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| 7/3/1989 12:00:00 AM

¡POR FIN LA COPA!

El dramático triunfo de Nacional confirmó la evolución del fútbol colombiano y pinto al País de verde esperanza.

Era la cuarta vez que la misma historia se repetía en algo menos de cinco minutos. René Higuita tapaba los lanzamientos que desde el punto penal le hacian los hombres del Olimpia, mientras sus compañeros desperdiciaban las oportunidades que el joven portero les servía en bandeja de plata. Ante cada nueva atrapada de René surgia el al borozo por la llegada de la ansiada Copa, pero enseguida volvía el viacrucis cuando los paisas erraban sus tiros. Asi se llegó al noveno cobro. Leonel Alvarez puso el balón, con la mayor serenidad, en el punto blanco. Tomó impulso. Miró al portero. Y, mientras millones de colombianos contenian el aliento, realizó el sueño. Por primera vez en la historia un equipo colombiano ganaba el galardón más preciado del fútbol suramericano: la Copa Libertadores de América.

El país entero se volvió verde y la emoción se desbordó por todos lados.
Y no era para menos. No se trataba solamente de lo hecho por Nacional en esta ocasión, sino de una emoción reprimida durante muchos años, en los que el fútbol colombiano habia vivido de triunfos morales, de subcampeonatos y de jugar como nunca y perder como siempre. Ahi estaba el legendario 4-4 frente a la URSS en el Mundial Chile-62, el subcampeonato a nivel continental de la selección del "Caimán" Sánchez en 1975, el subcampeonato del Cali de Bilardo en la Libertadores de 1978 y los del América de Ochoa en 1985, 86 y 87, para mencionar sólo algunos. Ya era una costumbre. Siempre faltaba el centavo para completar el peso. Siempre se estaba entre los mejores pero nunca se era el mejor. Siempre faltaba la pizca de suerte de los campeones. En fin, siempre quedaba la frustración, el sabor amargo que deja lo que pudo ser y no fue.

Y el Nacional de Francisco Maturana también había recorrido ese camino de frustraciones: en 1987, en su propio campo, perdió la oportunidad de ir a la Copa Libertadores en el último partido del año. En 1988, cuando fue considerado el mejor equipo de la temporada, perdió el campeonato colombiano frente a Millonarios, por la mínima diferencia. Por eso, la Libertadores tenía que ser el desquite, no sólo para el Nacional sino para todo el fútbol colombiano.

LA HORA DE LA VERDAD
Desde la primera fase de la Copa-89, el equipo antioqueño se perfiló como uno de los favoritos. A pesar de perder en su campo frente a Millonarios y quedar segundo en el grupo, su excursión por Ecuador frente a Eme lec y Deportivo Quito dejó en dar que los "puros criollos"--apodo que recibió por formar en sus filas única mente jugadores colombianos--estaban para grandes cosas. El traspié frente a Millonarios sirvió para que Maturana hiciera algunos ajustes en sus lineas. En la segunda vuelta el enemigo fue el Racing, de Argentina, al que Nacional venció en Medellin por 2-0. En el partido de vuelta, los hombres de Maturana pasaron algunas dificultades frente a los argentinos, y finalmente los paisas clasificaron por mejor diferencia de goles aunque perdieron ese encuentro 2-1.
Hubo críticas por la pobre presentación en Buenos Aires y de nuevo el técnico debió tomar medidas para enfrentar otra vez a Millonarios que también clasificó para la tercera ronda.

La rivalidad con los bogotanos estaba casada desde el octogonal del año pasado, cuando Millonarios ganó el campeonato. En esta fase de la Copa, Nacional triunfó en Medellin por 1-0 y con un dramático empate a un gol en Bogotá, en el segundo partido, dejó fuera de carrera a Millonarios.
En ese momento todo el mundo comenzó a pensar seriamente en las posibilidades verdes. En esta ronda el equipo se mostró mucho más sólido y contundente. Fue un conjunto que, sin renunciar a su buen manejo de pelota, apretó las marcas y mostró mayor contundencia a la hora de hacer los goles. La consigna entonces era derrotar al Danubio de Montevideo, un conjunto precedido de muy buena fama, con jugadores jóvenes y con un estilo supuestamente similar al de Nacional. En el primer partido, en Montevideo, los uruguayos pusieron a prueba la capacidad defensiva de su contrincante, que se vio comprometido para sacar el empate a cero goles, un resultado conveniente para los colombianos. En Medellin, la ola verde arrasó con el Danubio. El contundente 6-0 lo puso en la final.

Olimpia de Asunción fue el último escalón, y el más dificil. El campeón paraguayo llegó con el escándalo desatado en la primera fase de Copa, cuando clasificó con cuatro goles que le anotó al Sol de América en un encuentro que la critica chilena --los directamente afectados por el resultado que eliminó a los equipos australes Colo-Colo y Cobreloa-calificó de dudoso. Estaba claro que Olimpia no dudaría en utilizar todo tipo de recursos para repetir su hazaña de 1979, cuando ganó la Libertadores. En esta ocasión, al igual que en el 79, estaba al mando del uruguayo Luis Cubilla, hombre reconocido por sus conocimientos futbolisticos y por sus mañas extradeportivas .

LA ERA MATURANA
Pero, ¿cómo fue que un equipo netamente colombiano llegó a la instancia final del torneo de clubes más importante del continente? Aunque parezca mentira, Luis Cubilla, el derrotado técnico del Olimpia, tuvo mucho que ver en el asunto. En 1983, recién retirado Maturana de las canchas como futbolista profesional, el uruguayo llegó a Medellín para dirigir al club que había perdido al argentino Oswaldo Juan Zubeldía, su más famoso estratega. Con su profesión de odontólogo, Maturana tenía un porvenir asegurado, pero su verdadera pasión era el fútbol. No quiso ceder a las propuestas para volver a jugar.
Sin embargo, fue Cubilla quien, apelando a los conocimientos de Maturana sobre fútbol y a su carácter de lider, lo convenció para que trabajara con las divisiones inferiores del Nacional. De ahí fue enviado a Manizales, donde se encargó del Caldas, al que logró clasificar al octogonal final de 1986 con una nómina básicamente colombiana y joven, que sorprendió por su buen juego. Ante el éxito, los directivos paisas decidieron recuperarlo, con la condición de que formara una escuadra con jugadores exclusivamente criollos.

Poco a poco, con varios de los jugadores que tuvo en Manizales y con refuerzos adquiridos al Medellin y a otros equipos, ensambló una nómina con lo mejor del fútbol colombiano del momento, con excepción de nombres como Valderrama, Redin e Iguarán. No era la primera vez que un equipo profesional adoptaba este tipo de política pero, a diferencia de clubes como el Tolima y el Caldas--que se vieron obligados a contratar colombianos por problemas económicos--, el Nacional utilizó esta política para despertar las simpatías de la afición con un equipo criollo de alta competitividad. La propuesta le vino a "Pacho" como anillo al dedo si se tiene en cuenta que, aparte del buen fútbol, una de sus metas principales era la de cambiar la imagen del jugador nacional, catalogado históricamente como rudo, falto de talento y patán.

Los primeros frutos se dieron en el 87, cuando el equipo quedó en tercer lugar en el campeonato, detrás de Millonarios y América. Pero una de las metas fijadas ya se había cumplido: el Nacional atrajo los mejores elogios de la prensa deportiva y los aficionados de todo el país cerraron filas en torno a lo que se comenzó a conocer como la "selección Colombia". El equipo verde era la más clara muestra de la revolución que se había producido en el fútbol colombiano. Habían quedado atrás los tiempos en que los aficionados del país sólo apreciaban a las estrellas del Cono Sur, que jugaban y obligaban a los criollos a jugar un fútbol sucio y conservador, al que no se adaptó jamás el creativo y barroco futbolista colombiano. Maturana comprendió esto mejor que nadie y pudo así colocar a su equipo en primera línea.

En el 88 Nacional despegó desde las primeras de cambio y en el camino hacia el título tuvo como único rival serio a Millonarios, una escuadra con un fútbol diferente al de los paisas, menos preciosista pero más eficaz a la hora de definir en el arco contrario.
Finalmente, el equipo bogotano, en medio del escándalo del octogonal final (arbitros secuestrados, arbitrajes dudosos y acusaciones de partidos comprados), salió campeón. Nacional se alzó con el subcampeonato y con una experiencia que habría de darle dividendos en poco tiempo: no basta con jugar bonito, hay que aprovechar las oportunidades y anotar los goles. Fue así como, en lo que va corrido de la presente temporada, tanto en el campeonato doméstico como en la Copa, la delantera del Nacional ha sido más efectiva y sus volantes, sin renunciar al buen manejo del balón, han pensado más en sus atacantes.


EL DIA "D"
Pero este proceso necesitaba consolidarse con un triunfo. Y para ello el pasado miercoles 31 de mayo fue el día de las definiciones. Ocho días antes, en Asunción, tras una buena presentación, los hombres de Maturana fueron víctimas del mortal contragolpe de los delanteros paraguayos Amarilla, Mendoza y Bobadilla, y perdieron 2-0. No había terminado el partido cuando la gente de Olimpia comenzó a hablar de amenazas del cartel de Medellín y de falta de garantías, con el fin de enrarecer el ambiente y afectar el ánimo del rival. Para rematar, su técnico Cubilla invocó la falta de capacidad del estadio de Medellín (según las normas de la Confederación Suramericana de Fútbol, una final de esta clase sólo se puede jugar en estadios con capacidad para 50 mil espectadores) para sacar al Nacional de su feudo y alejarlo de su afición. Cubilla contaba con que se escogiera como sede o el estadio de Pereira o el de Barranquilla, en los que contaría con la ventaja adicional de jugar a poca altura sobre el nivel del mar.
Francisco Maturana, al fin y al cabo alumno de grandes zorros del fútbol como Zubeldia, Bilardo, Mujica y el mismo Cubilla, entendió por dónde iba el agua al molino y escogió a Bogotá como escenario de la gran final, a sabiendas de que sus hombres estaban más acostumbrados a la altura y que los paraguayos no esperaban semejante decisión.

Y Maturana acertó en todos los terrenos. Para empezar, los bogotanos olvidaron la vieja rivalidad con los paisas y acogieron a los 31 mil aficionados que en automóviles, buses y aviones comenzaron a llegar a la capital desde el lunes anterior. Fue una gran caravana que se vió complementada por la hospitalidad bogotana.
Hinchas de Millonarios, Santa Fe y de los otros equipos del país se vistieron de verde, tomaron como suya la causa paisa y, más que nunca, el Nacional se convirtió en toda una selección nacional. La táctica del criollismo dio sus buenos frutos.
Mientras tanto, los paraguayos escamparon el día anterior al encuentro en Cali, para evitar los efectos de la altura y de los aficionados que se tomaron a Bogotá.

Cuando el árbitro argentino Juan Carlos Loustau dio el pitazo inicial Olimpia tenía media Copa en el bolsillo. Nacional debía ganar 3-0 para quedarse con el trofeo sin pasar por la angustia de los tiros desde el punto penal y con esa necesidad salió a atacar desde el primer segundo. Olimpia, consciente de la necesidad de los colombianos, se refugió en su campo y dejó a Amarilla y a Mendoza para el contragolpe. Los de Maturana se armaron bien en función de ataque desde el medio campo, pero su delantero Arango se encontró custodiado por los dos defensas centrales del Olimpia y la fórmula de la carrera de Usuriaga fue relativamente bien neutralizada por el marcador Roberto Kraussemann, quien en Asunción pasó las verdes y las maduras para frenar al "Palomo". Leonel Alvarez, solitario en la función de marca en el centro de la cancha, debió resignar sus posibilidades de ataque para colaborar con la defensa en el control de los delanteros rivales. En realidad, aunque Nacional tuvo el balón en su poder la mayor parte del tiempo, las mejores oportunidades fueron para el rival, que obligaron al arquero René Higuita a emplearse a fondo en varias ocasiones. Pero era la noche de René.
Con solvencia conjuró el peligro y fue la estrella del encuentro. El primer tiempo finalizó 0-0, los paraguayos se fueron al descanso con la victoria al alcance de la mano y los colombianos con la necesidad de hacer por lo menos dos goles en 45 minutos. El reloj estaba en contra del Nacional y Luis Cubilla sabía cómo jugar con la desesperación del contrario.

En los 15 minutos de descanso Maturana tomó dos determinaciones claves para darle la vuelta al partido.
Sacó a Jaime Arango, perdido entre la defensa contraria, y metió a Felipe Pérez, quien asumió la labor de marca cumplida en el primer tiempo por Alvarez, lo que le permitió a éste pensar más en el ataque. Por otra parte, aprovechando su estatura y su fortaleza, mandó al "Palomo" Usuriaga a jugar a manera de centro delantero y a Leonel como puntero derecho. La táctica funcionó. A los 15 segundos un centro de Usuriaga pasó entre el arquero Almeida y el delantero colombiano J.J. Tréllez, para que finalmente Niño hiciera el autogol que abrió el camino. Quedaba prácticamente todo el segundo tiempo para anotar por lo menos un gol más.

Los de Olimpia perdieron confianza en la zona defensiva y los de Nacional se fueron acercando cada vez más al arco rival. Por su parte, Pérez dio al traste con los intentos de los delanteros paraguayos y respaldó la labor de Leonel Alvarez en el ataque.
Como se dice popularmente, Leonel se echó el equipo al hombro y demostró por qué es el mejor jugador del fútbol colombiano. Nueve minutos después del autogol de Miño, el "Palomo" voló como cóndor. Aprovechó una duda en la zaga rival, saltó como los grandes y de certero cabezazo marcó el segundo de Nacional. El Campín estalló en júbilo, la Copa podia quedarse por primera vez en Colombia, sólo faltaba un gol más.
Olimpia, que habia ganado dos de las rondas previas con la definición por penales, se agazapó en la defensa con la confianza en que el veterano arquero Ever Almeida haría de las suyas. Y las hizo. Loustau pitó el final y los colombianos se quedaron con el credo en la boca. Venian los cobros desde los doce pasos.

Higuita comenzó con pie derecho y detuvo el disparo del arquero paraguayo. Pero Almeida se vengó, atajando el penal cobrado por Alexis Garcia. La serie inicial de cinco cobros terminó 4-4 y de ahi en adelante el que desequilibrara se quedaba con la Libertadores. Gildardo Gómez, Luis Carlos Perea y Felipe Pérez fallaron los disparos mientras Higuita, inmenso en el arco norte de El Campin, atrapó los lanzamientos de González, Guasch y Balbuena, y vio cómo Sanabria enviaba el balón por encima del travesaño. Vino el cobro de Leonel, el arquero que se juega a la derecha, Alvarez que patea a la izquierda y la Copa Libertadores de América que por fin se queda en Colombia.

Se acabaron mitos y maldiciones.
Que el América no ganó por la maldición del "Garabato", que los paises de la cuenca del Pacifico nunca la tendrian, que se necesitaba tradición copera para vencer, todo eso lo desvirtuó Nacional.

Fue el último partido de Francisco Maturana con el Nacional. De ahora en adelante se encargará de la Selección Colombia que participará en la Copa América y en las eliminatorias para el Mundial Italia-90. Habia logrado su meta más inmediata, lo mismo que sus jugadores. Fue un regalo para todo un pais que en los últimos tiempos había visto cómo el monopolio de las buenas noticias lo tenia el deporte. Tal vez por eso las palabras de Andrés Escobar en el momento de recibir la medalla como campeón, calaron tan hondo en los millones de televidentes que fueron testigos de la hazaña nacionalista: "Este país ha sufrido mucho y necesitaba recuperar la esperanza".-
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