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| 7/3/2014 12:00:00 AM

Luiz Felipe Scolari contra el mundo

Aunque suene raro viniendo del técnico de Brasil, Felipao arremetió contra la FIFA, los árbitros y dijo no querer más llorones. Perfil de un entrenador tan amado como odiado.

Luiz Felipe Scolari es de esos tipos que se aman o se odian. Las hinchadas de Plameiras y de Gremio lo idolatran, en 2002 todos los brasileños se enloquecieron con el título mundial que conquistó en Corea-Japón.

Pero hay también mucha gente que no se lo aguanta. A voz baja, casi como si fuera un pecado, varias personas le han dicho a Semana.com “quiero que Colombia gane, ese tipo es un imbécil, insoportable y además Brasil juega horrible con él”.

Es famoso por manejar sus equipos con mano dura, como un vaquero de la pampa de Rio Grande do Sul donde nació. Scolari es la antísesis del ‘Jogo bonito’, busca el resultado como sea, con fuerza y pata, a sus pupilos les dice "pasa el balón, el jugador, no". Sacó, sin pudor, a Romario de la Seleção de 2002 y al arquero Víctor Baía de Portugal.

Devoto de Nossa Senhora de Caravaggio, la santa venerada por los brasileños de origen italiano, defendió al dictador Augusto Pinochet que “hizo muchas cosas buenas". A sus futbolistas les recomienda leer ‘El arte de la guerra’, el clásico de estrategia militar de Sun-Tzu.


Felipao en la Granja Comary, donde se concentra Brasil. Foto: AFP

Una de sus tácticas favoritas es endosar toda la presión para que sus jugadores se sientan más tranquilos. Algo que, como se ha visto por la fragilidad psicológica del Scratch, ha funcionado a medias. Pero en los últimos días pasó definitivamente al ataque.

Después del desastroso partido contra Chile, dijo que "estamos siendo muy caballeros, cordiales, educados con los equipos adversarios. No necesitamos ser bombardeados todos los días por jugadores, entrenadores, periodistas extranjeros. Tal vez tenga que volver a mi estilo. No consigo soportar más esta educación: me preocupan los árbitros, están reticentes con Brasil”.

Las palabras vienen del mismo hombre que dijo: "¿Millones no vieron penalti? El árbitro lo vio y yo también" en la pena máxima que Fred se inventó en el juego de inauguración contra Croacia y que el japonés Yuichi Nishimura pitó sin pestañear. Pero Scolari no se detuvo ahí.

Hace unos días le confesó a un puñado de periodistas brasileños que “la FIFA quiere hacer fracasar el proyecto del hexacampeonato”. Felipão les reveló que en vísperas del partido contra Colombia le preocupa la inestabilidad emocional de sus futbolistas y el supuesto complot de los directivos del fútbol mundial.


La estabilidad emocional de Brasil, una de las preocupaciones de Scolari. Foto: AFP.

Según el periodista Luiz Antônio Prósperi, quien estuvo en la reunión secreta, "a juicio de la comisión técnica de Brasil, la FIFA habría ignorado las acusaciones de Louis van Gaal, quien insinuó una posible maniobra para que Brasil ganara la Copa. Y también las revelaciones de Arjen Robben de que habría simulado penal en el partido con México y no fue advertido por la FIFA".

Y su colega Juca Kfouri escribió que “hay casi una certeza en la cúpula de la selección brasileña de que a la FIFA no le interesa que el hexacampeonato sea conmemorado en 2014”. La teoría del complot con la FIFA siempre funciona, pues por fuera de los funcionarios de la entidad, pocos creen en su transparencia y su juego limpio.

En Brasil uno de los gritos de guerra antiMundial ha sido “Fora FIFA” (fuera FIFA) y así Scolari se conecta con gran parte del país, aunque esté jugando con fuego. Muchos dicen que si la 'Canarinha' no gana la Copa Mundo, vuelve la revolución.

En todo caso Scolari, que lanzó “necesito que dejen de llorar y que controlen mejor sus sentimientos, llorones”, mandó a llamar un equipo de psicólogos para darle tranquilidad a un equipo obligado a evitar, a como dé lugar, un nuevo maracanazo. También está moviendo fichas sobre el campo, para reemplazar a Luiz Gustavo fuera por amarillas y para darle más creatividad al equipo.

Y claro, con su estilo populista, de político de plaza, sus arengas y ataques, presionar los rivales, justificar una posible eliminación y mostrar que, a pesar de su Mundial mediocre, Brasil no está muerto. Algo sin duda cierto.
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