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| 6/12/2017 5:28:00 PM

El cercano sueño del Real Santander, el equipo que disputaba los últimos puestos de la B

La historia de este equipo sin hinchas, que jugará la final de ascenso a la primera categoría, ha estado llena de dificultades y hazañas. La vida del volante Daniel Mantilla es un ejemplo de ello.

Por: Juan Pablo Vásquez

Lunes 17 de octubre de 2016

Después de disputar el último partido de la temporada frente a Valledupar, Daniel Mantilla, volante derecho del Real Santander, se dirigió al vestuario con el desengaño tatuado en el rostro. Pese a que en lo personal había tenido un buen desempeño, su equipo desperdició las opciones de gol y terminó perdiendo por 3 a 1, quedando así en la antepenúltima casilla del torneo de la B.

El futbolista, que para entonces tenía 19 años, completaría dos temporadas en el equipo, ese mismo que hasta ahora nunca se había clasificado a los cuadrangulares finales. Con aquella eliminación completaban cinco años sin saber lo que era jugar unos playoffs. La última participación de la escuadra santandereana en instancias decisivas se remontaba al primer semestre de 2012 cuando fueron octavos.

Sin siquiera desamarrar sus cordones, Daniel se quitó sus guayos y con rabia los lanzó contra las baldosas del camerino. No era para menos, su sueño de jugar en la primera división del fútbol colombiano parecía cada vez más lejana. Este joven no entendía el motivo por el cual todo el sacrificio no se traducía en buenos resultados.

No comprendía por qué la fortuna no jugaba a su favor y más bien parecía que siempre lo quisiera perjudicar. Le costaba entender que, pese a jugar tan bien, la tabla de posiciones siempre los dejaba mal parados. Le molestaba no obtener recompensa por los largos y agotadores viajes, los incómodos lugares donde habían pasado la noche y los potreros en los que jugaron en más de una ocasión.

La frustración se combinaba con la impotencia y él, consciente de que no tenía otra opción, se paró y recogió sus guayos. Ese mismo enojo con el que se los había quitado fue el que no le permitió hundirse en la desilusión reinante de aquel momento. El mediocampista guardó la esperanza de que, en algún momento le llegaría su chance, la oportunidad de jugar en la máxima categoría.

Lunes 5 de junio de 2017

Daniel estaba a la expectativa de lo que pudiera pasar en la tanda de penaltis. Nunca antes en su vida estuvo tan ansioso. Miró alrededor y se dio cuenta de que sus compañeros estaban sintiendo exactamente lo mismo. Algunos ni querían mirar los cobros y prefirieron encomendarse a sus oraciones.

El escenario era el Estadio Centenario de Armenia y estaba en juego por fin el paso a la final para disputar un cupo en la primera categoría profesional. Su rival, el Deportes Quindío, un equipo habitual de la primera división, tenía la ventaja de estar frente a su hinchada y venía con el impulso anímico que significaba marcar un gol en el tiempo de adición, lo que implicó forzar a que el finalista se definiera desde los 11 pasos.

Cuatro días antes se había jugado el partido de ida en Floridablanca y el delantero Luis Ferney Ríos adelantó a los santandereanos en la serie al marcar el único gol de aquel encuentro. El conjunto blanco viajaba así a tierras cafeteras con la tranquilidad que les brindaba tener una ventaja de un 1-0 a favor.

A los nueve minutos, ya en el juego de vuelta en Armenia, el árbitro Eder Vergara pitó una mano dentro del área del equipo cuyabro. El encargado de convertir el gol para Real Santander fue Roger Lemus. Extendían así la ventaja global a dos goles y parecía que todo iba a concretarse, tan solo necesitaban impedir que el Quindío se acercara a su portería. En menos de 90 minutos se asegurarían un cupo en la final. Por la cabeza de Daniel jamás paso la posibilidad de que les marcaran un gol tan solo 15 minutos después y que, en tiempo de reposición, cuando se habían añadido 4 minutos más, les marcaran el segundo.

Ante el temor de desperdiciar la diferencia. que era mínima, la escuadra florideña se resguardó en su mitad de cancha y le apostó al contragolpe. Por su parte, los cafeteros buscaban de todas las formas posibles aproximarse al arco defendido por el golero Julián Ledesma y para eso empezaron a llenar de centros a sus delanteros. Fue así como Christian Mina, en el minuto 93, capturó un rebote dentro del área y con potencia cruzó la pelota al fondo de las mallas.

Los dirigidos por Víctor Hugo González estaban desconcertados y se llevaban sus camisetas a la cara. Sería necesario confiar en la capacidad de su portero y someterse a la lotería de los penales.

A pesar de este contratiempo, la tanda empezó bien y después de 3 cobros, el Real Santander fue infalible mientras que su rival falló en una ocasión. En el cuarto tiro, Heber Rentería del Quindío le pegó muy por debajo al balón y lo mandó por encima del arco. De esta forma, los santandereanos gozaban de una doble oportunidad para ganar y fue cuando los ojos se posaron sobre el siguiente pateador: Daniel Mantilla.

El camino al punto penalti fue interminable, incontables recuerdos pasaron por su mente. Como esa vez que visitaron Valledupar y el estadio no podía ser utilizado, por lo que el partido se jugó en un diamante de beisbol. En ese momento no hubo oportunidad de reclamar y la Dimayor dio el visto bueno para que el Erasmo Camacho fuera testigo de un encuentro de fútbol profesional.

Fue una experiencia molesta, el montículo desde donde suele lanzar el pitcher no fue retirado por lo que el balón se elevó cada vez que por ahí cruzó, la mayoría del terreno era tierra con unos pocos parches de pasto, sin contar el fuerte calor que azotaba la capital del Cesar en horas de la tarde. El empate de aquel día fue solo un dato, un número aislado ante el hecho de que el juego se desenvolvió en circunstancias totalmente extrañas.

Mantilla recibió el balón con las manos y lo acomodó en el punto. Sabía que su desempeño había sido notable durante los 180 minutos de la serie y que la mejor forma de culminar su trabajo era anotando la pena máxima del triunfo. Retrocedió para tomar impulso, sin haber decidido si quería colocar el balón a un lado o seguir los cánones del fútbol, que dictaban que lo mejor era patear fuerte para asegurar.

Otra vez su memoria hizo un flashback a todas esas veces que tuvo que jugar en un estadio casi vacío. Una realidad que agobia a la vasta mayoría de equipos del torneo de la B, pero en especial al Real Santander que, desde su creación, hace diez años, ha tenido que lidiar con el favoritismo que despiertan en los santandereanos el Atlético Bucaramanga y Alianza Petrolera, ambos en primera división.

Tuvo presente la imagen de la silletería del Álvaro Gómez Hurtado. Tan solo un centenar de personas viendo el partido hacía que se escucharan con facilidad los gritos del cuerpo técnico y los demás jugadores. Había pocas camisetas de su equipo en la tribuna, casi todas le pertenecían a familiares de los futbolistas, entre los que sobresalía su papá, Juan Carlos Mantilla. Él ha sido su motor, su apoyo, quien fomentó su talento y le permitió que alternara sus estudios de bachillerato con los exigentes horarios de entrenamiento. También es su fan número 1: asiste a cada uno de los partidos, sin importar en dónde se juegue, bien sea de local o visitante.

Él estuvo ahí el día en que marcó su primer gol como profesional. Fue en febrero de 2015, cuando visitaron a Llaneros en Villavicencio. Ese día, en un contragolpe, Daniel sentenció el 2 a 1 final. En una genialidad, marcó el tanto de la victoria. No sabía cómo celebrar, se arrodilló, gritó, dio gracias al cielo y, como era de esperarse, buscó a su padre para dedicarle el gol. Lo señaló, indicándole que esa primera diana era de ambos, tan suya como de él.

El árbitro pitó su silbato para autorizar el penalti. Mantilla inició su carrera para impactar el balón. Quería ir a la segura y tratar de dar un remate certero que dejara sin posibilidad al arquero rival. Ese gol valdría mucho, sería la forma de compensar la vez que viajaron más de 20 horas en bus para jugar contra Universitario de Popayán. Haría olvidar que llegaron con las piernas tensas, dolor de cabeza, apenas con los ánimos para dormir sin tener tiempo de preparar el partido de forma óptima.

Atrás quedarían las temporadas en que ocupaban los últimos puestos de la tabla. Lejos se irían los comentarios de los detractores quienes afirmaban, como si fueran propietarios de la verdad absoluta, que apostar por las divisiones inferiores e invertir en la cantera no era un método viable para obtener buenos resultados. Desaparecerían anécdotas de momentos desagradables, de las penurias que suelen vivir los equipos chicos de la B.

El mediocampista apoyó su pie izquierdo en la grama y con el derecho pateó. No pudo tener adecuado equilibrio y, contra todo pronóstico, la pelota se fue por arriba del palo. Nadie lo podía creer, no concebían que el jugador más prometedor del elenco había fallado. Él, devoto también en la adversidad, se persignó y caminó hacia el centro del campo en donde lo esperaba su equipo.

Mina, quien había anotado el gol en tiempo de descuento para el Quindío, no falló el penalti. Las fuerzas de Mantilla y sus compañeros se depositaron automáticamente en Lemus. Daniel se imaginó el balón cruzando la línea y todo lo que eso conllevaría: la posibilidad del ascenso, de materializar tantos sueños y expectativas. El fondo común, creado por iniciativa de los jugadores y financiado por ellos mismos, a través del cual apadrinan a muchachos de las categorías menores, podría ser ampliado y, de esta forma, contribuiría a que más jóvenes pudieran llegar a ser profesionales. A su vez, mejorarían los mercados y ayudas que regalan en sus visitas a hogares geriátricos y otras fundaciones. Pero todo eso dependía de lo que hiciera Lemus, la fe del joven club de Floridablanca se congregaba alrededor del pie izquierdo del volante de creación.

A pesar del gran gesto técnico con el que pateó, el balón picó en el palo y se fue afuera. La pesadilla parecía no querer acabarse y los días del Real Santander en la B se seguían prolongando.

Los hinchas del Quindío estallaron en júbilo, acababan de presenciar un milagro y su equipo ahora tenía altas probabilidades de avanzar a la final. Los jóvenes santandereanos estaban inmersos en la tristeza, creían que no podrían sobreponerse. Pero se equivocaban.

Mantilla, al igual que sus compañeros, habían recibido ayuda psicológica. Tenían presente los conceptos impartidos por el psicólogo del plantel, Marlon Siza. Su respeto por una idea de juego les había ayudado enormemente a acrecentar la fortaleza mental. La semifinal seguía viva, los penaltis errados ya habían sido superados y estaban convencidos de poder ganar.

Inició la ronda de muerte con el sexto penal. No había margen de error. Ambos conjuntos eran conscientes de eso. Era el turno del Quindío. Le correspondía al ariete cartagenero, Exneyder Guerrero, cobrar. Con poca carrera y de forma rápida disparó a la derecha de Julián Ledesma. El cancerbero, oriundo de Santander Quilichao, se vistió de héroe y voló para detener el tiro.

En el centro de la cancha y en el banco de suplentes desbordó la alegría, tenían otra vez la oportunidad de marcar y dar el salto más importante en la historia del club. Mantilla, sintiéndose orgullo de su compañero en el arco, sonrió, miró al cielo y dio gracias. Rezó y pidió ayuda, quería que Yahir Ruiz no se sintiera solo y le comunicó su apoyo, mientras este se dirigía al arco norte del estadio.

Lo que sucedió después fue muy rápido, para Daniel se resume en alegría, llanto y gratitud. Se desplomó en el césped y de sus ojos salieron lágrimas, lágrimas de satisfacción y rabia, lágrimas que simbolizan todo el sacrificio, lágrimas que tenían una historia, lágrimas de un crack de 20 años que perseguía un sueño, lágrimas de un crack que el 12 de junio tendrá la oportunidad de pasar a la historia y ganar el torneo de ascenso de Colombia.

Lunes 17 de octubre de 2016

Camino a casa, ya un poco más calmado y con la cabeza fría, Daniel reflexiona, él más que nadie sabe que la vida da revanchas…
*Nota: La final entre Real Santander y Chicó por un cupo en la primera categoría del fútbol colombiano tiene lugar este lunes a las 7:00 p.m.

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