Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1995/02/06 00:00

AY! COLOMBIA NO TE RAJES

La sombra de la crisis económica de México asusta a muchos en Colombia. Qué posibilidades hay de que el país viva un sacudón similar? El Gobierno opina.

AY! COLOMBIA NO TE RAJES

PARA QUIENES CREEN EN LOS PRESAGIOS, el primer temblor tuvo lugar en las entrañas de la tierra. A mediados de diciembre pasado un sismo de regular intensidad sacudió el territorio mexicano, produciendo más pánico que daños. Unos días después el volcán nevado de Popocatépetl, cercano a la capital azteca, comenzó a mostrar signos de reactivación y cerca de 50.000 personas tuvieron que ser evacuadas a sitios más seguros.
Pero la verdadera erupción había ocurrido en otro sitio el día 20 de diciembre, con una explosión tan grande que llenó de nerviosismo a los principales centros financieros del mundo. En esa fecha el entonces secretario de Hacienda de México, Jaime Serra Puche, anunció sorpresivamente que la cotización del peso iba a caer en cerca de 15 por ciento. Semejante aviso cayó como un baldado de agua fría en un mercado que había visto al mismo funcionario declarar tres días antes que no había nada que temer en ese frente.
A partir de ese momento la debacle fue total. Ya para el 23 de diciembre el gobierno mexicano había renunciado a la nueva tasa y decidió que fuera el mercado el que decidiera la suerte del peso. De tal manera que en apenas una semana éste pasó de una cotización de 3.45 por dólar a más de 5.60 el 28 de diciembre, con un incremento cercano al 62 por ciento. Semejante caída es aún más impresionante si se tiene en cuenta que entre diciembre de 1990 y mediados del mes pasado la devaluación de la moneda azteca había sido de 17 por ciento, equivalente a 50 centavos en cuatro años.
Todo lo anterior no habría causado mayor conmoción en Wall Street y en otros centros financieros mundiales si no se tratara de México. Pero, al fin de cuentas, el país en problemas es más que el simple vecino del sur de Estados Unidos. En el ámbito político es su principal fuente de inmigrantes ilegales en un momento en que la xenofobia parece hacer su agosto. En el económico, es la nación que en los últimos años ha recibido cerca de 75.000 millones de dólares colocados por diversos inversionirtas interesados en comprar empresas, crear industrias o adquirir papeles de deuda mexicana. Se estima, por ejemplo, que de los 200 mil millones de dólares que valen las empresas inscritas en la bolsa de valores de México, una tercera parte le pertenece a fondos internacionales. Aunque todavía son cifras preliminares, se dice que la crisis le costó en los primeros días cerca de 10.000 millones de dólares a los extranjeros que en una forma u otra le habían venido apostando a la suerte de la nación centroamericana.

GOLPE ANUNCIADO
Lo más irónico de todo es que lo ocurrido no debería haber sorprendido a nadie. Desde comienzos del año los signos de deterioro eran ya evidentes.
Pero el problema había empezado incluso desde antes. Haciendo un poco de historia, este capítulo comenzó a escribirse hacia 1987 cuando la economía mexicana registró una tasa de inflación récord de 159 por ciento en el año. En ese momento el gobierno de Miguel de la Madrid empezó a apretarle las tuercas a la economía con el fin de mejorar las finanzas del gobierno y empezar a sanear un poco la moneda. Ese primer paso fue seguido por Carlos Salinas de Gortari, quien llegó al poder un año después y se puso como objetivo combatir la inflación a toda costa. Gracias a sus grandes dotes de liderazgo, Salinas pudo comprometer a sindicatos, empresarios y gobierno en la firma de un pacto social con el objetivo de atenuar la espiral alcista. Dentro de los compromisos se incluyó el de tratar de mantener la tasa de cambio constante en cercanías de los tres pesos por dólar.
La estrategia dio frutos inmediatamente. En 1989 la inflación ya había bajado por debajo del 20 por ciento y para 1992 se ubicó en 12 por ciento. Un año más tarde la cifra fue de 8 por ciento y para 1994 alcanzó el 7 por ciento, un exito notable para un país que siete años atrás parecía irremediableanente perdido en la encrucijada de la hiperinflación.
Todo esto se logró con el tipo de cambio más o menos estable. En otras palabras, la inflación interna acumulada de los últimos cuatro años, cercana a 53 por ciento en ese período, no fue compensada por una devaluación equivalente. Como consecuencia, las exportaciones mexicanas empezaron a dejar de ser competitivas y ya para 1992 el saldo en rojo en el comercio exterior ascendía a casi 20.700 millones de dólares en el año. Esa situación, que mejoró un poco en 1993 y volvió a agravarse en 1994, no preocupaba al equipo económico de Salinas. A pesar de semejante desbalance, la verdad es que las cuentas se cuadraban gracias a los impresionantes flujos de capital que estaba recibiendo el país azteca, los cuales en 1993 superaron los 30.000 millones de dólares. En términos globales, la Cepal estima que 50 centavos de cada dólar de capital que recibió América Latina en esta década se quedaron en México.
La privatización de empresas, las fusiones, los nuevos proyectos, el boom empresarial mexicano, en fin, fueron financiados por dólares salidos de respetables entidades de Nueva York, Londres o Zurich. Para finales de 1993 la entrada de México al mundo desarrollado parecía cuestión de tiempo. La aprobación de su ingreso al exclusivo club del Tratado de Libre Comercio de América del Norte no hacía sino confirmar esa impresión.
Las cosas pintaban muy bien hasta que, hace un año, una de las zonas más pobres de México saltó a los titulares de la prensa mundial. Varios centenares de miembros del misterioso Ejército Zapatista de Liberación Nacional se encargaron de recordarle a sus 80 millones de compatriotas que en Chiapas el desarrollo tan mentado en otras partes, en aquel estado no se veía.
La crisis fue de tal magnitud que la inversión extranjera en México disminuyó su ritmo de entrada. Para suplir ese faltante, Salinas decidió fomentar el endeudamiento externo a corto plazo para financiar el déficit comercial. Su estrategia era dejar el mal recuerdo de Chiapas atrás para lograr restablecer al cabo de unos meses la inversión extranjera requerida y volver a cuadrar las cuentas, como en el pasado, sin necesidad de tocar la tasa de cambio.
Las cuentas, sin embargo, empezaron a no resultar. A los problemas de Chiapas le siguieron los asesinatos políticos que acabaron con la vida del candidato presidencial y del secretario general del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI). En el primer semestre de 1994 las reservas internacionales disminuyeron de manera acelerada, hasta caer en cerca de 10.000 millones de dólares. Como si eso fuera poco, las tasas de interés comenzaron a subir en Estados Unidos y los inversionistas redujeron su atención en los llamados mercados emergentes.
Para septiembre algunos de los miembros del gobierno diseñaron un plan para devaluar el peso en 20 por ciento y hacer un ajuste suave, pero fueron derrotados. Hoy las malas lenguas afirman que Salinas se opuso porque no quería afectar sus posibilidades de ser elegido como director de la nueva Organización Mundial del Comercio con sede en Ginebra, Suiza.

SIN REMEDIO
Sea como fuere, la verdad es que para mediados de diciembre las reservas ya estaban en 7.000 millones de dólares. Para colmo, Ernesto Zedillo no alcanzó a disfrutar de la luna de miel. El 8 de diciembre se reactivó la insurrección en Chiapas y los temores sobre la inestabilidad política volvieron a surgir.
La mezcla de un déficit comercial insostenible, de intereses al alza en Estados Unidos y de una situación política precaria produjeron un cocktail impasable, el cual terminó en la devaluación del peso.
Como si eso no fuera suficiente, el gobierno mexicano manejó la crisis de la peor manera posible. La falta de información, la desconfianza y las señales contradictorias ocasionaron un empeoramiento de la situación. Un viaje de Serra Puche a Nueva York, el 22 de diciembre para reunirse con los banqueros, acabó siendo contraproducente. Sus respuestas vagas no hicieron sino confundir a un auditorio descrito como hostil.
La bolsa, que ya había tenido un mal año, siguió bajando y contribuyendo a alimentar el nerviosismo.
Frente a esa debacle, Zedillo no tuvo más remedio que dejar rodar la cabeza de su secretario de Hacienda el 29 de diciembre. Así terminó la carrera política de Serra Puche, quien había negociado el Tratado de Libre Comercio y llegó a ser considerado como el más opcionado para llegar a la presidencia en el año 2000.
En su reemplazo fue nombrado Guillermo Ortiz, un economista de 46 años con amplios contactos en el mundo financiero y quien había sido subsecretario de Hacienda en la época de Salinas. Irónicamente fue él quien defendió la tesis de devaluar en septiembre, sin que su consejo se tomara en cuenta.
La designación de Ortiz generó algo de tranquilidad, pero no toda. La semana pasada los bancos internacionales escucharon con escepticismo un discurso de 25 minutos de Zedillo, en el cual el mandatario mexicano esbozó su plan para sacar a México de la crisis. Este consiste en reducir a la mitad el déficit comercial, impulsar un nuevo programa de privatizaciones, recortar el presupuesto y utilizar un paquete de 18.000 millones de dólares de ayuda ofrecido por los países desarrollados con el fin de atender el pago de obligaciones.
A cambio, se cree que el crecimiento económico no pasará del 1 por ciento, las tasas de interés se duplicarán, la inflación superará el 16 por ciento y los salarios reales caerán, pues en una revisión al pacto social se acordó mantener el incremento salarial en 7 por ciento para el año.
Tales son las cartas que se ha jugado Zedillo a un mes escaso de haber asumido la Presidencia. Como siempre, sus posibilidades son dos.
Por una parte, si logra evitar que la inflación se dispare, la economía mexicana puede acabar fortalecida. Una tasa de cambio real más alta permitiría mejorar la competitividad, aumentar las exportaciones, controlar la avalancha de importaciones y recuperar la confianza perdida.
En cambio, si las alzas se producen, se puede generar un círculo vicioso donde haya más inflación, más devaluación y mayor inestabilidad.
En materia internacional, la primera prueba de fuego que tiene México es seguir cumpliendo sus obligaciones financieras y, en particular, asegurar el pago de 180.000 millones de dólares en papeles de corto plazo, llamados Tesobonos, que se vencen a lo largo del año. La siguiente prueba es demostrar que, a pesar de este tropiezo, la economía azteca tiene con que salir adelante.
En ese sentido la visita que Guillermo Ortiz realizó a Nueva York y Washington a finales de la semana pasada empezó a rendir sus frutos. El clima de hostilidad fue reemplazado por uno de mayor seguridad. Tal como le dijo a SEMANA Juan Carlos García, de Salomon Brothers, uno de los asistentes al encuentro con Ortiz en el Hotel Pierre, "se sabe que hay una persona capaz al frente de la situación". Aunque todavía es necesario que pasen muchas semanas para que regrese la calma, hay por lo menos una esperanza.

QUIEN SIGUE
Las dudas, por ahora, han contagiado a las otras dos grandes economías del continente -Brasil y Argentina-, que utilizaron una estrategia similar a la de México para bajar la inflación y están experimentando problemas parecidos. El caso más angustioso es tal vez el de Argentina, en donde no sólo está en juego la estabilidad económica, sino la carrera por la Presidencia de la República frente a las elecciones de mayo. Carlos Menem debe su popularidad y sus posibilidades de reelección al éxito de su plan inflacionario y no está dispuesto a quemar sus naves cuatro meses antes de llegar a puerto. Brasil tiene a su favor un gobierno nuevo, un plan todavía fresco, un nivel de reservas internacionales alto y un saldo en negro en su balanza comercial, superior a los 11 mil millones de dólares en 1994. Ambos países, sin embargo, se han apresurado a tranquilizar a los inversionistas con el argumento de que sus respectivos casos difieren profundamente del de México.
Sin embargo, más allá de esta coyuntura, queda la duda sobre si esa estrategia de mantener la paridad del dólar es sostenible. Tal como le dijo a SEMANA el presidente Ernesto Samper, "lo que hay en el fondo es un enfrentamiento de dos esquemas". El de México, Brasil y Argentina se ha decidido por el tipo de cambio fijo, como ancla para bajar la inflación. El de Colombia y Chile, en cambio, permite un cambio flexible dentro de unos parámetros determinados (ver entrevista).
Esa es quizás la diferencia fundamental entre los casos colombiano y mexicano. Aunque es cierto que en la economía nacional también hay problemas de revaluación y de saldos en rojo crecientes en la balanza comercial, hay un compromiso explícito de mejorar el nivel de la tasa de cambio y de corregir los desequilibrios. Más aún, se cree que lo ocurrido en México, al desestimular los capitales especulativos, le hace más fácil a Colombia lograr sus metas económicas al comienzo de un año que se ve con mucho optimismo. Es incluso factible que se presente una pequeña devaluación nominal que le caería de perlas al gobierno y aliviaría la presión sobre el Banco de la República.
No obstante, lo sucedido deja varios elementos de reflexión. Uno de ellos es la necesidad que tiene la región y particularmente Colombia de aumentar su tasa de ahorro interno, la cual se ha venido deteriorando en lo corrido de la década. En la medida en que el ahorro interno se logre recuperar, será posible también dejar de depender en grado demasiado alto de fondos extranjeros cuya volatilidad siempre será posible.
De la misma manera, sirve para demostrar que los únicos capitales internacionales útiles son los de largo plazo. Depender de fuentes que hoy son abundantes y mañana no, no hace sino aumentar el riesgo de una destorcida.
Por otra parte, no deja de ser curioso el resurgimiento del Fondo Monetario Internacional como garante de la calidad de las políticas de los países. Tal como en los años de la deuda, el peregrinaje a Washington se va a convertir en obligatorio, por lo menos en el caso de México, Brasil y Argentina.
Quizás la gran inquietud que queda es la misma que se escucha en el resto de América Latina, la cual tiene que ver con el comportamiento de la inversión extranjera después de esta crisis. Buena parte de la modernización de la región depende de que el dinero para obras de infraestructura, para nuevas empresas o para financiar el desarrollo de las existentes se consiga afuera. A su favor, el continente tiene hoy una situación sustancialmente más sólida que la que tenía durante la crisis de la deuda de 1982. La apertura económica, las privatizaciones y el crecimiento del comercio exterior están ahí y demuestran que existe un enorme espacio para el progreso y el crecimiento. Sólo resta esperar que esos argumentos pesen más a los ojos del resto del mundo que el fuerte tropezón de México, para que así ni Colombia, ni Latinoamérica entera, tengan miedo de 'rajarse' en materia económica en los años que vienen.

GUILLERMO PERRY: "COLOMBIA NO TIENE RIESGOS"

Con el fin de comentar el caso mexicano, el Ministro de Hacienda Guillermo Perry le concedió a SEMANA la siguiente entrevista:

SEMANA: ¿Qué lecciones puede derivar Colombia de lo que pasó en México?

GUILLERMO PERRY: YO diría que dos lecciones básicas de política macroeconómica: primero el riesgo de utilizar la tasa de cambio como una variable para bajar la inflación y, en forma consecuente, el depender de manera excesiva de los flujos de capital a corto plazo para el equilibrio de la balanza de pagos; esas dos cosas van juntas, porque tanto en México como en Argentina el uso de la tasa de cambio para bajar la inflación creó una fuerte revaluación, la cual condujo a que se abriera un gran déficit comercial cuya única manera de financiación era con flujos de capital de corto plazo. A partir de Chiapas los inversionistas perdieron confianza en México y el flujo de capitales comenzó a disminuir sin que se lograra ajustar la economía. Pero la lección es que ese modelo es muy frágil y la percepción desde hace rato era que algo parecido a lo que sucedió se avecinaba. Otra lección importante para Colombia es que el modelo macroeconómico de Chile es mucho más sólido y nosotros estamos más cerca del modelo de Chile, aunque le hicimos algunos coqueteos en el pasado al modelo argentino-mexicano; creo que tenemos que hacer todos los esfuerzos para mantener bajo control los flujos de capital de corto plazo y evitar la revaluación. A quienes no estén convencidos de eso, la experiencia mexicana los debería convencer.

SEMANA: ¿Hay algún riesgo de que a Colombia le pase algo similar?

G.P.: NO, porque aunque en Colombia el peso se ha revaluado un poco más de lo que debería últimamente, no ha acumulado un nivel de deuda tan grande como el de México o Argentina. El período en el que seguimos ese modelo, que fue en el momento en el que abrimos fuertemente el endeudamiento externo, y que fue parte de lo que condujo a la caída de la tasa de cambio del 94, no duró demasiado tiempo: desde abril del año pasado, y sobre todo a partir de agosto, le pusimos restricciones a esas actividades de capital a corto plazo. NO estamos metidos en esa trampa.

SEMANA: Está el tema del déficit del sector público.. .

G.P.: Es más, va a estar ahí hasta incluso después de Cusiana. Ese es un problema estructural que hace que el financiamiento del sector central haya que efectuarlo con mucho cuidado. Lo que hay que hacer es captar la mayor parte de los excedentes que genera el resto del sector público, sin pasar por el mercado financiero interno para no perturbarlo, tal como lo hicimos en diciembre.

SEMANA: ¿Qué consecuencias cree usted que pueda tener lo sucedido en México en cuanto a América Latina?

G.P.: Depende de los países. Para Argentina ha sido un dolor de cabeza. Al día siguiente de la devaluación mexicana el índice de bolsa de Argentina se vino al suelo: son modelos muy parecidos con una fragilidad financiera intrínseca. Pero países como Chile o como Colombia, que han manejado con mayor cuidado su macroeconomía y que no han permitido un endeudamiento ni una dependencia tan grande de los flujos capitales de corto plazo, no van a tener ese problema. Inclusive el caso mexicano nos va a ayudar a manejar la política económica como queremos, porque se van a reducir los flujos de capital a corto plazo a América Latina; eso no es malo para nosotros en esta coyuntura; lo que sería malo es que la cosa de México fuera más allá de donde está y el inversionista extranjero a largo plazo se asustara con América Latina, pero no creo que eso suceda.

SEMANA: ¿Usted cree que Brasil va a ser el gran beneficiado de esto?

G.P.: Es posible que sí. Con Cardozo como presidente, después de la manera como manejó la economía, uno puede prever que ahora sí Brasil va hacia una apertura económica en forma decidida, gradual y clara; se van a modernizar, van a manejar la economía con cuidado; esta economía tiene, ahora sí, perspectivas de reencontrar su senda de crecimiento y estabilidad. Que eso se dé en el mismo momento en que se agrave la situación de fragilidad financiera en México lo va a beneficiar. Pero, en ese sentido, yo creo que también Chile y Colombia van a ser beneficiarios porque la gente va a distinguir todavía más claramente unas economías más sólidas otras, que estaban montadas sobre la buena suerte.

SEMANA: Usted fue particularmente optimista sobre la economía colombiana de 1995 a finales de diciembre. ¿Sigue siéndolo?

G.P.: Sí, sigo siéndolo y, a medida que vamos conociendo más los resultados del semestre pasado, cada vez hay mayor razón; desde el punto de vista del crecimiento económico no hay duda de que la dinámica de crecimiento acelerado que se preveía en el 93 y 94, en el año 95 va a seguir porque va a estar afianzada incluso por nuevos factores: la recuperación de la producción cafetera, el aumento de la producción de petróleo y carbón, y va a compensar la desaceleración que va a haber en otros sectores. Entonces esa situación macroeconómica, más el Pacto Social, prácticamente garantizan que vamos a estar en alrededor del 18 por ciento en materia de inflación. Yo creo que las perspectivas sí son muy favorables, y esa es una situación que todos los analistas independientes comparten.

SEMANA: ¿Cree que va a haber presión especulativa hacia la devaluación en estos días?

G.P.: Yo había dicho una y otra vez que a partir de enero se iba a afirmar la tasa de cambio y que iban a bajar las tasas de interés, y estaba seguro de eso por dos razones: primero, porque estacionalmente eso siempre tiende a suceder. Pero este año, sobre todo después del frenón para poner los medios de pago en su sitio, ya no es necesario seguir frenando, hay que mantener la velocidad que se tiene; eso facilita la recuperación de la tasa de cambio y la baja de las tasas de interés. Todo eso va a ayudar a bajar las tasas de interés y eso, a su vez, va a ayudar a afirmar tasa de cambio, de manera que por eso soy muy optimista de que este año vamos a lograr simultáneamente un crecimiento alto, bajar tasa de inflación y mantener el nivel de tasa real de cambio. Yo creo que las condiciones están dadas para que este año consigamos todos esos objetivos.

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