Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/09/13 00:22

De la paz de Lucho a la paz de Nairo

En 1987 el ciclista de Fusagasugá hizo un llamado a la paz y a la reconciliación que repitió el boyacense 29 años después.

Lucho Herrera se coronó campeón en 1987 y Nairo Quintana lo hizo 29 años después. Foto: Archivo particular y AFP

La pasión que Nairo Quintana ha despertado en todo Colombia, más aún tras su épico triunfo en la Vuelta a España, no es del todo novedosa. Algo muy similar había vivido el país hace 29 años, cuando otro pedalista nacional, Lucho Herrera, no solo se coronaba campeón de la ronda ibérica, sino que conmovió con las palabras que pronunció apenas se consagró en el Paseo de la Castellana de Madrid.

Son muchas las cosas que los identifican. Lucho y Nairo no solo son expertos escaladores que emocionan trepando montañas en su bicicleta, también los une la sencillez y humildad propia de la gente del campo colombiano.

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Y si el 11 de septiembre del 2016 Nairo puso los pelos de punta a cientos de miles de colombianos que se arremolinaron en la plaza de la Cibeles, en Madrid, y arrancó las lágrimas de millones de paisanos cuando dijo “Colombia es paz, deporte y amor. Que el mundo lo sepa”, el 15 de mayo de 1987, Lucho Herrera también puso a todo un país a llorar con sus sencillas pero emotivas palabras.

Antes de la última etapa, en la Vuelta a España de su consagración, Herrera había enviado varios mensajes al país:

“Si Dios quiere, esperemos hoy en Madrid España, mostrar al mundo entero, lo grande que es nuestra patria. Queremos ofrecer este esfuerzo para que a nuestro país llegue la paz que todos deseamos. Hoy más que nunca, qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano”, se leía en un mensaje que el diario El Tiempo publicó en su edición del viernes 15 de mayo del 87, en la página 3-B.

Pero fue cruzar la meta, coronarse campeón, para que el jardinerito de Fusagasugá siguiera conmoviendo. “Solo quiero que en Colombia haya paz”, tituló el diario El Espectador.

Aunque las nuevas generaciones están más acostumbradas a que los deportistas se pronuncien sobre los asuntos del país, en aquel entonces el mensaje de convivencia y reconciliación era exclusivo de los jerarcas de la Iglesia.

Que lo hiciera un humilde pedalista era algo extraño, casi exótico. No era un demagogo, ni un político, ni lo suyo eran los discursos, pero sus palabras, sencillas y espontáneas, calaron tan hondo en el pueblo colombiano que días después se volcó a las calles de Bogotá para recibirlo, y acompañarlo hasta la Casa de Nariño donde el presidente Virgilio Barco le impuso la Cruz de Boyacá.

“Para nuestros jóvenes compatriotas –y también muchos mayores de edad-, Lucho Herrera personifica un verdadero héroe. Y están dispuestos a seguir su ejemplo. Sus opiniones sobre la paz y la necesidad de combatir la droga y el alcohol, pueden causar un impacto impresionante. Nuestra juventud de todas las clases sociales necesita ejemplos y lecciones de personas que han superado las dificultades, para conseguir el éxito gracias al tesón y llevar una vida útil y ordenada, con arreglo a las normas de austeridad. Si a los jóvenes los deslumbran ciertos personajes funestos, que surgen al amparo del vicio, más puede hacer por ellos el mensaje del campeón”, se leía en las páginas editoriales de El Tiempo, en su edición del 17 de mayo del 87.

Y es que los días de las hazañas de Lucho Herrera quizás fueron más convulsos que las esperanzadoras jornadas que han acompañado a la carrera de Nairo Quintana.

Lucho había aparecido en el pelotón europeo tras la Toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla del M-19, y tras la avalancha de Armero, en noviembre de 1985. De hecho, en el Tour de Francia del 86, en la etapa del Alpe D’Huez, se descubrió una placa en memoria de las víctimas de la avalancha del volcán nevado del Ruiz.

El deseo de Lucho, de que Colombia alcanzara la paz, también coincidió con la primera gran frustración, el fallido proceso de paz del gobierno de Belisario Betancur. Y pocos se imaginarían que después de la consagración de Herrera en Madrid vendrían los años más dolorosos de la Nación: el nacoterrorismo de Pablo Escobar y el cartel de Medellín, el asesinato de tres candidatos presidenciales (Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro), el exterminio de la Unión Patriótica. Años de carros bombas, atentados, sangre, dolor y lágrimas.

Lucho abandonó el ciclismo profesional y el país seguía sumido en un conflicto armado. A pesar del exitoso proceso de paz con el M-19, las FARC aumentaron su poder, recrudecieron la guerra, y eran contrarrestadas por ejércitos paramilitares que se ensañaron con campesinos inocentes. Las palabras que Herrera pronunció en 1987 parecían sepultadas.

Nairo Quintana volvió a ilusionar a un país con las hazañas del ciclismo. Su aparición en el circuito europeo tuvo suceso en el 2012, cuando empezó a ganarse un sitio entre los mejores del pelotón. En ese momento el gobierno colombiano estaba a las puertas de iniciar un proceso de paz con la guerrilla de las FARC. Sus victorias han ido de la mano de los avances de la negociación, por lo que sus palabras más que ser un sincero anhelo, como en el caso de Lucho Herrera, podrían convertirse en una pronta realidad.

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