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| 2/20/1989 12:00:00 AM

¿Apague y vámonos?

Latinoamérica está prácticamente quebrada y no se ve ninguna solucion a la vista.

Un chiste que está circulando cuenta que los países de América Latina, ante su difícil situación económica, resolvieron enviar una carta conjunta al Fondo Monetario Internacional solicitando ayuda para la región. La respuesta del Fondo fue clara y lajante: "No. Apriétense los cinturones". A vuelta de correo, el Fondo recibió el siguiente telegrama firmado por los mismos países: "Favor enviar cinturones". El apunte ilustra la difícil situación de un área del mundo donde, de continuar las cosas como van, no habrá cinturón que valga.

Y es que la situación está muy grave. No más la semana pasada, las noticias provenientes del área parecían un rosario de dificultades. Para citar solamente algunos casos, en Brasil el presidente Sarney se vio en la obligación de decretar un nuevo timonazo económico para tratar de frenar la inflación que en 1988 se acercó al 1000%. En Argentina, la población sufrió prolongados cortes de luz y de agua, debido a la falta de presupuestos para arreglar las plantas. En Ecuador, terminó una Semana de disturbios contra las políticas de austeridad del recién estrenado presidente Borja. En Bolivia, los sindicatos volvieron a exigir correcciones en la política económica oficial y en Honduras hubo disturbios en protesta por las malas condiciones sociales. Venezuela, a su vez, inició conversaciones con la banca internacional para renegociar su deuda. Y en Perú, la situación es tan grave que incluso el vicepresidente Luis Alberto Sánchez, de visita en Bogotá, reconoció que hay cantidad de problemas y que muchos de ellos no se pueden solucionar por falta de dinero.

La década perdida
Todo esto sería relativamente manejable si estos países solamente estuvieran atravesando por un periodo de vacas flacas. Pero esto no es así: las vacas flacas parece que se quedaron en América Latina y, por lo que se puede ver, pocas probabilidades tienen de engordar.

Seis años y medio después de declarada la crisis mexicana, que fue el detonante de la crisis general, los problemas siguen tan agudos como siempre. O peor aún, Latinoamérica no solo no ha avanzado, sino que ha ido de para atrás, como el cangrejo. Según la CEPAL, "el producto por habitante en 1988 equivalió apenas al que se había obtenido ya en 1978 la inflación más que se duplicó alcanzando un promedio sin precedentes de 470% y las remuneraciones reales disminuyeron en la mayoría de los países. Para este organismo internacional, con lo sucedido el año pasado en la mayoría de países de la región se alejó aún más la huidiza meta de reiniciar un crecimiento económico sostenido y con estabilidad.

A la cabeza de todas las dificultades se encuentra el lío de la deuda externa, que alcanza hoy la suma de 401 mil millones de dólares, lo que significaría que cada latinoamericano debe cerca de 1.250 dólares. Aunque los expertos internacionales insisten en que se necesita obtener más dinero para que las economías regionales crezcan y así poder pagar la deuda, lo cierto es que los mercados financieros internacionales están prácticamente cerrados. De hecho, en 1988 el monto total de la deuda se redujo, pero no porque las cosas estuvieran mejor si no porque se empezaron a utilizar mecanismos como el de conversión de deuda externa por acciones de empresas nacionales, y otros esquemas de reducción.

La actitud de los bancos no es precisamente la más favorable, a pesar de que, aunque a trancones, América Latina ha pagado una considerable cantidad de dinero: 180 mil millones de dólares, desde el comienzo de la crisis. Esta cifra, equivalente a casi la mitad del saldo de la deuda externa, habría significado un importante desarrollo de la región si se hubiera invertido en ella. Tan solo los deudores más grandes, Brasil, México y Argentina, han logrado en contadas oportunidades imponer su voluntad y logra renegociar sus deudas en condiciones más o menos favorables. Sin embargo, y a pesar de los mejores términos conseguidos, muchos observadores estiman que el problema de fondo sigue siendo el mismo. En 1988, por ejemplo, el superávit del comercio de bienes para Latinoamérica llegó a 27.800 millones de dólares 6 mil millones más que el año anterior. Pero esa suma no alcanzo a compenzar los pagos netos de intereses y utilidades. Además las tasas de interés internacionales subieron y se llevaron buena parte de esa mejoría. Para colmo de males, la entrada de préstamos frescos se estanco, con lo cual fue imposible financiar nuevas importaciones de bienes de capital.

Semejante cuello de botella es el que explica por qué la producción de América Latina no crece. En Brasil por ejemplo, la producción del año pasado fue básicamente la misma que la del 87, con lo cual el producto por habitante disminuyo más de 2%. En México, el incremento de la economía fue de apenas 0.5%, lo que significó que el ingreso por habitante disminuyera por tercer año consecutivo. Algo similar sucedió en Argentina y en Uruguay. Y esos no fueron los casos más graves. En Perú, el producto interno cayó 7.5%; en Nicaragua, la baja fue del 9% y en Panamá, se llegó a una disminución récord del 25%.

Pero este es apenas uno de los eslabones de la cadena de los dolorosos. Otro es el repunte de la inflación, que parece haberse salido del definitivamente de madre. En 1988, por ejemplo, la mayoría de los países balieron récord en esta materia. Trece de las 22 naciones del área experimentaron un aumento significativo y en 7 de ellas el ritmo del proceso inflacionario se multiplicó más de dos veces. En esta materia, el dudoso primer lugar le volvió a corresponder a Nicaragua, donde la guerra y los errores de los sandinistas volvieron a hacer de las suyas. Tras de subir un 50% en 1984, el aumento en el costo de vida pasó a 330% en 1985, a 750% en el 86, a 1.300% en 1987 y a septiembre de 1988 ya iba en 7.800%. Parte de esta escalada se explica por una elevación continua y drástica del tipo de cambio oficial, que en el transcurso de 1988 aumentó más de 40.000%. Cifras como estas vuelven pálidas las del Perú (inflación cercana al 2.000%), Brasil (casi 1.000%) y Argentina (370%).

La disparada de los precios ha ocasionado una tremenda baja en los salarios reales. Un cáso típico es el de Perú, donde el índice de remuneración promedio, que en 1980 era 100, pasó a ser de 53 en 1988. En cuanto al salario mínimo, los siguientes ejemplos ilustran lo dramático de la situación: en Ecuador se redujo el índice de 100, en 1980, a 54 en 1988; en Brasil a 67, en Chile a 73 y en Venezuela a 76. Los únicos países en donde creció el salario mínimo real fueron Paraguay (34%), Costa Rica (16%) y Colombia (11%).

Colombia flota
Dentro de todo este desolador panorama económico, los que se salvan son muy pocos. Aparte de Cuba, que por razones excepcionales ha sido el país mejor librado de América Latina en lo que va de esta década, el único que flota es Colombia.

En efecto, mientras entre 1981 y 1988 el producto por habitante de América Latina (excluyendo a Cuba) cayó en 6.6%, el de Colombia aumentó en 11%. Esta circunstancia confirma que Colombia, a pesar de sus complejos problemas internos, es definitivamente una excepción en América Latina. Según los entendidos el país se ha beneficiado de una política económica que no ha variado en lo fundamental a través de las diferentes administraciones. Mientras que, por citar un caso, en Argentina se dan continuos bandazos que van del liberalismo económico al intervencionalismo de Estado, en Colombia se mantiene un sistema mixto en el cual el control de cambios ha jugado un rol muy importante.

Algunos ecépticos observan que el caso de Colombia es muy particular debido a que el país se ha beneficiado de los dineros, del narcotráfico que, según los cálculos más conservadores, ascienden a 800 millones de dólares anuales. No obstante, un informe reciente de la revista The Economist asegura que de los tres paises productores de droga --Perú, Bolivia y Colombia--, el impacto de los dineros derivados del narcotráfico es menor en Colombia que en los otros dos. La prestigiosa publicación británica estima que mientras en Bolivia los ingresos provenientes del tráfico de estupefacientes equivalen a más del 10% del producto interno, en Colombia ese porcentaje es de sólo 1.5%, lo cual implica, según la misma revista, que Colombia sería el único país de los tres mencionados cuya economía podría sobrevivir sin los dineros calientes.

Otro país que comienza a perfilarse como una excepción es Chile. En los últimós tres años ha habido indicadores de un sólido crecimiento. El éxito del modelo aplicado por los hombres del equipo económico del general Pinochet ha Sido tal, que en muchos países, incluido Colombia, se discute si valdría la ,pena seguirlo.

En 1988, la economía chilena creció en 6%, la inflación se redujo al 11% y las exportaciones aumentaron en 32%. Además, los chilenos se volvieron pioneros en la aplicación de planes de reducción de la deuda. Según la CEPAL, "en 1988, la conversión de endeudamiento externo en activos en pesos sobrepasó los 2 mil millones de dólares, con lo cual el total de las conversiones realizadas desde el inicio del programa en 1985, alcanzaron un monto estimado de 5.600 millones de dólares". Circunstancias como ésta llevan a los entendidos a afirmar que en lo que queda de esta década, la economía chilena se recuperara de un colapso como el que tuvo en 1982, cuando la producción global cayó en un 13%.


Arcas cerradas
Aparte de los casos de Colombia y Chile, no hay mucha esperanza sobre los demás. Los problemas de la semana pasada confirmaron la impresión de que 1989 tampoco va a ser el año de la solución de la crisis latinoamericana.

Para que esa solución se haga posible, se necesitaría algo así como un regalo del cielo. Eso es precisamente lo que los más optimistas esperan con la llegada de George Bush a la Casa Blanca. Pero más que en el presidente, las miradas están puestas en James Baker, el nuevo secretario de Estado, quien en 1985, como secretario del Tesoro, lanzó su famoso plan para solucionar la deuda de América Latina. Aunque la iniciativa fracasó, dejó al menos en claro que Baker tiene conciencia de las dimensiones del problema. Para éste, si el lío de la deuda no se soluciona, se pone en peligro no sólo la supervivencia económica, sino la suerte de la democracia en la región. Baker opina que es fundamental que se reinicie el flujo de préstamos hacia América Latina para reactivar el aparato productivo. Sólo así se puede asegurar que eventualmente la región cuente con el dinero suficiente para pagar sus deudas y obtener el crecimiento económico.

Todo eso suena fácil en el papel. Sin embargo, el problema al que se enfrenta Baker es el mismo que tuvo hace tres años cuando su plan original fracasó. Para conseguir una solución del problema de la deuda, se requiere la colaboración de los países industrializados y de la banca privada internacional. Lamentablemenle, eso no está sucediendo. Por ejemplo, el Congreso de los Estados Unidos, de mayoría demócrata, se opone a un aumento en las contribuciones al Banco Mundial, al Banco Interamericano de Desarrollo y al Fondo Monetario Internacional, tres organismos que son claves en cualquier esquema de manejo de la deuda.

Si en ese punto hay tropiezos, en el de los bancos comerciales las posibilidades son casi nulas. Pretender que los accionistas de esas instituciones acepten condonar deudas, reducir intereses o prestar más, raya en lo ingenuo. Si la banca privada va a soltar plata, no es precisamente para los países latinoamericanos. En los últimos meses, la idea de moda entre las instituciones financieras más pequeñas es la de salirse definitivameme de la región y colocar a Latinoamérica en la lista negra.

Con esa puerta cerrada, todavía hay quienes creen en la ventaja de "portarse mal", es decir, de decretar moratorias unilateralmente y hacerle mala cara a los bancos. Pero en este campo tampoco hay muchas esperanzas. El caso del Perú, que insistió en no pagar más del 10% de sus ingresos por exportaciones, es dramático. No sólo el gobierno de Alan García se enemistó con todos los organismos internacionales, sino que las reservas del país se esfumaron en cuestión de meses y no se pudieron hacer importaciones definitivas para conservar la salud de la economía.

En suma, el panorama es color de hormiga. Aparte de un puñado de países que se cuentan en los dedos de una mano, la inmensa mayoría de las 24 naciones de América Latina y el Caribe siguen hundidas en el barro. Por eso, lo más posible es que 1989 se caracterice por las mismas protestas y planes de emergencia de los últimos años. Nadie sabe hasta dónde pueda llegar la situación. Lo que sí es seguro, es que ya a la mayoría de los más de 300 millones de latinoamericanos no les queda un hueco más para apretarse el cinturón.--
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