Martes, 2 de septiembre de 2014

SOMBRAS EN EL TENIS

| 1994/07/04 00:00

SOMBRAS EN EL TENIS

Con jugadores cada vez más jóvenes y malcriados, y un estilo de juego cada vez menos espectacular, el tenis mundial vive una dura crisis.

El DOMINGO PASADO TERMINO EL abierto francés Roland Garros. Y no precisamente con un balance favorable, pues la asistencia de público no fue la esperada y el 'rating' de las transmisiones de los partidos por televisión descendió de modo significativo. Pero aunque aún no se han consolidado las estadísticas de este torneo, las cifras de otros campeonatos anteriores hablan por sí solas. Según la revista Sports Illustrated, este año fueron 31.000 personas menos al Abierto de Australia. El rating de televisión del US Open de finales del año pasado había descendido en un 12 por ciento y el del Abierto de Alemania, en un 25 por ciento.
El asunto no es coyuntural. En Estados Unidos esta depresión tenística lleva más de una década. En los últimos 12 años, el número de practicantes de este deporte se redujo en más de 13 millones de personas. Las ventas de raquetas, que representan la mitad del mercado de los implementos del tenis, cayeron en un 22.6 por ciento en 1993. Y el mercado de los zapatos de la marca Nike -una de las más populares- sufrió una baja del 36 por ciento en sus ventas del año pasado.
No es fácil explicar lo sucedido, pues hasta hace muy pocos años el tenis vivía su era más dorada y ahora es calificado de aburrido. Uno de los aspectos más preocupantes es que en la actualidad no parece haber héroes invencibles, y, además, no juegan para la tribuna, como lo hacían en su época Jimmy Connors y John McEnroe. Ahora el estilo característico de los sardinos multimillonarios que están en los primeros lugares es frío y calculador, lo que hace que el tiempo efectivo de juego sea mínimo. De hecho, según la revista The Economist, en la grama rápida de Wimbledon la pelota sólo está en juego durante tres minutos cada hora; en la cancha dura del US Open, nueve, y en la arcilla lenta de Francia, 13. Entonces es explicable que algunos encuentros despierten más de un bostezo. La ex número uno femenina Chris Evert lo dijo de manera bastante cruda hace pocos días en una entrevista para la televisión francesa: "Creo que los tenistas de hoy deberían examinar sus conciencias. Es bueno que los jugadores hagan sentir al público parte del 'show' y que intenten hacer grandes jugadas. De lo contrario cada día los aficionados se aburrirán más".
Los directivos del tenis están preocupados. Revistas como Sports Illustrated (hace tres semanas) y programas como Nightline, de Ted Kopel (la semana pasada), hablan de la muerte del tenis. Por ello las directivas de la ATP y la WTA están discutiendo posibles soluciones. Algunos dirigentes han llegado a afirmar que es necesario cambiar algunas reglas para volver este deporte más emocionante.
Pero quizás estén buscando el ahogado río arriba. Lo cierto es que desde mediados de la década pasada el tenis comenzó a convertirse más en un negocio que en un deporte. Según la revista Tennis, este año los jugadores masculinos de la ATP están compitiendo por 58.6 millones de dólares en premios, y las mujeres, de la Women Tennis Association (WTA), por 35 millones. La otrora niña mimada del tenis, la estadounidense Jennifer Capriati, llegó a ganar 4.5 millones de dólares en un solo año cuando cumplió 13 de edad. Pete Sampras acaba de firmar un contrato publicitario con Nike por 18 millones de dólares.
El dinero no es malo por sí solo: al fin y al cabo las grandes cifras pueden leerse justamente como síntomas de que esta actividad goza de buena salud. El problema es que todos esos millones ya no parecen el resultado del buen tenis, sino su único objetivo.
Como consecuencia de este proceso los tenistas actúan cada vez más como estrellas de cine y cada vez menos como deportistas puros. Su antipatía y desgano llega a tales extremos que en el abierto de Alemania del año pasado, en los intermedios de cada set del partido entre el ucraniano Andrei Medvedev y el estadounidense Jim Courier, éste sacaba de su maletín la novela Quizás la luna, de Armistead Maupins, y comenzaba a leer, con gran desprecio por su oponente y por el público. Pero aparte de la antipatía que muestran en las canchas, los tenistas no hacen sino quejarse de lo mal atendidos que están. Pese a que torneos como el Lipton gastan más de 10 millones de dólares para pagarle a cada deportista su hospedaje, darle carro y además asignarle un escolta que lo acompañe a todas partes, las jóvenes estrellas de la raqueta nunca están satisfechas.
Como si fuera poco, sus patrocinadores también se quejan. Norman Salik, vicepresidente de Bausch & Lomb, la marca que fabrica las gafas Ray-Ban y que patrocina seis torneos en el año le dijo a Sports Illustrated que la mayoría de los tenistas nunca asistían a los cocteles promocionales y que constantemente estaban incumpliendo los contratos. Esta y otras firmas patrocinadoras están replanteando sus inversiones publicitarias en el tenis y no descartan la posibilidad de seguir el camino que abrió la industria de alimentos Kraft, cuando dejó de patrocinar a la WTA el año pasado porque se convenció de que invertir en tenis ya no servía para vender uno solo de sus productos.
Aquí se cierra el círculo: si las cosas siguen como van, el exceso de plata que parece afectar a los tenistas se va a convertir en escasez. Si los patrocinadores siguen perdiendo interés, el público continúa reduciéndose y los ratings de las transmisionen baja, no hay duda de que a la crisis deportiva se le va a sumar una crisis económica, tanto a nivel de los tenistas como de las dos asociaciones que los agrupan, la ATP y la WTP, cuyas finanzas dependen de patrocinios y derechos de televisión. El pánico ha comenzado a cundir y ojalá con él vengan las soluciones.-

ADIOS GRAN SLAM
CON LA DERROTA DE Pete Sampras y de Steffi Graff la semana pasada en el Abierto de Francia se confirma una vez más que en la cancha de polvo de ladrillo de París siempre caen los grandes. En la primera ronda habían perdido Martina Navratilova y Stefan Edberg. Después cayó el número dos del mundo, el alemán Michael Stich. Y al mismo tiempo salía derrotada la argentina Gabriela Sabatini.
Y es que el polvo de ladrillo es de los pisos más complicados para desarrollar el tenis moderno. En la arcilla la pelota es bastante lenta, lo que hace que los jugadores que triunfan en las canchas rápidas de Wimbledon, Australia y US Open no puedan practicar su juego veloz con base en un fuerte servicio y una gran volea. De hecho, en el polvo de ladrillo de París la bola está en juego efectivo cuatro veces más de lo que lo está en la grama de Wimbledon. Para ganar en Francia se necesita tener un juego fundamentado en el dominio de la pelota desde el fondo de la cancha utilizando el top-spin de la misma forma como lo hacía el sueco Bjorn Borg, quien con esta fórmula se impuso siete veces en París.
Esto precisamente es lo que no tiene Pete Sampras. Por eso el optimismo de muchos de que Sampras igualara la hazaña de ganar consecutivamente cuatro torneos de Gran Slam, como lo hizo el autraliano Rod Laver en 1962 y en 1969, no era más que guiado por las emociones. Falta todavía mucho tiempo para que vuelva a verse un tenista tan completo que pueda ganar una tras otra las competiciones de Australia, de Francia, el Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos.-

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