes de su inmensa responsabilidad. Para un país agobiado por la violencia, las esperanzas en la selección nacional tienen un significado que va mucho más allá de lo deportivo. Una buena actuación en el Mundial -que depende, para empezar, de derrotar a Estados Unidos y a Suiza- es algo a lo que los aficionados colombianos no sólo creen tener derecho, sino que es con lo que los propios jugadores los han ilusionado. Convertir este sueño en una nueva frustración sería un acto de fidelidad con la más triste de las tradiciones colombianas: la de no estar a la altura, la de cantar victoria antes de tiempo, la de caerse a pocos metros de la meta. En cambio, avanzar a la siguiente ronda y superar lo hecho hace cuatro años -es desproporcionado pedir más- sería una revolución y bastaría para que la historia deportiva del país pudiera seguir su curso con la frente en alto.
SE AGUO LA FIESTA
EN EL Hobby del hotel Marriot de Fullerton, sede de la selección colombiana, a unas 45 millas de Los Angeles, olía el sábado en la mañana a patacón pisao y a victoria. Los patacones los había preparado un ama de casa boyacense contratada especialmente para darle sazón colombiana a la comida de los futbolistas de la selección. La victoria, en cambio, se había cocinado antes de tiempo.

En medio de un ambiente de celebración tempranera, cientos de periodistas y aficionados colombianos que coparon las 225 habitaciones de este hotel de 180 dólares diarios, estaban, al igual que los jugadores nacionales, confiados en que Colombia no podía perder. Cuando SEMANA le preguntó a Francisco Maturana si en el equipo se practicaba alguna terapia contra el triunfalismo, el profesor contestó seco y cortante: 'Las terapias son para los enfermos y el grupo no lo está". Pero la verdad es que el triunfalismo había contagiado a muchos.

El sábado la hora de la verdad llegó y unos 30.000 colombianos invadieron las tribunas del estadio Rose Bowl. Venían de Buenaventura y de New Jersey, de Alaska y Pasadena, y algunos habían vendido lo que más querían y ahorrado varios años para estar ahí, frente a una mole de hierro y cemento atravesada en su entrada principal por el dibujo de mal gusto de la rosa roja que le dio el nombre al estadio en 1922.

Guillermo Cohen, un profesor de literatura infantil de la universidad estatal de Alaska en Puerto Valdez, estaba allí apoyando la selección con sus paisanos del Carmen de Bolívar. Alejandro Escobar, comerciante de Barranquilla, había vendido su carro Suzuki en cuatro millones de pesos para pagar pasajes, hoteles y entradas al Mundial. Hasta los japoneses, con las pelucas del 'Pibe', saltaban y gritaban Colombia, Colombia. Uno de ellos, Masataka Kushida, estudiante de Tokio, se sabía de memoria los nombres de los jugadores titulares de la selección.

Después de desfiles, himnos y pólvora el juego comenzó. Una avioneta, con una franja publicitaria que decía "Andrés presidente", aprovechó que los más de 90.000 espectadores tenían su mirada en el cielo observando los juegos artificiales para hacer un sobrevuelo por el estadio.

Hasta el minuto 17 le cantaron el 'ole' a Rumania, pero marcados los dos primeros goles los aficionados colombianos sentados tras el arco de Oscar Córdoba comenzaron a descargar su decepción. Pero la esperanza de empatar no se había perdido hasta que, faltando tan sólo tres minutos para el final, los rumanos acabaron con las ilusiones de los colombianos, quienes guardaron las pelucas del 'Pibe' bajo el brazo y salieron del estadio en silencio.-

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