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| 9/18/1995 12:00:00 AM

TOCO MADERA

Varios destacados tenistas, en busca de mejorar el espectáculo en este deporte, se asocian para pedir a gritos el regreso de la raqueta de madera.

UNO DE LOS FENOMENOS QUE SE han presentado durante los últimos 10 años en el tenis profesional es el aumento de los espectadores que se sientan a ver los partidos de la categoría femenina: Para nadie es un secreto que en la actualidad mucha gente prefiere observar una final entre las mujeres mejor escalafonadas en el ranking de la Women Tennis Asociation -WTA- que entre dos de los cinco primeros jugadores del mundo. Pasadas ya varias semanas de Wimbledon, los aficionados guardan con más fijeza en su memoria el partido de Steffi Graf contra Arantxa Sánchez que el de Pete Sampras contra Boris Becker.
La gran pregunta es ¿por qué? La respuesta según los entendidos es muy simple: en el tenis femenino las bolas son más largas y resultan más variadas a los ojos del público. Hay más globos, más drop shots, más subidas a la malla y menos servicios ganadores. La inteligencia tiene más tiempo de actuar. En comparación con ello, el tenis masculino se ha convertido en un juego en el que la fuerza y el estado físico priman sobre todos los demás factores. El peloteo se ha reducido. Es frecuente que alguien convierta un as a la hora de servir. Se lanza la bola al aire, se le da un martillazo, y ya está. O no hay respuesta, o la devolución es tan débil que le permite al que sirve ganar el punto enseguida. Por eso algunos jugadores de nivel medio pero con un servicio extrarrápido, como Goran Ivanisevic, pueden llegar con facilidad a las semifinales de un torneo de la talla de Wimbledon.
El tenis masculino ha perdido su encanto. Pero ello se va a quedar así, a pesar de que un sector de los dirigentes de este deporte, llamado revisionista, ha planteado sin éxito varias alternativas como alargar la cancha, incrementar el peso de la bola y suprimir el primer servicio. Sin embargo, todo parece indicar que la última sugerencia para devolverle la gracia al tenis consiste nada menos que en suprimir la raqueta actual, con sus grafitos y sus fibras de vidrio, e imponer nuevamente la raqueta de madera con todo y su tamaño original.
Para el escritor de Estados Unidos Marshall Fisher, quien apoya a los revisionistas, "esta raqueta logra que el jugador sienta mejor el golpe en los músculos, que aumente la variedad en las jugadas como en los buenos tiempos de Rod Laver y que cuando uno vaya a hacer una volea en la malla, la haga de verdad y con precisión, y no como hoy, esgrimiendo al frente la enorme raqueta al mejor estilo de un guerrero de la Edad Media".
Pero entre quienes le han pedido a la Federación Internacional de Tenis el retorno a la madera no se cuentan sólo dirigentes e intelectuales. también algunos jugadores como Bud Collins y como la legendaria Martina Navratilova, quien tiene en su haber, si se consideran todas las categorías, 29 títulos en Wimbledon. No se descarta que esta petición sea secundada por otras estrellas del tenis como John McEnroe y el propio Bjorn Borg, quien se retiró en 1981 en la plenitud de su gloria sin haber renunciado a su raqueta Donnay de madera. Es más, 10 años después, cuando el sueco quiso regresar a las canchas en Montecarlo, perdió 6-26-3 frente a Jordi Arrese, un jugador sin ningun relieve, en gran parte solamente por no haber accedido a cambiar de raqueta. Esa derrota lo llevó a borrar su nombre del Abiérto Francés que se avecinaba y a abandonar calladamente el mundo del deporte blanco.
Con el ánimo de respaldar su solicitud frente a la Federación Internacional de Tenis, los revisionistas se han dedicado a organizar torneos. En Estados Unidos han institucionalizado tres. Uno en Maine, otro en el Wittham Racket Club de Boston, y el tercero en el Sesuit Tennis Center de Cape Cod en Massachusetts, donde la idea del tenis de los 60 en tan arraigada que se juega de blanco y hasta con bolas blancas. Son competencias que forman parte de una serie de eventos llamada The Woody Tennis Championships, donde lo in no es tener una raqueta de grafito sino una Wilson Chris Evert, una Dunlop Maxply o una Wilson Jack Kramer.
Pronosticar si el tenis regresará a la 'edad media' no resulta fácil, sobre todo cuando las empresas fabricantes de raquetas se oponen. No puede olvidarse que mientras una Dunlop Maxply valía 25 dólares en 1975, una buena raqueta de grafito u otro material valía más de 100 en 1980 y actualmente vale más de 130 dólares. Sin embargo nadie descarta que la moda cambie en poco tiempo tal como lo hizo en 1982, cuando la madera desapareció casi por completo del mercado. En ese año Mats Wilander ganó el Roland Garros con una raqueta de otro material, y Martina Navratilova consiguió el primer puesto en el mismo torneo con una Yonex R-7.
El proceso de cambio comenzó tan sólo 10 años antes con el estreno por parte de Jimmy Connors de la Wilson T2000, y tomó fuerza en 1976 cuando Howard Head, quien se había inventado el esquí de metal, abandonó la compañía que lleva su nombre y creó Prince. Bajo esa marca, Head produjo la Prince Classic, que por tener la cabeza más grande les gustó a las señoras de edad, y la Prince Pro que empezó a penetrar también el mercado masculino hasta los niveles conocidos.
Hoy, en la disputa entre la raqueta moderna y la de madera, la ventaja la tiene la primera. Pero los revisionistas van rumbo a la malla. De tener éxito su intento, en el tenis del futuro la inteligencia y la habilidad podrán romperle el servicio a la fuerza.
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