Jueves, 19 de enero de 2017

| 2007/10/06 00:00

¿Alimentos o gasolina?

Mientras Colombia se la juega por el etanol y el biodiesel, un reciente informe se pregunta sobre su viabilidad económica y el riesgo para la alimentación del planeta.

“No tocaremos un centímetro cuadrado de selva. No penetraremos la frontera agrícola colombiana. Usaremos una tierra que es prácticamente ineficiente”

Descubrir que la agricultura no sólo da alimento sino energía ha desatado una gran polémica en el mundo. De la noche a la mañana, a la tierra apta para producir comida le salió un fuerte competidor: los combustibles.

El debate por los efectos ambiental y alimenticio que traerá esta nueva producción de combustibles ecológicos está al rojo vivo. La discusión se ha planteado en los siguientes términos: mientras la población crece y las necesidades alimenticias aumentan, grandes extensiones agrícolas se dedican a la producción de materia prima para la elaboración de biocombustibles. La fiebre por este nuevo negocio amenaza con destruir bosques y selvas cuando la humanidad libra una batalla contra el calentamiento global.

Los argumentos que justifican la nueva industria señalan que aumentar el uso de los biocombustibles puede reducir la dependencia de combustibles no renovables como el petróleo y el gas, reducir las emisiones contaminantes y de efecto invernadero, mejorar el rendimiento de los vehículos y hasta beneficiar el desarrollo económico de las zonas rurales en el mundo entero.

El hecho es que la producción de biocombustibles (bioetanol y biodiesel) ya trazó una nueva división en el mundo, desde las órbitas económica, ambiental y política. Y ésta se ha reflejado también en América Latina: mientras los presidentes de Brasil y Colombia promueven las bondades de los biocombustibles, el de Venezuela garantiza la provisión de petróleo a Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador y se aparta de los primeros.

Brasil se ha convertido en el mayor productor y exportador de etanol a base de caña de azúcar, y su presidente, Luiz Inacio Lula da Silva, está aprovechando los precios récord del petróleo y la preocupación por el calentamiento del planeta para ofrecer los biocombustibles como una solución a ambos problemas. Venezuela, en cambio, es el exportador de petróleo más importante de América Latina.

El presidente Lula firmó recientemente en México proyectos conjuntos para producir etanol, y Colombia se presenta ante los inversionistas internacionales como el país con las mejores condiciones para la producción sostenible de biocombustibles.

¿Quién tiene la razón? Probablemente las dos corrientes: quienes temen por una escasez de alimentos y daños ambientales por la destrucción de selva y bosques, como también quienes aseguran que sí es posible producir biocombustibles sin destruir el entorno ecológico y sin atentar contra la provisión de comida para la humanidad.

La semana pasada el tema se calentó aun más, porque se conoció un informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (Ocde) (el club de los 30 países más ricos del mundo), según el cual los precios de los alimentos subirán entre 20 y 50 por ciento en la próxima década, como consecuencia de la utilización de cultivos como el maíz para producir etanol, industria en auge en muchos países, pero principalmente en Estados Unidos.

El frenesí de este negocio es cada vez mayor. En Argentina, mientras que las plantaciones para biocombustible dan beneficios cada seis meses, los pastos para criar las vacas los dan a varios años. Ello explica por qué muchos comenzaron a usar estos pastos para elaborar biocombustibles. Como resultado los precios de la carne se triplicaron allí.

En México sucedió lo mismo en el primer semestre de este año con el precio de la tortilla de maíz (comida básica en ese país) pues Estados Unidos intensificó su compra del grano para producir biocombustibles. Este último país alcanzará este año 34,4 millones de hectáreas en maíz, una cifra récord en toda su historia y todo para proveer materia prima para las más de 100 plantas de etanol.

La preocupación por lo que suceda en el nivel de precios también es de los bancos centrales, que ven serias amenazas sobre la inflación en la mayoría de países.

Para el codirector del Banco de la República en Colombia Carlos Gustavo Cano, este efecto, sin embargo, podría no ser permanente, pues en el futuro la biotecnología se encargaría de equilibrar las cosas y se podría producir en el mismo suelo cultivos para alimentar la humanidad y para los combustibles.

Las asociaciones de etanol de Norteamérica y Europa acaban de protestar ante el informe crítico contra los biocarburantes que hizo la Ocde. Aducen que, entre otros beneficios, podrán lograr reducir el consumo de petróleo, cuyas principales áreas de producción están en el volátil Oriente medio y con precios controlados por un cartel institucional.

Oponerse a su desarrollo, dicen los productores de etanol, es dejar que el mundo siga dependiendo del petróleo para abastecer sus necesidades de combustible líquido. El precio mundial del petróleo ya está en 80 dólares el barril. Estimular el desarrollo de los combustibles ecológicos podría nivelar el terreno de juego y animar a los inversionistas a que financien un sector nuevo y en desarrollo.

Colombia ¿la excepción?

La semana pasada, mientras la prensa mundial se ocupaba de las críticas de la Ocde por los efectos de la producción de biocombustibles, Colombia promocionaba en Europa su potencial energético y mostraba sus mejores cartas a los inversionistas.

El ministro de Minas y Energía, Hernán Martínez, aseguró en Europa que Colombia es un ejemplo en materia de biocombustibles. "No queremos que nos confundan con otros casos".

¿Cuál es la diferencia? Parece evidente, según las cuentas del gobierno. Hay cerca de 42 millones de hectáreas que están en pastos y sólo hay 25 millones de cabezas de ganado. De esta área, 6,5 millones de hectáreas son aptas para cultivar materias primas para biocombustibles.

Se espera que los cultivos de palma de aceite para producir biodiesel se desarrollen a partir de las tierras disponibles que no han sido muy bien aprovechadas en términos de ganadería.

Una ventaja es que este territorio apto se extiende por todo el país: en Vichada, Norte de Santander, Cesar, La Guajira, Bolívar, el Bajo Cauca, el Urabá antioqueño, entre otros lugares

Dentro de las posibilidades para la producción de biocombustibles, Colombia se concentrará en áreas aptas para sembrar caña o palma de aceite, que se consideran los dos productos más eficientes en materia de producción energética.

"No tocaremos un centímetro cuadrado de selva. No penetraremos la frontera agrícola colombiana. Usaremos una tierra que es prácticamente ineficiente", asegura el ministro de Minas, Hernán Martínez.

Para el gobierno hay otro argumento de peso: los proyectos descritos permitirían generar hacia el año 2019 alrededor de 1.200.000 empleos directos e indirectos, lo que significaría que unos cinco millones de personas podrían vivir de este negocio en el futuro en las zonas rurales del país.

Ciertamente, las cuentas son alegres. En el campo hay unos 11 millones de colombianos, como quien dice la mitad del campo podría vivir de los biocombustibles. El gobierno le está apostando tanto a ese negocio, que cree que tendrá que llevar gente de las ciudades al campo nuevamente, porque no habría suficiente para estos cultivos. Incluso Ecopetrol se metió en el negocio: tiene un planta de biodiesel en el Magdalena Medio, en conjunto con unos palmeros.

Si la fiebre de los biocombustible se sigue tomando el mundo, Colombia tendrá un mercado inmenso para exportar. A Estados Unidos con el TLC estos productos entrarían con cero arancel desde el primer día. Hoy ingresan libremente, gracias al Atpdea. Europa se vislumbra como otro gran mercado, porque, como Estados Unidos, asumió un programa de reemplazo de fuentes de energía para los vehículos.

Mientras crece el debate por la utilización de la agricultura para elaborar combustibles, la apuesta del gobierno colombiano es atraer a grandes inversionistas para financiar proyectos de etanol y biodiesel. Además de tener suficiente tierra apta para sembrar materia prima para obtener biocombustibles, como caña de azúcar, palma de aceite, jatropha, remolacha y yuca, Colombia ya adecuó su marco legislativo y la estructura de precios y creó estímulos tributarios para desarrollar proyectos. Lo que falta, dice el ex ministro y codirector del Emisor Carlos Gustavo Cano, es una buena infraestructura para sacar el producto. Sin ello, duda que muchos se interesen.

Lo cierto es que Colombia podría producir 400.000 barriles diarios de gasolina biocombustible en 10 años, gracias a la llegada de inversionistas de Estados Unidos y Malasia (en investigaciones), al igual que inversionistas colombianos, que en el último año pasaron de cultivar 200.000 a 300.000 hectáreas por la mayor rentabilidad de la palma frente a otros cultivos tradicionales como el arroz.

Si bien los biocombustibles no resuelven el problema del petróleo en el corto plazo, podría ser un alivio o por lo menos reducir en parte el problema del autoabastecimiento energético de Colombia. Aunque es una apuesta arriesgada, como lo señala el reciente estudio sobre la viabilidad de ese negocio en el mundo, sin duda es una alternativa para el maltrecho campo colombiano e incluso podría ser una solución histórica. Y algo más: sería de las pocas veces que Colombia se habría subido a tiempo al tren del progreso.

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