Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/04/06 00:00

ALMA DE ACERO

Extraordinaria recuperación de Paz del Río atrae la atención de los inversionistas.

ALMA DE ACERO

Es como la historia del patito feo aplicada al mundo de los negocios. Hace apenas tres años había una compañía en Colombia que habia sido desahuciada por los inversionistas y que parecía estar irremediablemente encaminada a la quiebra. Hoy en día el resultado es bien diferente. La empresa se ha convertido en una de las preferidas del mercado y su horizonte está despejado.
El cisne es nada menos que Acerías Paz del Río, la siderúrgica construida en la década de los cincuenta con el aporte de miles de accionistas colombianos y que actualmente abastece cerca de una cuarta parte del mercado del acero en el país. Aunque son varias las compañías que han logrado dar la vuelta y entrar de lleno en la senda de la recuperación, el caso de Paz del Río es excepcional no sólo por los resultados financieros en sí, sino por el peso específico de la empresa dentro de la economía nacional.
Y es que el panorama es bien diferente ahora. En 1983 Paz del Río registró pérdidas por más de 2.300 millones de pesos y en 1984 el saldo en rojo volvió a superar la marca de los 2.000 millones, haciéndole pensar a mucha gente que la quiebra era inminente.
Los líos comenzaron desde que la siderúrgica se metió en dos grandes proyectos: la construcción de una fábrica de cemento que usaría como materia prima los desechos de la acería, y la ampliación y modernización de esta última. El costo total de la iniciativa ascendió a 136 millones de dólares, financiados en su mayoría por una serie de bancos extranjeros.
Las angustias empezaron muy pronto. Un derrumbe en la vía ferroviaria que conduce la materia prima de las minas a la planta, fue seguido por una huelga que duró cuarenta días y después por una falla técnica que obligó a la parálisis total de la producción. Como si lo anterior fuera poco, la producción mundial de acero entró en crisis y el precio del metal se redujo a la mitad en poco tiempo, con lo cual Paz del Río se vio presionada por la competencia. Pero todavía faltaban desgracias. En 1981 la economía colombiana entró en la recesión más fuerte de la segunda mitad del siglo y la demanda interna de acero se resintió. Esa situación fue nefasta para la otra inversión de Paz del Río, la fábrica de cemento, cuya entrada al mercado colombiano coincidió con otros proyectos similares, frente a una demanda insuficiente.
Con esa cadena de desgracias el saldo en rojo era inevitable. La empresa tuvo que salir a vender acero por debajo del costo de producción para generar recursos internos y ganar participación en el mercado. No obstante, la situación llegó a estar tan dura que en un momento dado no hubo con qué pagar los salarios y demás gastos de operación de la compañía.
Afortunadamente para Paz del Río, la estrategia de ventas masivas, unida a una agresiva política de reducción de costos, impuesta por su presidente, Jaime García Parra, dio resultado. En 1985 las pérdidas se redujeron hasta unos 600 millones de pesos y finalmente en 1986 el resultado fue positivo en más de mil millones. Las perspectivas para 1987 son todavía más alentadoras y los observadores confían en que al final de este ejercicio se enjuguen buena parte de las pérdidas acumuladas.
Semejante noticia tiene muy satisfechos a los miles de colombianos que son accionistas de la empresa. Como se recordará, Paz del Río fue construida gracias a la suscripción hecha en los años 50, por contribuyentes que podian pagar parte de su impuesto de renta mediante la adquisición de acciones de la siderúrgica. Se estima que un número cercano a los 500 mil colombianos llegó a tener títulos de Paz del Río.
Sin embargo, sólo hasta este año la acción de Paz del Río dejó de mirarse como uno de esos "huesos" que había por ahí distribuidos. En comparación con un precio cercano a los 4 pesos hace apenas un año largo, la acción de la siderurgica se cotiza hoy en Bolsa por encima de 33 pesos, siendo de los pocos papeles vigorosos dentro de un mercado ahora deprimido.
Esa noticia fue especialmente buena para los grandes accionistas de la empresa. Desde 1984 el puesto de privilegio le corresponde a Antonio Restrepo Barco, un millonario tolimense que recibió unos 15 millones de acciones de Paz del Río de manos de Guillermo Sefair, otro potentado que quebró y entregó a cambio los papeles de la siderúrgica. Aparte de lo que recibió de Sefair, Restrepo Barco se había encargado de comprar acciones por su cuenta y en 1985 poseía 16.7 millones de acciones a nombre de la Fundación Antonio Restrepo y otros 4.3 millones de acciones a título personal, cuantía que lo hacía el hombre fuerte en la junta de Paz del Río.
Pero la suerte no estuvo del todo con Restrepo Barco. A finales de octubre de 1985, pocos días antes de la tragedia del Palacio de Justicia, el millonario (quien según los que lo conocieron era una especie de Navarro moderno) fue víctima de un intento de atraco en cercanías de la iglesia de La Porciúncula, al norte de Bogotá. Como consecuencia del ataque, Restrepo quedó en estado comatoso -en el cual se encuentra todavía- y la administración de las acciones quedó en el limbo por un buen tiempo. La incógnita se solucionó parcialmente en la asamblea de marzo de 1986 cuando se vio que el representante de las acciones de la Fundación Restrepo era la Fundación para la Educación Superior, FES -por decisión del gobierno- y el de Antonio Restrepo Barco, su señora. La cosa probablemente habría parado ahí, si a comienzos de este año no se hubiera producido una millonaria negociación de acciones de Paz del Río. Para asombro de muchos, las acciones de Antonio Restrepo fueron vendidas (4.3 millones a 28.70 pesos cada una), al igual que 3.6 millones de derechos para suscribir acciones de la siderurgica, a (18.70 pesos cada uno) segun una emisión autorizada por la junta directiva el 15 de enero.
La venta fue definitiva para demostrar que hay inversionistas interesados en Paz del Río. Aparte del error mismo de la negociación de las acciones de Restrepo (mal contados, acciones y derechos valen ahora unos 40 millones de pesos más que hace un mes), esta demostró que Paz del Río está a las puertas de un cambio importante en sus accionistas. A pesar de que la FES conserva y suscribió las nuevas acciones correspondientes a la participación de la Fundación Antonio Restrepo, se rumora que el Sindicato Antioqueño, liderado por Suramericana de Seguros, es el nuevo dueño de algo más del 4% de Paz del Río.
Esa proporción puede cambiar todavía más en los próximos días. Paz del Río tiene 200 millones de acciones en circulación, de los cuales un 10% corresponde a gente que nunca reclamó sus títulos y cuya representación en la asamblea le corresponde al gobierno nacional. Adicionalmente, se estima que hay un 25% (40 millones de acciones), correspondientes a la emisión hecha en enero, que no será suscrito cuando se venza el plazo para la suscripción, el próximo 15 de marzo.
Por lo tanto, la junta directiva de la empresa tiene ahora en sus manos la decisión sobre la colocación de ese remanente. Como es obvio si una persona o grupo lo adquiere, seria fácil convertirse en el socio mayoritario.
Sin embargo, parece que eso no va a ser tan sencillo. Por una parte, los estatutos obligan a que las acciones no colocadas en lo que se conoce como la primera vuelta, se le ofrezcan a los accionistas que suscribieron. Si estos no toman todas las acciones, la junta está en capacidad de decidir qué se hace con lo que sobre ahora. Por ahora, parece existir consenso en torno a que lo que quede se le ofrezca a los empleados de Paz del Río, quienes en 1985 adquirieron unos 18 millones de bonos convertibles en acciones de la siderúrgica. Ese ofrecimiento sería una manera de premiar la fidelidad de quienes creyeron en la empresa en épocas difíciles.
La confirmación sabre la manera en que se colocarán las acciones de Paz del Río debe tener lugar en menos de un mes. Allí se sabrá quién puede resultar ganador, aunque la idea que se tiene es buscar que el poder accionario quede repartido en el mayor numero de accionistas posibles, con el fin de evitar que el cisne llegue a perder sus plumas en una eventual pugna por su propiedad.

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