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| 3/25/1996 12:00:00 AM

SIN FUSTA NI ESPUELAS

TENIENDO EN CUENTA QUE LA HIPICA GENERARIA 60.000 EMPLEOS DIRECTOS, NADIE ENTIENDE POR QUE EN BOGOTA HAY TAN POCOS INTERESADOS EN VER RESURGIR ESTE ESPECTACULO.

Corría el año 1538 cuando don Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, decidió organizar la primera carrera de caballos en estas tierras. Algunos de los ejemplares debían ser herrados en oro, porque en ese entonces elhierro era escaso. Los jinetes españoles competían contra indios chibchas que corrían a pie. Eran épocas en las que los indígenas llamaban a los caballos "venados grandes". Esas primeras carreras fueron descritas por fray Pedro Simón en sus Noticias historiales de las conquistas de tierra firme, y por Juan de Castellanos en sus Elegías de varones ilustres.Desde ese entonces hasta hoy, las carreras de caballos han estado unidas a la historia de Colombia. Siguieron las competencias de finales del siglo XIX que se hacían por la carrera séptima, en ese entonces Calle de la Carrera, y Chapinero. Y a lo largo de este siglo cerca de 18 desaparecidos hipódromos (ver recuadro), se encargaron de transmitir la afición de generación en generación. En la actualidad, algunas personas en Colombia difícilmente pueden imaginarse la importancia de ese espectáculo, pues muchas consideran que las carreras de caballos son elitistas y burguesas. Pero la historia y la realidad han demostrado que no es así. Durante varias décadas las carreras fueron la actividad deportiva preferida de los colombianos. Fue tal su popularidad que en Bogotá, por ejemplo, entre los años 50 y 70 se registraban asistencias hasta de 30.000 personas por reunión. Cifra bastante significativa teniendo en cuenta que la ciudad tenía la cuarta parte de habitantes de los que tiene hoy. Haciendo un símil con el fútbol para entender la magnitud de lo que es la afición a las carreras de caballos en el país, cabe recordar que para el Premio Internacional del Caribe, equivalente a la Copa Libertadores en fútbol, que se celebró en 1984 en Panamá, viajaron desde Colombia dos aviones fletados con fanáticos de la hípica, mientras que sólo 35 hinchas del América acompañaron a su equipo a la Argentina en 1985 para verlo disputar la final de la Copa Libertadores. Para no ir muy lejos en este momento en Estados Unidos las carreras de caballos superan ampliamente en número de espectadores a los partidos de grandes ligas de béisbol, los de la NFL y los de la NBA.Más allá de la importancia como medio de recreación masiva, la hípica tiene una gran trascendencia económica. En Norteamérica es la tercera fuente de empleo y en países como Gran Bretaña, Argentina o Chile ocupa el segundo lugar en cuanto a generación de trabajo se refiere. En Francia, donde hay 265 hipódromos, es la industria económica en la que más personas laboran.La dura realidadEn Colombia parece que estas estadísticas no impresionaron a muchos y por eso las tardes hípicas vieron su fin. Los elevados impuestos que durante años asignaron los gobiernos a esta actividad, sumado al hecho de que gran parte de los hipódromos eran privados y sus dueños prefirieron ceder a los intereses urbanísticos que a los recreativos y comunitarios, fueron el certificado de defunción de esta importante actividad. Con el cierre del hipódromo de los Andes en 1987, la única luz de esperanza para los hípicos bogotanos se apagó. Las consecuencias no se hicieron esperar: 10.000 personas y 1.200 caballos pura sangre quedaron sin oficio. Cinco años más tarde el gobierno comprendió la importancia de la hípica y mediante la reforma tributaria de 1992 se cambiaron las reglas de juego con el fin de revivir esta actividad. Tal vez los puntos más importantes de ésta fueron la reducción de los gravámenes de juego de un 27 a un 2 por ciento, y la eliminación del IVA establecida para los caballos de carreras, lo que permitió la recuperación de la actividad de cría.En cuanto entraron en vigencia estas medidas comenzó a resucitar tímidamente la hípica en el país. Ese mismo año, el hipódromo de Villa de Leyva abrió sus puertas con gran éxito, y el 13 de enero de este año entró en funcionamiento el hipódromo de Los Comuneros en el municipio antioqueño de Guarne, donde más de 10.000 personas le dieron la bienvenida a la hípica en Antioquia después de 30 años.Lo increíble de todo lo anterior es que Bogotá, que es una de las pocas ciudades del mundo que, de acuerdo con sus dimensiones, no tiene hipódromo, posee todo lo necesario para devolverle a sus habitantes ese importante medio de recreación.La solución fue propuesta desde la administración de Jaime Castro y consistía en que el Distrito aprovechara los terrenos del parque la Florida, subutilizado desde hace tres décadas, y cediera el 20 por ciento de estas tierras para construir el hipódromo. Las condiciones no podían ser mejores. La empresa privada correría con todos los costos de la construcción y generaría cerca de 60.000 empleos directos en la industria hípica. Además, sería una importante fuente de ingresos para el erario público que recibiría los impuestos de las carreras y todo a cambio de que el Distrito permitiera emplear el lote. Inclusive, empresarios estadounidenses y argentinos han manifestado desde hace varios años su interés por invertir cerca de cinco millones de dólares en el hipódromo de Bogotá. Pero hasta hoy, al parecer estas condiciones no han importado y la propuesta navega a la deriva en un mar de papeles en la burocracia distrital.Resulta sorprendente que en esas circunstancias no se considere la construcción del hipódromo de Bogotá, desconociendo que sería un elemento principal para el desarrollo de la industria hípica, una inversión de gran rentabilidad para el Distrito y, sobre todo, un escenario de indiscutible interés público con grandes implicaciones económicas y sociales para la comunidad.
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