01 agosto 2013

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¡Qué orgullo Caterine Ibargüen!

DEPORTESLa medalla de oro de la atleta de Apartadó marca el punto más alto del repunte del deporte colombiano en el mundo. Semblanza de la campeona que tiene soñando al país.

¡Qué orgullo Caterine Ibargüen!. En este preciso instante Caterine Ibargüen estaba a punto de hacer historia en el Mundial de Atletismo de Moscú.

En este preciso instante Caterine Ibargüen estaba a punto de hacer historia en el Mundial de Atletismo de Moscú.

Foto: AFP

Caterine Ibargüen es el mejor ejemplo de la importancia de perseverar. La mujer que hoy admira todo el país venció el obstáculo de la pobreza para lograr el sueño de estar entre las mejores atletas del mundo. La medalla de oro que acaba de ganar en el Mundial de Atletismo en Moscú con un triple
salto de 14,85 metros estaba, no solo entre sus sueños, sino entre sus planes. Pero no fue fácil.

Hija de una familia de trabajadores rasos en las fincas bananeras del Urabá antioqueño, nació en Apartadó en 1984 y vivió en el barrio Obrero, una invasión de 5.000 viviendas de madera y cinc donde todavía se transita por calles de barro. Cuando tenía 7 años, en pleno furor de la violencia de guerrilleros y paramilitares, su papá, William, tuvo que salir del país y Francisca, su madre, viajó a Turbo. Caterine se quedó en Apartadó y su abuela Ayola se encargó de criarla. 

Estudió en colegios públicos y pasaba los ratos libres con sus amigos por las polvorientas calles del barrio. Los niños corrían en estampidas jugando ‘yeimi’, el juego de moda en aquel entonces. Consistía en hacer una torre de piedras para luego tumbarlas con un balón y salir corriendo. 

Uno de los muchachos debía tomar el balón y tratar de ‘ponchar’ a los otros y estos, a su vez, debían intentar armar de nuevo la torre de piedras. Si lo lograban, el juego terminaba y volvía a empezar. Igual que en el resto del barrio, la dieta en su casa era la típica de una región donde abundan el pescado y el banano.

Cuando tenía 12 años y estudiaba en el colegio San Francisco de Asís, llegó una visita de la Liga de Atletismo de Antioquia. Citaron a todos los alumnos y les hicieron pruebas. Clasificaron por grupos a los jóvenes según su estatura, su fuerza, su resistencia y su velocidad. El entrador Wilder Zapata fue el primero en poner el ojo en Caterine. 

“Desde pequeña tenía condiciones que la hacían diferente. La cité para un torneo municipal y en su primer salto largo hizo 5,5 metros. Eso es mucho para una niña de esa edad. En ese momento notamos que tenía fortaleza para saltar”, contó el entrenador a SEMANA. Caterine se entusiasmó y siguió entrenando. Como dice ella, lanzarse al mundo del deporte fue el mejor salto de su vida.

Todos los días, al terminar el colegio, Caterine se iba por las tardes a entrenar al estadio Antonio Roldán Betancur, en el mismo barrio Obrero donde creció. Allí empezó la carrera que hoy la tiene en la gloria. Tres meses después de su primer salto, viajó a Medellín y en la primera competencia departamental de su vida se llevó una medalla de bronce. 

Desde entonces pocas veces se quedó fuera del podio. Arrasaba en los juegos intercolegiados y se convirtió en la mejor en Antioquia en la categoría infantil. Ya entonces era claro que el talento de Caterine le permitiría llegar muy lejos. “Me reuní con su abuela y con los profesores porque todos debíamos empezar a trabajar juntos para sacarla adelante”, cuenta el entrenador Zapata. Y así fue. La mamá de Caterine, desde la distancia, le dio todo su apoyo y su abuela no la dejó caerse en los momentos difíciles. Los profesores entendieron que Caterine ya tenía un futuro trazado. 

De ser la mejor de Antioquia pasó a competir en campeonatos nacionales y a destacarse en velocidad, pero aún no había llegado a su verdadera especialidad. Wilder propuso que la inscribieran en salto triple en un torneo nacional realizado en Medellín. Caterine corrió con sus temblorosas piernas de niña, saltó y se lució. Antes de cumplir los 15 años, ya había superado los récords nacionales en todos los saltos en categorías infantil y juvenil. Con semejante potencial, la precaria infraestructura de Apartadó ya no era suficiente para ella. 

En busca del futuro
Por eso, viajó a Medellín en busca de su futuro, como muchos jóvenes del pueblo. Y tenía a su favor que a deportistas como ella Indeportes les ofrece estudio, alojamiento, alimentación, atención con psicólogos y trabajadores sociales y subsidios para ayudar económicamente a sus familias. 

Caterine llegó a la villa deportiva Antonio Roldán, donde los futuros campeones viven, entrenan siete horas diarias y reciben toda la atención física necesaria. “Atendemos a 70 deportistas en promedio y al año la inversión es de 2.000 millones de pesos”, cuenta Mauricio Mosquera, gerente de Indeportes Antioquia. 

Pero tener resuelto el problema económico no significó la dicha completa. Estar lejos de su familia a veces la hacía decaer,  pero todos en su casa estaban esperanzados en su gloria. Siempre la convencieron de que tenía que seguir buscando lo que quería. 

En Medellín la cubana Regla Sandrino se convirtió en su entrenadora. Ya se conocían por varios encuentros deportivos y eran amigas. “En una ocasión, cuando conversábamos, me dijo, entre risas, que yo estaba frente a la mejor atleta del mundo. Yo le respondí en charla: ¿la mejor? ¡Yo creo que lo que tú eres es la menos peor! Y nos reímos juntas”, contó la entrenadora a SEMANA. 

Caterine siempre tuvo claro a dónde quería llegar. Sandrino lo entendió y desde el principio le dejó muy claro que no iba a ser fácil, que iba a necesitar mucha disciplina. “Me dijo que no se iba a robar ni una abdominal de las que le tocaran hacer”, dice Regla. E hizo todo para ser la número uno. Lo primero fue ubicarse. Ser la mejor en todos los saltos no la iba a llevar a ninguna especialidad. Sandrino quiso encaminarla por el salto alto y Caterine puso un récord nacional de 1,93 metros. 

Por el estudio, a la gloria
En 2005 el entrenador cubano Ubaldo Duany le propuso irse a representar a la Universidad Metropolitana de Puerto Rico. Salir del país implicaba para Caterine estar más lejos de su familia y ella prefirió declinar la invitación. Pero en la convocatoria de los Olímpicos de Beijing en 2008, Caterine se encontró con una triste realidad. No clasificó y entonces entendió que tenía que buscar nuevas alternativas deportivas y hacer una carrera universitaria.

Ambas opciones se materializaron cuando Duany insistió en la oferta, que representaba una beca en la universidad puertorriqueña a cambio de competir en su equipo, y ella aceptó. Viajó con su novio Alexánder Ramos, también atleta, y estudió Enfermería mientras seguía con sus entrenamientos. Hace dos meses se graduó y quiere seguir estudiando una maestría.

En la evaluación, el entrenador definió que su especialidad definitiva debía ser el salto triple. Nada de saltos altos ni largos. Se sometió a la estricta rutina diaria que sigue hasta el día de hoy. Empieza con ejercicios en el gimnasio de las seis a las nueve de la mañana. Luego del almuerzo hace dos horas de siesta. Antes del atardecer, entrena en pista y termina en la noche. Con esa estricta disciplina se prepara y los resultados se ven.

En 2011 viajó a Bogotá a participar en el Grand Prix Internacional y puso su nueva meta, que hasta ahora no ha logrado superar, de 14,99 metros en salto triple. Semanas después, en el Campeonato Mundial de Corea, se llevó la medalla de bronce con un salto triple de 14,84 metros. Ese año, el periódico El Espectador la nombró deportista del año, y en 2012 se llevó la medalla de plata en los Olímpicos de Londres, con un salto triple de 14,80 metros. Los triunfos no paran. Este año barrió con las medallas de oro en la Liga Diamante y se impuso como la mejor del planeta en el Mundial de Moscú.

Caterine sabe que sus glorias son producto de mucho esfuerzo que, lamentablemente, no siempre es reconocido. Por eso, ha llamado la atención a los aficionados “para que le presten más atención a deportes diferentes al fútbol”. En su pueblo, Apartadó, quieren seguirle el consejo. Tienen diseñado un parque de atletismo que cuesta 18.000 millones de pesos, pero solamente tienen 7.000 millones. Una posibilidad sería hacer unos Juegos Nacionales que lleven inversión, pero en los 15 años que llevan insistiendo nadie los ha apoyado en sus planes. 

Caterine les ayuda a sus paisanos haciendo lo que sabe, pues cada triunfo suyo lleva impreso el nombre de Apartadó. Por eso se preocupa por vencer sus propias marcas. Ahora está concentrada en superar los 14,99 metros que hizo en Bogotá y luego el récord mundial de 15,50 metros. Aspira hacerlo antes de los Olímpicos de Río de Janeiro de 2016, cuando tiene planeado dejar de competir.

Cuando se para en la pista, lista para empezar a correr por su destino, se dice a sí misma: “Vamos, negra”. Su mamá y su abuela la siguen por televisión desde Urabá, con el mismo corazón acelerado que millones de colombianos. Al final, por el mundo entero se regó la noticia de que una antioqueña de Apartadó, que comenzó a correr en esas calles polvorientas, era la nueva campeona mundial.

Caterine, todavía agitada pero adornada por su maravillosa sonrisa, envió un mensaje desde Moscú: “Trabajé para darle esta historia a mi país. Espero que les haya gustado”. 


Caterine Ibargüen: una vida de esfuerzo y triunfo

1984
Nace el 12 de febrero en Apartadó, Antioquia. 

1996
Empieza a entrenar atletismo, después de un sondeo que hicieron en su colegio buscando posibles talentos. Su primer entrenador fue Wilder Zapata. 

1998 
Ya con varios récords nacionales viaja a Medellín a formarse como atleta de alto rendimiento con la entrenadora cubana Regla Sandino. 

2005 
El entrenador Ubaldo Duany le propone irse para Puerto Rico a representar a la Universidad Metropolitana, pero prefiere quedarse cerca de su familia. 

2008 
Después de fracasar en la convocatoria para los Olímpicos de Beijing, acepta la propuesta y viaja a Puerto Rico a representar la Universidad Metropolitana, donde estudia Enfermería y se enfoca en el salto triple. 

2011
Alcanza su mayor registro en el Grand Prix de Bogotá, con un salto triple de 14,99 metros. En el Mundial de Corea gana una medalla de bronce y, en los Panamericanos de Guadalajara, una de oro.

2012
Gana la medalla de plata en los Olímpicos de Londres, con un salto triple de 14,80 metros.

2013
Barre con el oro de la Liga Diamante en Shanghái, Oslo y Estados Unidos. Finalmente se convierte en la mejor del planeta en el Mundial de Moscú, con un salto triple de 14,85 metros.



El veloz Quintana y el osado Duque

El deporte colombiano anda en la gloria también por cuenta de estos campeones, uno de Boyacá y otro de Valle del Cauca.

En la buena racha por la que pasan los deportistas colombianos saca nota sobresaliente el ciclista boyacense Nairo Quintana. Con apenas 23 años fue el segundo del Tour de Francia este año. También fue campeón de los jóvenes y galardonado como el Rey de la Montaña. Nairo Quintana es en este momento la estrella que más brilla en el ciclismo colombiano. 

Quintana viene de cuna humilde. Nació en 1990 en Tunja, a donde tuvo que viajar su madre a punto de darlo a luz porque en su vereda La Concepción, de Cómbita, no había hospital. El primer uso que le dio a una bicicleta fue como medio de transporte. En ella iba de su casa al colegio Alejandro Humboldt, donde estudió su primaria.

Ahora dedica la mayor parte de sus días a pedalear, con gloriosos resultados. De cuenta del ciclismo y del dinero que ha recibido por sus triunfos, montó una tienda para sus padres, en la que trabajaban todos los días para sostener sus vidas. Todo en la vida de Nairo y su familia ha sido producto del esfuerzo diario y constante. 

Por eso, él está convencido de que no es imposible ganar las competencias más exigentes sin doparse, como lo aseguró hace unos meses el legendario Lance Armstrong. “Yo pienso que era imposible para él. Ahora mismo casi todos en el pelotón profesional son ciclistas limpios y cada vez que pasan los años se nota”, dijo Nairo. Así es como ha alcanzado el lugar que hoy tiene en el ciclismo. 

Otro colombiano que ha inspirado admiración es el clavadista Orlando Duque. A sus 32 años es el mejor del mundo en saltos de altura, después de haber recibido medalla de oro en el Mundial de Natación de este año en Barcelona. Este caleño fue a dar al deporte del que hoy es el mejor exponente en el planeta casi por casualidad. Cuando era niño, entrenaba fútbol en unas canchas que quedaban al lado de unas piscinas.

Antes de ponerse los guayos y chutar el balón, le gustaba mirar cómo saltaban otros jóvenes desde los trampolines. Un día, una entrenadora lo invitó para que aprendiera y él aceptó. Desde entonces, abandonó el deporte más popular y pasó a uno que apenas se conoce. Pero la monotonía del paisaje y de los retos en las piscinas le hicieron buscar más emociones y empezó a saltar desde abismales peñascos. Ahora este deporte se conoce en el país, en parte, gracias a sus glorias.
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Desde muy joven Caterine (centro) supo que tenía cualidades físicas que la ponían por encima de sus compañeras.

Apartadó quedó paralizada por el triunfo de Caterine. Al centro aparece su abuela Ayola, quien ha sido crucial en su vida.

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