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| 9/21/2010 12:00:00 AM

Los Millonarios también lloran

El equipo azul está al borde del abismo. Antes eran los atrasos en los pagos, pero con la llegada de nuevos inversionistas se agotaron las disculpas.

Hace diez años Alexander del Castillo salió abruptamente de Millonarios, y no precisamente porque su flujo de talento copara la capacidad de respuesta del club. Una década después, tras deambular por media Dimayor y sin más aval que un video que ganaría cualquier bienal de montaje y edición, el mismo Del Castillo, no un hermano ni un primo, aterrizó de nuevo en el azul como uno de los llamados a detener la caída libre del 13 veces campeón. De ese tamaño es la cosa. Hoy Millonarios, además de institución de beneficencia encargada de la rehabilitación laboral del futbolista colombiano, también es escala de jóvenes aventureros latinoamericanos que, a bordo del expreso Ormeño –línea de buses que recorre el continente– timbran frente a la finca y se bajan sabiendo de que a cambio de un buen arreglo podrán cumplir su sueño de jugar en un estadio ante 20.000 personas, 20.000 incautos.

¿Qué más se puede decir? Comencemos por lo de siempre: 20 años sin títulos, directivos que no han dado la talla, contrataciones fallidas y el largo etcétera. El análisis de por qué estamos dónde estamos ya habrá quien lo haga. Dirá, eso sí, que todo comenzó en el 89, cuando pasó lo que todos sabemos que pasó. Luego harán la lista de Benítez, Ahmeds, Césares y Denilsons en los que se han gastado la poca plata los directivos de las últimas dos décadas, los mismos que nos llevaron a la quiebra y más allá. Pues a los acreedores que entraron en el acuerdo de pagos de la Ley 550 se les sumaron las deudas que vinieron después. Habrá, por supuesto, espacio para el parecido de los árboles de la sede de la autopista con los del parque Simón Bolívar: y no por su frondosidad, sino porque tienen igual número de cometas enredadas en sus ramas. Como todos, el análisis se detendrá en que, pese a todo, la hinchada sigue ahí, que bastan dos partidos seguidos para que se llene el Campín. Cerrará con la que nunca falta: que más que un equipo de fútbol, Millonarios es una empresa viable. El equivalente futbolero al “te quiero tanto que te prefiero como amigo”.

Así, boqueando, estábamos cuando apareció el ‘Mago’ José Roberto Arango. Y bueno, de entrada pareció responder a su fama de resucitador. Consiguió sacar el agua del barco con 24 poderosas totumas –los inversionistas– y al menos en el tema contable, la cosa pintó mejor. Hace unos meses se nos dijo que seríamos sociedad anónima, que pasaríamos de sacar lágrimas a extraer dividendos y que pronto llegaría capital fresco para volver a ver jugadores de primer nivel.

Pero no. A la fugaz ilusión que fue la llegada de un técnico que parecía estar acorde con los nuevos dueños le siguió la pesadilla de todos los comienzos de torneo. Volvimos a ser testigos de la llegada de un pelotón de jugadores de esos que, sospecho, se la pasan tomando tinto en las oficinas de la Dimayor esperando a las llamadas desesperadas del día de cierre de inscripciones de los clubes que no consiguieron refuerzos. La fuerza disponible de la Liga Postobón. Los Saa, Pajoy, Vásquez, Montaño, y, por supuesto, Del Castillo.

Ellos se sumaron a una nómina preexistente que comenzaba por Juan Obelar. Del uruguayo hay que anotar que, lejos, es el arquero más discreto, y esto es mucho decir, pues la competencia es dura (sólo recordemos a Milton Patiño y a Juan Hirigoyen), que se ha parado en el arco que en otra época custodiaron Julio Cozzi, Amadeo Carrizo y Sergio Goycochea. A esta columna vertebral con avanzada escoliosis se sumaban el imberbe Omar Vásquez y un delantero con una curiosa y enervante especialidad: los goles de descuento y de empate de local: Giovanni Arrechea.

Aquí conviene hacer una pausa. Aterrizar. Saber que los jugadores, contrario a lo que de niños creíamos, no son hinchas del equipo en el que militan. Que son empleados y muchas veces con la misma mística de un auxiliar contable de Caprecom. Aun así, sólo pedimos un poco de respeto. Porque sin recibir sueldos, vaya y venga, hasta a uno como hincha se le despierta la solidaridad gremial, compañero, y entiende que hagan el trabajo de mala gana, ¿o acaso usted cómo se portaría si le dejan de pagar seis meses, y además tiene a su hija enferma y en el hospital no la reciben porque su empleador no le ha pagado la EPS? ¿Con qué ánimo se presentaría a su lugar de trabajo? Pero ahora no. Ahora la plata no es excusa porque parece que están al día. Entonces, ¿qué pasa? Si no es la plata la llamada a derretir los témpanos de hielo que obstruyen sus venas, ¿entonces qué? Respiramos tranquilos cuando supimos que habían entrado 24.000 millones para eliminar el rojo santafereño, única tinta que ha comprado el club en los últimos años para imprimir balances. Pero mire que no. Al contrario. Ahora juegan con actitud de oficinista recién almorzado. Les falta el palillo en la boca.

Hemos constatado que la plata no era el problema. El perfil de la nómina, mediano tendiendo a bajo, tampoco debería serlo en un torneo con serios problemas de talento como el nuestro. Con nóminas similares hemos visto equipos dar la vuelta olímpica. Entonces, ¿qué es lo que pasa? Agotado lo racional, no queda sino apelar al más allá, a las ciencias ocultas. ¿Será verdad, como también han dicho, que tanta petulancia traducida en décadas de maltrato a jugadores –pregúntenle a Senén Mosquera su historia, al mismo Willington y más a la mano a Óscar Cortés– está pasando factura kármica? ¿Será verdad ese mito urbano de la maldición que pesa sobre nuestra divisa? ¿Por qué no salir de dudas y decidirse a excavar alrededor del arco norte del Campín? ¿Cuánto cobrará el profesor Salomón por un outsourcing? ¿Le pidieron la tarjeta al sacerdote español experto en exorcismos que estuvo de visita la semana pasada?

Lo que sea necesario habrá que hacer. Porque estamos en un punto –aceptémoslo– en el que ni siquiera provocamos lástima. En otra época, después de perder un clásico había que pagar escondederos a peso al día siguiente en el colegio, en la universidad, en la oficina. Hoy no. Los antiguos rivales hoy se nos acercan como al enemigo que padece una enfermedad en fase terminal. Algunos con hipocresía, otros con sinceridad nos ponen la mano en el hombro para espetar un “qué vaina, hermano, de verdad yo no quiero que desciendan, me da pesar”. Y eso mismo pasa en la cancha. Ahí está el recuerdo del domingo: en el segundo tiempo Santa Fe reculó y al recular nos irrespetó. Se le vio la compasión. De haber apretado más –y de no estar Delgado en su noche–, nos meten ocho. Y hubiera preferido. Mejor ocho en contra que un compasivo y tibio 2-0. Mejor una terapia de choque que un ibuprofeno.

Y de último dejo la revelación del semanario Nuevo Estadio sobre los nuevos dueños de Millonarios: como su presidente actual, vienen del Valle de Aburrá. El llamado a reorganizar sus inferiores es Javier Álvarez, también antioqueño. ¿Quién será el nuevo gerente deportivo? ¿Andrés Uriel Gallego? Y es acá donde tiemblo al recordar a un amigo azul que amenazaba con que si se ganaba el baloto, no compraría a su Millonarios, sino, al contrario, a Santa Fe, para llenarlo de troncos y darse el infinito placer de verlo recorrer las carreteras del país en ese infierno que algunos se empecinan en llamar Primera B. ¿Seguros que el último baloto no cayó en Medellín?

* Periodista cultural de SEMANA, hincha de Millonarios y coautor del libro Bestiario del balón.
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