Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/08/26 00:00

UNA AYUDITA EXTRA

Detrás de la pobre actuación de los ciclistas latinoamericanos de pista en las olimpíadas hay un detalle que, en parte, explica su fracaso.

UNA AYUDITA EXTRA

Aquella celebre sentencia de Nicolás Maquiavelo:"El fin justifica los medios", cobra vigencia en los grandes eventos deportivos del mundo. Y los Juegos Olímpicos de Atlanta no son la excepción. La mayoría de los atletas que están participando en el centenario de las olimpíadas buscaron durante los últimos cuatro años la mejor forma de aumentar su rendimiento para llegar a la gloria. Algunos entrenando durante horas todos los días, otros recurriendo al doping y un pequeño porcentaje mejorando sus herramientas deportivas. Este último caso es el de los ciclistas de pista. Obviamente, para los pedalistas su caballito de acero es el elemento que les permite competir para llegar al podio. Y aunque sería injusto desconocer que el mérito de las victorias es de quien mueve los pedales, tener una buena bicicleta es una ayuda extra que nunca está de sobra. Sin embargo, al igual que con los automóviles, no todos pueden tener el más caro y el mejor. Esto quedó en evidencia durante las diferentes pruebas de pista de la semana pasada. La mayoría de los ganadores fueron corredores de países desarrollados, como Andrea Collinelli, quien ganó el oro en la persecución de los cuatro kilómetros para Italia; el francés Florian Rosseau, medalla de oro en el kilómetro contrarreloj, o el estadounidense Erin Hartwell, quien se llevó la de plata en esta prueba. En contraste, hasta el cierre de esta edición, ningún latinoamericano se había acercado al podio en el ciclismo de pista. Tradicionalmente los europeos y los norteamericanos han sido los dominadores en estas pruebas, pero en Atlanta una serie de factores dejan un margen de duda que, para algunos, explicaría la mala actuación de los corredores del Tercer Mundo. El precio promedio de las bicicletas de los europeos y los norteamericanos está entre 15 y 20 millones de pesos, mientras que para los latinoamericanos representa entre uno y cuatro millones de pesos. Esta diferencia se explica porque mientras la mayoría de corredores tercermundistas compite en máquinas convencionales, sin grandes modificaciones, los ciclistas del Primer Mundo lo hacen en aparatos que tienen diseño exclusivo para cada país y, en algunos casos, como Estados Unidos, un grupo de ingenieros fabricó, durante los últimos cuatro años, a cada uno de los miembros del equipo su propia SB II o Superbicicleta Fase II para que, de acuerdo con las dimensiones de sus cuerpos, lograran un mayor rendimiento. Privilegios inalcanzables para el bolsillo de los latinoamericanos. Aunque en apariencia las 'bicis' son iguales, las del Tercer Mundo pesan en promedio 7,5 kilos mientras que las de sus rivales alcanzan tan sólo seis debido a los sofisticados diseños y a las aleaciones de materiales. Esta diferencia puede parecer insignificante, pero en la pista representa algunas centésimas de ventaja, y son precisamente esos trozos de segundo los que diferencian a los ganadores de los perdedores.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.