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| 7/7/1986 12:00:00 AM

NI GOLES NI T.V.

Las deficiencias de la televisión y el bajo promedio de gol, lo más destacado en la primera semana de Mundial

NI GOLES NI T.V. NI GOLES NI T.V.

La promesa más repetida por los organizadores de esta Copa Mundo 86 fue la de unas comunicaciones de siglo veintidos, con doce cámaras apuntando a la jugada desde todos los ángulos, un sonido de estar ahí como en la propia cancha y una producción de aquellas donde se mezclan la creatividad, el lujo y la oportunidad.

Eso dijeron muchas veces, tantas veces que desde hace tiempo al campeonato lo bautizaron "El Mundial de las comunicaciones" y antes de que comenzara el fútbol no se habló de otra cosa que del estudio de 25 mil metros para la emisión televisiva, de la audiencia simultánea de mil millones de personas en todo el planeta y de la telaraña de satélites para llegar con la imagen a 124 países. Pero no fue sino que se echara a rodar el balón en el partido inaugural de Italia contra Bulgaria para que el mundo comenzara a dudar de todas esas promesas y de ahí se pasó a la mortificación por la falta de sentido común en las repeticiones de jugadas y goles y posteriormente se llegó a la decepción porque a pesar de estar en la puerta del próximo siglo, y a pesar de las fantasías tecnológicas, las comunicaciones se convirtieron en el primer autogol del décimo tercer Mundial.

El problema--que es un problema que no se limitó al primer juego sino que ha seguido atormentando a la audiencia--no es sólo por exigencias caprichosas de los espectadores preparados para gozar la apoteosis de las comunicaciones, sino que ha llegado a verdaderos colapsos como los sufridos la semana pasada por la mayoría de los países europeos a quienes, simple y desesperadamente, la señal no les llegó o les llegó sin sonido, borrosa, espantosa.

Las deficiencias, que han ocasionado ya declaraciones airadas y anuncios de demandas multimillonarias por parte del consorcio de la EBU que representa a la televisión europea, al parecer tienen su origen en un arrebato de nacionalismo de los mexicanos quienes, por esta vez, no recurrieron a la ayuda de norteamericanos y japoneses y se fueron de bruces contra la complejidad de un sistema computarizado. Pero esa no es la única razón que se ha dado para explicar el descalabro. Hay una que señala a Guillermo Cañedo, presidente del comité organizador y magnate de la televisión de México, como el culpable por mera tacañería al negarse a aumentar el presupuesto para el funcionamiento de toda la operación. Y otra disculpa que se ofrece sindica a la madre naturaleza del desastre: que son las consecuencias del temblor de tierra de septiembre pasado y de las inundaciones por los fuertes aguaceros que han caído en Ciudad de México en los últimos días.

Por cualquier razón que sea--económica o nacionalista o natural--el asunto ha sido motivo de reproches de los aficionados y de preocupaciones imprevistas en gruesas chequeras si se tiene en cuenta que en el Mundial, desde luego, se juega mucho más que la gloria de una vuelta olímpica o la responsabilidad de guardar por cuatro años la estatuilla de oro de 36 centímetros con que se distingue al campeón. Es tan mucho más como esto: cada país paga por concepto de los derechos de televisión entre 300 y 350 millones de pesos por los 52 partidos. Pero, claro, por los 52 partidos muy bien transmitidos.

¿Y de fútbol qué?

Pero a pesar de las repeticiones que no se hacen o se hacen mal, de la a veces risible equivocación en los nombres de los jugadores, de las interrupciones de la señal, de los "congelados" sin sentido y de la también criticada manera colombiana de partir la pantalla en dos para pasar abajo partido y arriba comerciales, los aficionados han archivado sus preocupaciones trascendentales y se han entregado a la magia del fútbol, a las apuestas, a las especulaciones y a las inevitables discusiones sobre el nivel que está mostrando este 86.

Hablando de fútbol, pues, hay que decir primero que el Mundial no ha incumplido promesas, porque ni los expertos ni los simples observadores aguardaban en los partidos de eliminación un fútbol ofensivo, con delanteras numerosas y avalanchas de goles, sino sistemas tácticos que les garantizaran a los favoritos el pase a la siguiente ronda.

Y eso ha pasado. La primera semana de Mundial deja en claro que el 4-4-2 (cuatro defensas, cuatro mediocampistas y dos delanteros) es la fórmula empleada para evitar sorpresas y la culpable del bajo promedio de gol. Los primeros 15 partidos apenas permitieron que se cantaran 30 anotaciones, incluidas las seis que la Unión Soviética le propinó a Hungría, sin las cuales el promedio sería más mediocre. Para las estadísticas, este México 86, en este sentido y hasta ese punto, siembra más preocupaciones que el jugado en España hace cuatro años, cuando el promedio de gol a esa altura era de 2.8 por partido .

Pero esas son meras racionalizaciones estadísticas y sólo apreciaciones tácticas que de todas maneras concluyen en esto: si bien es cierto que los primeros partidos se juegan con sumo cuidado, a no arriesgar, a evitar sorpresas, después de clasificados los equipos tendrán que sacar sus garras ofensivas si quieren aspirar al título. Es decir que si por ahora el 4-4-2 defensivo ha reinado, en las tres semanas de fútbol que faltan, los equipos que tengan mayor apetito de goles y más flexibilidad para lograrlos, así mantengan ese esquema táctico, serán los que se impongan y tendidas en el césped quedarán aquellas escuadras con sistemas defensivos rígidos y sin creatividad.

Dentro de esa perspectiva el equipo de la Unión Soviética es, por lo menos hasta el cierre de esta edición, el que mayores argumentos parece tener dentro de sus filas para brindar un fútbol rápido, con llegadas masivas al gol, con potencia para resolver situaciones lejos del arco contrario y con estado físico para atacar y defender en bloque. Los rusos, que golearon a Hungría en el debut, han mostrado esta vez algo que se les desconocía: habilidad. Con ella, con su despliegue físico y su vocación de ataque y de defensa, se han metido dentro de la baraja de opcionados.

Además de la revelación soviética, pocas sorpresas ha dejado hasta ahora el Mundial. Italia y Argentina, en el primer grupo, han mostrado lo que de ellos se esperaba; México ha sobresalido por la viveza de sus "chaparros" jugadores que en su primer juego les ganaron muchos balones aéreos a los gigantes belgas; Francia, que llegó a la cita con muchos antecedentes de equipo temible, ha estado por debajo de la expectativa; Brasil es una incógnita en donde es más importante el peso específico de su prestigio que la realidad de su fútbol actual; Inglaterra, castigado por Portugal en su partido inicial, parece al borde de un nuevo fracaso y el grupo del infierno (el E donde están Alemania, Uruguay, Escocia y Dinamarca) es todavía un misterio pero de su fogosidad se desprende una conclusión: tendrán que hacer tantos esfuerzos para que dos de ellos pasen a la próxima ronda, que podrían llegar diezmados físicamente.

Faltan, entonces, muchos pases por hacerse, muchos goles por celebrarse y también muchos malos humores por soportarse debido a las transmisiones. Cuando esta semana finalice, la participación de ocho de las 24 selecciones nacionales habrá concluido y quedarán 16 clasificados para empezar la ronda de la muerte que comenzará el próximo domingo 15 de junio cuando reinará el sistema de K.O.: equipo que pierda sale definitivamente del Mundial.--

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