Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1990/08/06 00:00

SE ACABARON LOS GOLES

Con el promedio más bajo de anotaciones en la historia, Italia-90 poco aportó al futbol mundial.

SE ACABARON LOS GOLES

Es una sensación rara. Parece como si el protagonista no hubiera estado en escena. Ese es el sabor que le dejó a millones de espectadores alrededor del mundo la Copa Mundo Italia-90 que acaba de terminar. Un mundial al que le faltó, como viene ocurriendo cada vez más en este deporte, el ingrediente principal: el gol.
A pesar de que a partir de España- 82 la Federación Internacional de Fútbol Asociado -FIFA- aumentó a 24 el número de selecciones participantes y a 52 los partidos de los mundiales, el número de goles ha seguido descendiendo. El promedio de goles en España-82 fue de 2.8 por partido, en México-86 bajó a 2.53 y ahora, en Italia, ha alcanzado el nivel más bajo de la historia con un pobre 2.28 (sin contar los dos partidos finales).

Para los analistas deportivos no era difícil prever esta situación. Con el paso de los años, el fútbol se ha convertido en todo un producto de laboratorio y los alquimistas, los técnicos, han cobrado una importancia que nunca antes tuvieron. La explicación no es muy complicada. En torno al fútbol se mueve hoy en día todo un engranaje comercial, e industrial, que lo ha convertido, antes que nada, en un gran negocio. Llegar a la fase final de este mundial le implicó a cada uno de los 24 equipos, o más bien a las federaciones nacionales de esos países, la no despreciable suma de 400 mil dólares por partido jugado -unos 200 millones de pesos colombianos- sin contar los contratos publicitarios de todo tipo que firman jugadores y técnicos cuando logran sobresalir.

Con tanto dinero en juego, el aspecto deportivo dejó de ser una cuestión exclusiva de orgullo y de espíritu de competencia para convertirse en un asunto económico.

Pero hay más. Los directores técnicos son ahora verdaderos estrategas cuya misión es la de no dejar nada al azar. Como si se tratara de una guerra, su trabajo consiste en parar a sus soldados de la mejor forma para que eviten el avance del contrario. En realidad, el fútbol siempre ha sido así. Lo que pasa es que ya se ha llegado muy lejos. En su afán para que el rival no logre anotar, los estrategas les asignan a sus jugadores misiones específicas dentro de la cancha que les impiden disponer de toda su imaginación y habilidad, con contadas excepciones como la de Maradona, uno de los pocos que tiene carta blanca para desplegar su genialidad. Por eso, cada vez más, los jugadores se alejan del futbolista tradicional para acercarse al atleta de alto rendimiento, al robot que cumple las labores para las que se le programa pero que no tiene capacidad creadora, que no puede improvisar porque corre el riesgo de afectar todo el esquema.

Esta tendencia se disparó a partir del mundial México-70, que para la mayoría de los aficionados sigue siendo el mejor de todos cuantos se han jugado. En esa ocasión, la selección Brasil se llevó la copa Jules Rimet con un conjunto de estrellas que sólo pensaban en atacar. Es más, tanto su línea defensiva como su arquero dejaban mucho que desear, pero sus atacantes -con "Pelé" a la cabeza- anotaban más goles que los que recibían. Fue el mundial de los delanteros, de los goleadores, el último campeonato en el que las selecciones creyeron en el principio ofensivo para ganar los partidos y no en el defensivo para no perderlos, como ocurre en la actualidad.

Y son precisamente esos esquemas defensivos los que han acabado en buena parte con otro de los ingredientes del espectáculo: la improvisación, las grandes fintas, las jugadas para recrear. Para muchos, lo que ha ocurrido es que ahora hay que mirar el fútbol con otros ojos. Ante la desaparición de las grandes jugadas individuales y el advenimiento de los esquemas rígidos, lo que hay que apreciar en la actualidad es la manera como los técnicos paran a los equipos en la cancha, lo que se conoce en el lenguaje deportivo como la disposición táctica. Al jugador hay que juzgarlo con base en el beneficio que su actuación le reporte a un esquema global y no tanto en sus maniobras individuales. Una jugada aislada, por muy bella que sea, no tiene valor si va en contra de lo que el técnico ha planteado de antemano.

No hay reyes
Antes de que comenzara Italia-90, la pregunta que todo el mundo se hacía era si Maradona seguiría siendo el rey del fútbol o si encontraría su reemplazo. Hasta los partidos de semifinales, el argentino no había podido superar las duras marcaciones que lo asfixiaron y, fuera de dos o tres jugadas a lo largo del campeonato, no mostró la dimensión que alcanzó hace cuatro años en México.

Algo similar ocurrió con otros jugadores llamados a ser estrellas. Sin contar con Gullit, quien venía de una larga lesión que le mermó facultades, los "tulipanes" holandeses no lograron sobresalir. Marco van Basten, goleador del Milán y uno de los hombres más promocionados de los últimos tiempos, pasó sin pena ni gloria al no poder deshacerse de los dos y tres hombres que los contrarios le enviaron encima. Frank Rijkaard, también figura del Milán, no pudo desplegar su juego ofensivo por estar cumpliendo labores de marca. Por los lados de Bélgica, una de las selecciones que mejor fútbol mostró, Enzo Sciffo, su volante armador, fue uno de los que más relieve alcanzó en el campeonato, pero no el suficiente para llevarse la corona, lo mismo que su compañero Ceuleman. Austria tenía en sus filas a dos de los goleadores de la temporada europea, Polster y Rodax, y sin embargo no logró superar la primera ronda.

Como consecuencia inmediata de lo anterior, los goleadores no brillaron tampoco en esta ocasión. La marca del francés Just Fontaine, que en Suecia-58 anotó 13 goles y es el mejor artillero en la historia de los mundiales, parece que no será batida a corto plazo. En el torneo que acaba de terminar, el italiano Salvatore Schillaci se robó las miradas del mundo entero por su olfato goleador y apenas marcó cinco tantos, faltando el último partido. Más que sus goles, lo que cautivó de Schillaci fue su garra para pelear los balones en el área, lo que trajo a la memoria de los aficionados la imagen del último gran goleador, el alemán Gerard Muller quien consiguió 10 anotaciones en México-70. De ahí en adelante, son pocos los hombres que han marcado más de cinco goles en copas mundiales. "Toto" Schillaci está en ese grupo. Es un jugador sin grandes recursos pero con vocación atacante y, lo mismo que el alemán Jugen Klinsman, su virtud está más en la fuerza que en técnica.

Los sistemas defensivos, entonces, son los que están de moda. De ahí que en el mundial hayan sido pocos los partidos con más de dos goles. Para ilustrar lo anterior, basta con recordar que, a partir de los octavos de final, ocho partidos terminaron empatados en el tiempo reglamentario y en el de alargue, lo que obligó a la definición por tiros libres desde el punto de la pena máxima.

Nivel parejo
Otro argumento que podría explicar la falta de gol en el pasado mundial es el del nivel exhibido por las 24 selecciones. Con la excepción de Emiratos Arabes Unidos -que no tiene una liga profesional de fútbol- y de los Estados Unidos -nuevo en este deporte, aunque le complicó la vida a Italia y sólo perdió por un discreto 1-0-, el nivel fue bastante parejo. Tal vez porque ya no hay secretos, porque toda innovación que resulta de inmediato se conoce al otro lado del mundo, se ha hecho muy difícil sorprender.

Un equipo como el colombiano, para poner un ejemplo, que hacía 28 años no llegaba a un mundial, sorprendió por su esquema novedoso, por la técnica de sus jugadores y por no quedarse atrás de ninguno de los favoritos, en lo que a calidad se refiere. Otro caso por el estilo es el de Camerún, en el papel uno más dentro de la comparsa, que a base de disciplina y garra le amargó la vida al campeón mundial, Argentina, y sacó de carrera a Colombia.

Los únicos dos equipos que mostraron alguna superioridad clara sobre el resto de participantes fueron Alemania e Italia. Los primeros por conjugar en cantidades precisas el despligue físico propio de los europeos y algo de la picardía suramericana -especialmente en lo que tiene que ver con Matthaus y Littbarski-, y los segundos por un esquema moderno con jugadores todo terreno y con más delanteros que los que utilizaron otras selecciones.

Las sorpresas
Esperar sorpresas en el mundial era algo difícil. Estas aparecieron más por los que se quedaron en la primera ronda que por los que fueron palo. Para la mayoría, Holanda era candidato de primera línea para llegar a las finales, pero se quedó en la segunda ronda, al mismo nivel de selecciones como la de Costa Rica, y superado por Camerún. Irlanda del sur - Eire- que por primera vez llegaba a un mundial, superó la primera ronda sin perder con Inglaterra ni con Holanda.

Pero en lo que a sorpresas se refiere, tal vez la más grande haya sido la de Argentina. Tras un arranque flojo - perdió 0-1 con Camerún- clasificó en el grupo de los mejores terceros con un fútbol que no fue ni sombra del que mostró cuatro años atrás. Con un Maradona bien marcado y fuera de forma, fue pasando con lo justo las diferentes fases hasta lograr un cupo para la final. En este caso, toda la virtud recae en el técnico Carlos Salvador Bilardo que supo aprovechar a sus hombres para desbaratar los esquemas de los contrarios y evitar anotaciones, para luego jugar al contragolpe o, como pasó en varias oportunidades, llegar a la lotería de los tiros desde el punto de pena máxima.

Para la FIFA la ausencia del gol, la esencia de la fiesta, debe ser motivo de preocupación. Por ahora ha dictado algunas medidas a favor de los delanteros, como la que dice que ya no hay fuera de lugar cuando el atacante está en línea con los defensas y la que obliga a los árbitros a expulsar del campo a quien cometa faltas desde atrás a un jugador que está en posición de ataque. Pero no parece que tales enmiendas al reglamento vayan a ser suficientes. Se necesitan mayores incentivos para los equipos ofensivos. Por ejemplo, debería dársele tres puntos al ganador de un partido en lugar de los tradicionales dos, lo que sería una motivación para buscar el arco contrario.

Por el momento, quedan cuatro años para esperar nuevas evoluciones en el fútbol. La FIFA tiene fincadas sus esperanzas en lo que ocurra dentro de cuatro años en el mundial de los Estados Unidos, aunque para la gente común y corriente y para buena parte de la crónica deportiva, hacer una Copa Mundo en un país en el que el fútbol es todavía un deporte exótico - tanto que se le conoce con el nombre de soccer y a nivel de equipos profesionales no alcanza ninguna figuración-, no promete dar muchos beneficios. Pero como en la FIFA el criterio comercial está primando sobre el deportivo, al parecer lo del 94 dejará enormes dividendos económicos, sin importar que el aspecto deportivo lleve las de perder.

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