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| 8/31/2003 12:00:00 AM

Perder es cuestión de método

El domingo la selección colombiana de fútbol juega su primer partido para las eliminatorias para el mundial de Alemania 2006, nada menos que contra el campeón Brasil. Francisco Maturana, como cualquier técnico de selección, despierta tanto amores como odios. Juan Gonzalo Zapata y Alfonso Carvajal, le dan unos cuantos consejos al técnico chocoano que según estos dos aficionados <i>"ya no refleja lo que el pueblo quiere, ni lo que el fútbol de nuestros días exige"</i>.

Unos días antes del partido de vuelta contra Venezuela en la anterior eliminatoria al mundial, el profesor Maturana se refirió en términos muy duros contra el fútbol que jugaba la Colombia del Chiqui García. El posterior empate 2-2 precipitó la salida del técnico bogotano y se abrió paso la tercera fase de Maturana y otra vez reemplazando al desabrido Chiqui, tal y como sucedió años antes de la gloriosa eliminatoria del 5-0. Uno de los argumentos señalados reiteradamente por el filósofo de Quibdó era la falta de identidad futbolística y el abandono de un proceso que a pesar del fracaso de Francia 98 era reconocido en todo el mundo.

Tres años después las desteñidas críticas contra la actual selección Colombia son exactamente las mismas: se acabó la identidad y hay un patrón viejo y acartonado que poca asusta y por el contrario alienta mucho a los rivales a atacarnos. Los grandes ya no nos temen ni pizca y los chicos se arriesgan a ganarnos. Las dos últimas salidas de la selección dejan un amargo y repetido sabor en la boca, se ataca por necesidad y no por convicción; en el mejor de los casos con un solo delantero en la alineación inicial, fórmula reiterada hasta el cansancio. Delantero que prueba Maturana lo quema, y si funciona lo margina. ¿Cómo olvidar la última experiencia con Elson Becerra en la Copa de Oro? Lo sentó en el partido crucial contra Camerún porque los africanos eran muy grandotes, ¿y los franceses no lo son? El argumento lo sabemos de memoria: no se acopla al sistema. Ya ni las disculpas tienen variantes, el sistema perdió toda su credibilidad y creatividad. Y el hincha aguante de no reventar.

De otro lado, el 10 que utilizamos después de Valderrama, no importa su apellido, se volvió una aduana que lateraliza el juego, lo lentifica, lo apaga. Ya ni siquiera dormimos al contrario, nos dormimos a nosotros mismos. Valderrama fue excepcional y su estirpe es difícil de igualar, para no mencionar a Freddy Rincón. Entonces, por qué seguir amarrando a los jugadores a una abstracción, a una columna vertebral, que ya no existe.

El triunfo de la Copa América que todos celebramos y levantamos como un anhelado y esquivo motín, hay que mirarlo con lupa. Hay que recordar que de los cuatro más grandes equipos en la historia del campeonato en su orden: Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay, Colombia no jugó con ninguno de ellos. Se puede argüir que uno no escoge los rivales y que Argentina decidió no venir y que los centroamericanos eliminaron a equipos mixtos de Brasil y Uruguay. Pero la realidad es que sólo la final fue contra un equipo bravo, el azteca, y que nos desnudó la impotencia de marcar goles, que se convirtió posteriormente en una trágica realidad.

El campeón Colombia no ganó sus dos partidos siguientes en Bogotá, no metió gol y desde ese momento se cantó la eliminación. De ahí en adelante nadar contra la corriente y sufrir hasta salir por la puerta de atrás. El campeón de América no estuvo en el mundial.

La última elección de Maturana revela su poder y su intocabilidad. A pesar de los numerosos candidatos y ante la posibilidad de elegir al argentino Quintabani, un grupo muy importante de técnicos nacionales decide vetar de facto técnicos extranjeros y extiende su apoyo a Maturana. La elección es un hecho. El poder llega tan lejos que son muy pocos los técnicos nacionales o los periodistas que lo critican en público. Costumbre muy reiterada en otros países donde basta mencionar la pelea actual entre Hugo Sánchez y el actual técnico Lavolpe, la pelea entre los de Ferguson y los de Ericsson en Inglaterra y la cuerda floja donde siempre caminan los técnicos franceses a pesar de ganar un campeonato mundial, y las Copas de Europa y de Oro.

Bianchi nos dio la lección. Sacó a Boca campeón de América con un equipo modesto, pero con un sistema heterogéneo, variable según el contrincante, y una voluntad ganadora. Nosotros jugamos a lo mismo hace años, perdimos la sorpresa, y no ganamos nada porque carecemos de la firme voluntad de ganar algo. El proceso murió, ya tuvo su ciclo, ya logramos clasificar a tres mundiales y otras medallas más como el de darle altura internacional a nuestro fútbol. Muchas gracias Pacho. Hay que arriesgar a darle vuelta a la página de la historia.

Ahora, jugamos feo, se acabó el discurso del proceso. Siempre jugamos en preparación para algo: no para ganar ese algo. En últimas lo que está en cuestión es la continuidad del proceso. Hay que cambiarlo, darle otro giro, oxígeno, ante todo modernizarlo. Hay varias razones, la primera de ellas es el desconocimiento de lo que juegan los equipos colombianos. Caldas y Medellín, los dos últimos campeones, son equipos jóvenes, con un juego de gran ritmo, de gran media distancia y muy buenos visitantes. Pero además con gran innovación en lo táctico y con riesgo en sus propuestas. Caldas tiene grandes virtudes, un fuerte pressing sobre la defensa del rival y una gran media distancia y muchos delanteros y medios pisando el área rival. El Medellín es el más moderno, juega con línea flexible de tres en el fondo, carrileros, sin el armador de antaño y con medios ofensivos rápidos y de gol como Montoya, Molina y Moreno y con buenos lanzadores atrás. Estas dos tácticas se complementan y son una base posible para una selección.

Nosotros estamos en lo de antes. Línea de cuatro, un solo delantero, sin carrileros y con armadores que no son capaces de echarse el equipo encima. Sin embargo, el problema no es de jugadores, ni de goleadores, es un problema de un sistema que ya caducó. En último partido con Brasil de la Copa de Oro, se alinearon sólo volantes y así es muy difícil ganar. A Maturana no le gusta perder, pero pareciera que tampoco ganar.

Hace rato -excepción de la ya comentada Copa América- Maturana no gana. Salió mal del Valladolid, del Atlético de Madrid y de las selecciones de Ecuador, Perú y Costa Rica y otros equipos. No hay razones, fútbol o ideas que nos permitan ver el futuro con optimismo. Ya se vislumbra un futuro apretado; una Barranquilla sin el estadio lleno, con una alegría contenida, una defensa peleando con los dientes y todos rogando por el gol que no llega. Por fuera de la cancha el panorama no es el mejor. Hay que dejar el chauvinismo y reconocer que el técnico puede ser extranjero y los jugadores nacionalizados. Además reconocer que nuestro pasado reciente es sólo la rosca de Maturana con unos cortos intervalos del Chiqui García. Abramos los ojos: el mundo del fútbol es mucho más que eso. Maturana es nuestro Menotti, a éste en Argentina todos lo quieren, pero ni por cábala se les ocurre nombrarlo para la selección.

Si el fútbol es alegría y los equipos juegan cómo vive el país, la selección de Maturana ya no refleja lo que el pueblo quiere, ni lo que el fútbol de nuestros días exige.



* Economista

**Escritor y periodista
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