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| 6/12/2010 12:00:00 AM

¿Bonanza negra?

El país está a punto de romper todas sus marcas en materia petrolera. Muchos se preguntan qué va a pasar con el 'boom': adónde irán a parar las regalías y qué pasará con lo que los expertos llaman la 'enfermedad holandesa'.

Los habitantes del puerto de Coveñas se sorprendieron a finales del año pasado con la llegada del buque Front Crown, uno de los transportadores de petróleo más grandes del mundo, capaz de llevar dos millones de barriles de crudo. La embarcación llegaba por primera vez al país a cargar un millón de barriles para llevárselos a la firma india Relliance, producto de una venta de Ecopetrol. Esta clase de operaciones, por su magnitud, nunca se había realizado en Colombia; pero desde agosto del año pasado, la historia cambió y ahora es una operación habitual. La noticia ilustra cómo han cambiado las cosas en la industria petrolera colombiana, que ahora vive una nueva época de auge: la producción está disparada, el crudo a buen precio y la principal firma, Ecopetrol, conquistando mercados en el lejano oriente.

Todos los indicadores del sector son muy positivos. Colombia cerrará 2010 con una producción tope de casi 800.000 barriles diarios y se espera que antes de terminar 2011 llegue hasta un millón de barriles por día, según lo señaló el ministro de Minas, Hernán Martínez. Será el nivel más alto de producción de petróleo jamás visto en el país.

Hoy la industria petrolera representa casi el 40 por ciento del valor de las exportaciones colombianas, según las más recientes cifras del Dane. El año pasado, Colombia le vendió al mundo 10.268 millones de dólares en petróleo, y en el primer trimestre de este año ya va en 3.546 millones.

Y aún falta mucho por verse, pues la actividad exploratoria marcha a toda máquina y las expectativas por nuevos descubrimientos son altas. Como si esto fuera poco, el próximo 22 de junio tendrá lugar una nueva ola de adjudicación de contratos. La Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) y el Ministerio de Minas realizarán una ronda para adjudicar 225 bloques en todo el país. A la competencia asistirán 50 compañías de todas las tallas y de todos los países. Con este proceso se abre una nueva frontera de exploración y evaluación técnica en 47 millones de hectáreas, donde están incluidas inmensas zonas en San Andrés, La Guajira, el golfo del Urabá, Chocó, Valle, Cauca y el océano Pacífico.

Si se adjudica la mayor parte de los contratos, Colombia tendrá actividad con fines petroleros en prácticamente la mitad de su territorio. Es un hecho sin antecedentes.

Sin embargo, es necesario prender las alarmas por lo que este auge de producción y exploración implica para el país. Hay riesgos evidentes, y de no ser precavidos, los colombianos podrían convertir el sueño de un nuevo boom petrolero en una pesadilla.

Las preocupaciones surgen de dos temas: primero, el manejo de las multimillonarias regalías que va a generar la bonanza y, segundo, el riesgo de que se presente en el país lo que los economistas han llamado la 'enfermedad holandesa'.

En lo que se refiere a las regalías, es claro que el país no ha hecho bien la tarea. Durante este gobierno (2002-2009) han sido girados casi 29 billones de pesos por este concepto, la mayor parte apenas a ocho departamentos. Solo en 2009, las regalías llegaron a 5 billones de pesos.

Muchos de esos recursos han ido a parar a elefantes blancos como plazas de toros, estadios o piscinas con olas, inversiones suntuosas en regiones en las que los niveles de necesidades básicas insatisfechas son muy altos, como los llanos orientales y la costa. Por eso vale la pena preguntarse qué van a hacer los mandatarios locales cuando la producción haya crecido 30 por ciento, como se espera que ocurra en los próximos tres años, y a un precio relativamente alto y estén recibiendo muchas más regalías que hoy. El país no puede dejar que ese barco siga su marcha, pues la frustración puede resultar mucho más grande.

La salida, sin lugar a dudas, es una reforma de fondo a la Ley de Regalías. Durante este gobierno se hicieron por lo menos tres intentos, pero nunca prosperaron porque el Congreso no le cogió la cuerda al tema. Allí el reto es para el nuevo gobierno. De ser necesario, la nueva norma debería incluir criterios centralistas para la administración de los recursos, pues evidentemente muchas regiones han fracasado en llevarles prosperidad y desarrollo a sus habitantes.

La otra preocupación por esta bonanza petrolera es un extraño mal que aqueja a los países exitosos en exportar el crudo. Se llama la 'enfermedad holandesa'. Esta definición fue acuñada cuando, a mediados de los 70, los Países Bajos tuvieron un boom en la exportación de hidrocarburos. Esto hizo que los ingresos de esos países se dispararan, lo que terminó generando una revaluación del tipo de cambio. El resultado final fue un golpe a la competitividad de las otras industrias no petroleras. Lo que se ganó por las exportaciones de hidrocarburos se perdió por cuenta de la quiebra de muchas firmas que no pudieron sobrevivir y el consecuente incremento del desempleo y la pobreza.

Ese es el temor frente a lo que pueda pasar con Colombia. Actualmente, el mercado nacional tiene un exceso de divisas explicado por el boom de inversión extranjera y la recuperación de las exportaciones. Así que la amenaza no es un asunto de ficción sino un peligro inminente.

Esta semana el ministro de Comercio, Luis Guillermo Plata, señaló que el país podría llegar este año a 40.000 millones de dólares en exportaciones. Por otra parte, el flujo neto de inversión extranjera ha estado entre 7.000 y 8.000 millones de dólares por año, la mayor parte de este para el sector petrolero. Todo ello muestra una enorme confianza en la economía del país, pero también una realidad innegable: que van a seguir llegando dólares por montones, lo que significa una enorme posibilidad de revaluación del tipo de cambio y un golpe para las compañías exportadoras no petroleras. Todos estos son ingredientes naturales de la 'enfermedad holandesa'.

El remedio parece ser muy sencillo. Se trata de definir una 'regla fiscal', que no es otra cosa que imponerle al gobierno una cuota fija de ahorro cada año, mientras haya bonanza, para utilizar esos dineros en épocas de crisis. Así lo hicieron Noruega, que tiene su fondo de estabilización del petróleo, y Chile, con los ingresos por cobre; de hecho, ahora que se presentó el terremoto en territorio austral, buena parte de la recuperación y reconstrucción se financiará con los cerca de 25.000 millones de dólares que ahorró en los años de auge.

Pero el tema no ha sido de fácil resolución al interior del gobierno y sus técnicos. De hecho, hace 15 días se anunció una rueda de prensa para revelar el contenido de la nueva regla, pero el evento fue aplazado porque no hay consenso sobre cómo ponrla en marcha.

El asunto es que las cuentas no cuadran. Si bien la regla fiscal es necesaria por los billonarios ingresos que va a tener el país, la otra cara de la moneda es que el gobierno también va a seguir gastando mucho. Y allí es donde el círculo no cierra: ¿Cómo ahorrar recursos si lo que el país necesita es seguir gastando para modernizar su infraestructura, sostener una creciente nómina oficial, especialmente por el aumento en la fuerza militar, y cubrir los mayores gastos en seguridad social por pensiones y salud? Si no se toman otras medidas aumentando los ingresos o reduciendo los gastos, la regla fiscal podría terminar siendo un saludo a la bandera.

Es claro que el país hizo muy bien en impulsar el sector petrolero, y ahí tanto el ministro de Minas, Hernán Martínez, como su antecesor, Luis Ernesto Mejía, y el presidente de la ANH, Armando Zamora, se merecen todos los aplausos. Pero si no se toman las medidas para prevenir los riesgos, la suerte de Colombia podría complicarse.
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