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| 7/10/2010 12:00:00 AM

¿Ad portas de la prosperidad?

Las cifras de crecimiento han puesto optimistas a muchos en Colombia. La pregunta es si el país está entrando en una nueva era de crecimiento sostenido o se trata apenas del inicio de una recuperación pasajera.

Algo está pasando con la economía de América Latina en general y con la de Colombia en particular. Mientras que en Europa y Estados Unidos discuten si están a punto de entrar en lo que los expertos han llamado "double-dip recession" (recesión de doble caída, una crisis en la que luego de una corta y aparente recuperación, el aparato productivo de nuevo se estanca), los países latinoamericanos están disparados.

Brasil creció al 9 por ciento entre enero y marzo de este año, Perú logró un impulso del 6 por ciento en ese mismo período y Chile, tras sufrir el más severo terremoto que haya vivido el planeta en este siglo, creció apenas 1 por ciento a marzo, pero en mayo ya había repuntado al 7 por ciento.

Colombia no se quedó atrás y creció al 4,4 por ciento durante el primer trimestre, cuando los pronósticos no iban más allá del 2,5 por ciento. La noticia ha entusiasmado hasta a los más escépticos. Por ejemplo, la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (Anif), que se ha caracterizado por su prudencia a la hora de hacer proyecciones y por calmar los ánimos cuando hay exceso de optimismo, cambió su pronóstico para este año sobre la economía colombiana, de 2,5 por ciento a 4,3 por ciento. La mayor parte de los analistas mantiene una posición prudente y sus proyecciones oficiales no van más allá de 4,5 por ciento, aunque extraoficialmente algunos ya hablan de que este año el país podría crecer al cinco, mientras que para 2011 se esperan tasas cercanas al seis.

El optimismo se está apoderando de los actores económicos, pues los indicadores se han mantenido favorables entre abril y julio. Los industriales están que no caben de la dicha. El presidente de la Andi, Luis Carlos Villegas, ha confirmado que su sector salió de dos años de estancamiento. Las cifras le dan la razón: en abril la industria creció a un más que saludable 7,6 por ciento.

Otros signos alentadores son que el consumo viene robusto -lo que significa que la recuperación no está relacionada únicamente con las ventas al exterior-, que las ventas del comercio minorista en abril crecieron al 7,9 por ciento y que las exportaciones están nuevamente disparadas no solo por cuenta de la minería y el petróleo. Y esto ha sido posible a pesar de que el comercio con Venezuela está reducido a su mínima expresión, pues a mayo las ventas al vecino país cayeron 71 por ciento.

La caída de las exportaciones a Venezuela, que era el segundo destino del comercio internacional colombiano, ha sido compensada con muchas exportaciones a países como China, donde las ventas colombianas crecieron 362 por ciento, y Brasil, donde aumentaron 91 por ciento.

Por estas razones, en el gobierno, aunque el tema se sigue manejando con mucha prudencia, existe la convicción de que le están dejando a la nueva administración una economía lista para dispararse.

La parte positiva del diagnóstico es muy clara. Primero, los colombianos están comprando más gracias a los bajos niveles de inflación de los últimos años y a las mejores perspectivas. Segundo, las empresas colombianas se modernizaron, son más productivas y esto les permitió adecuarse rápidamente a los cambios súbitos, como el cierre de las exportaciones a Venezuela. Tercero, el país se ha contagiado de lo que ocurre con sus buenos vecinos como Brasil, Chile y Perú, con los que las relaciones comerciales están marchando bien y en crecimiento, y, finalmente, los niveles de inversión -tanto pública como privada- siguen altos. Este es un terreno abonado para mayor crecimiento, sin lugar a dudas.

Hacer la tarea

Obviamente, también está el lado oscuro de la radiografía: un creciente y billonario déficit fiscal por cuenta del hueco en el sistema de salud, gastos de personal, pensiones y reparación de víctimas de la violencia y el desplazamiento; además, hay una tarea urgente que es alentar la redistribución del ingreso, pues a pesar de las buenas cifras, el elevado desempleo y la pobreza mantienen al 40 por ciento de los colombianos al margen de los nuevos estándares de consumo que han logrado otros segmentos de la población. Esos problemas son estructurales y no se van a paliar con medidas de choque temporal.

¿Qué es lo que se viene? Esta es la parte dura de la historia. El gobierno Uribe presentó el proyecto de regla fiscal que va a exigir un monto de ahorro al gobierno. El presidente electo Juan Manuel Santos tendrá que ratificar su compromiso con esta iniciativa que debe ser aprobada por el Congreso. La medida permitiría a la economía contar con un blindaje más sólido, pues se generarían ahorros muy importantes para enfrentar momentos de crisis, tal como acaba de ocurrir en Chile luego del terremoto: tenía ahorrados más de 10.000 millones de dólares de sus exportaciones de cobre, que hoy le sirven para apoyar la reconstrucción de las zonas afectadas e impulsar la actividad económica. La nueva administración también tiene que ratificar su compromiso para reformar el esquema de regalías, un proyecto de ley que Uribe dejará radicado. Estas decisiones empezarían a resolver el problema fiscal. Hay que ver el talante del Congreso que se posesiona este 20 de julio, pues en materia de ajuste el Legislativo no siempre le marcha al Ejecutivo.

Un aspecto positivo es que cada día parece más evidente que las calificadoras internacionales le van a dar nuevamente el grado de inversión a Colombia, que sería como volver por los buenos caminos y le permitiría al país endeudarse a menores costos. La semana pasada, Standard & Poor's dio el primer paso al cambiar la "perspectiva" de la deuda externa colombiana a positiva; no es un aumento en la calificación, pero sí el mensaje de que "algo está marchando bien con ese país".

También sorprendió el anuncio del presidente electo Santos durante su gira por Europa, de que Colombia aspira a pertenecer al exclusivo club de las economías desarrolladas, ingresando a la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (Oecd, por sus siglas en Inglés). Durante su periplo por el Viejo Continente, Santos consiguió el apoyo para este propósito de la canciller alemana, Angela Merkel, y del presidente francés, Nicolás Sarkozy.

La Oecd es un auditorio donde, sentados en una misma mesa, 31 países entre desarrollados y emergentes discuten los desafíos que enfrentan sus economías y la manera de superarlos. Chile acaba de convertirse en miembro de ese foro y fue el segundo país latinoamericano en lograrlo, después de México. Allí están también Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Suiza y Francia, entre otros.

No es un tema menor ni cosmético: a la Oecd solo se entra después de un proceso de seguimiento pormenorizado a la evolución de la economía y las políticas sociales y de la implementación de reformas estructurales en todos los frentes. A ese club no se llega para cumplir unas tareas, se llega después de haber cumplido unas tareas.

Además de adelantar unas reformas fiscales y macroeconómicas, lo que de verdad implica el acceso a la Oecd es un compromiso para consolidar la modernización de la economía. Esto significa reglas más estrictas para respetar el medio ambiente; políticas que fomenten los estatutos de buen gobierno y transparencia empresarial; mayor apertura económica con nuevos tratados de libre comercio; políticas de educación y desarrollo tecnológico sólidas y, sobre todo, estrategias sociales efectivas para mejorar las condiciones de vida de la población. Eso da idea de lo que podría venir para el país en los próximos años.

La cifra de crecimiento que registró Colombia en el primer trimestre y las otras cifras positivas que se han venido revelando entre abril y junio pueden confirmar que el país se ha transformado y posiblemente está entrando a una nueva fase de crecimiento importante que es necesario consolidar.
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