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| 7/11/2006 12:00:00 AM

Un delito de leso fútbol

Aunque usted no lo crea el mundo comienza a recuperar la respiración, la normalidad y su color habitual: ha terminado el Mundial de Fútbol Alemania 2006. Ese fenómeno turístico, multicultural, multiétnico y etílico que cada cuatro años nos hace provisionalmente olvidar los sinsabores cotidianos y pensar en cosas tan abstractas como la felicidad. En el mes que duran las justas experimentamos todas las sensaciones que nos acompañan en la vida: alegría, tristeza, depresión, llanto, resignación, nostalgia.

Del triunfador, Italia, envidiamos su suerte, su coraje, su resistencia, su talento para defenderse y el júbilo de su pueblo. ¿Quién no se contagia de la felicidad de un pueblo, por más lejano e ignorado que este sea? La alegría del ganador no se puede medir en palabras ordinarias y contrasta, en idénticas proporciones, con la enorme tristeza del vencido.

Las victorias pavimentan la autoestima de los pueblos; al seleccionado de un país, en muchas ocasiones, se le atribuyen virtudes de las que carece la propia sociedad de esa misma nacion. Muchas veces no nos sentimos identificados por el triunfo de un seleccionado en particular, pero sí con la alegría delirante de su gente.

El mundial es ya un recuerdo, un souvenir de ocasión, con la imagen de Fabio Cannavaro, acaso el mejor defensor del mundo, levantando la copa y extendiendo, como reguero de pólvora, los festejos en toda la bota de su mapa peninsular.
Ganó el fútbol resultadista, inexpresivo y amarrete de una Italia que juega con la calculadora en la mano. Pero no hay que llamarse a engaño: todos sabemos, desde siempre, la clase de fútbol que practica “la azurra” (y lo que se puede esperar de ella) que aun con un hombre de más, en el terreno de juego, le pone límites a la ambición. Nunca fue superior al equipo galo y sin embargo la gloria, el trofeo y la sonrisa de esta conquista orbital ya le pertenecen.

Italia se siente cómoda defendiendo, hace del forcejeo estratégico y el contraataque su medio de vida. Su comida diaria. Nadie ignora que el “catenaccio” es su sello de identidad. "Los cracks ganan partidos y las defensas campeonatos”, decía Victorio Pozzo, quien obtuvo el primer mundial para Italia en 1934. Con esas viejas artes es que Italia revalida los títulos que luce, como heridas de guerras, en el pecho de su brillante palmarés balompédico. Pone el corazón como bandera y el talento en las botas de sus players es una herramienta de uso reservado para sus grandes gestas deportivas. Y, en últimas, siempre habrá una tanda de penales esperándolo como una novia ardiente al final del día. Seguramente se podrá objetar sus métodos pero jamás su efectividad. Esa es Italia modelo 2006, el modelo de la eficacia.

Zinedine Zidane, Balón de Oro (decisión discutible que me recuerda que Adidas es el patrocinador) del certamen que acaba de finalizar, se cayó de la lista cuando el partido moría y dejó a Francia que hasta ese entonces había sido superior a su rival, desprotegida y sin ideas. Su torpeza fue lamentable, casi cobarde; como la de un general que abandona a sus hombres en el campo de batalla o indolente e irresponsable como la de un médico que abandona a su paciente en la sala de operaciones. Su expulsión, (le asestó un cabezazo infame al mastodonte de Materazzi) correctamente dictaminada por el ex–obrero metalúrgico, Horacio Elizondo, constituyó un fuerte cimbronazo al equipo francés y un acicate a las huestes italianas que creyeron ver en ese incidente una señal de la providencia.

De seguro hubiéramos deseado otro final para esta obra en la que “Zizou” fue el protagonista excluyente: él fue teatro, el telón, el autor y el espectáculo.

Este Mundial estuvo lejos de ser un buen torneo, aunque, hay que reconocer que cuando se fueron los teloneros y quedaron los últimos 16 seleccionados, la competencia tuvo otro vuelo: la incertidumbre y el dramatismo coparon la escena alemana.

Lamentablemente, para el espectáculo, el fútbol que exhibieron las selecciones favoritas no estuvo a la altura de sus pergaminos. Prevaleció la táctica, la estrategia, el miedo a perder y el aspecto físico por encima de las individualidades. Brasil fue el gran fiasco (todo lo que brilla no es oro), Alemania un formidable anfitrión y la Argentina dejó la sensación de ser, como equipo, un poco mas de lo que mostró. Suyos fueron, según la FIFA, los tres mejores goles de este mundial.

Seguramente, el torneo conseguido por el combinado de Italia cubrirá con un manto piadoso de generosas amnistías, los malos hábitos de sus dirigentes, sospechados de “arreglar partidos” en el calcio.

El campeón tiene antecedentes judiciales, pero el título conseguido es su mejor defensa.

¿Alguien tiene alguna duda?


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