Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/05/05 00:00

‘Bye, Bye, Wolfie’

Los días de Paul Wolfowitz como número uno del Banco Mundial están contados. Al escándalo por promover a su novia se suma ahora la posible salida de varios ejecutivos de la entidad.

‘Bye, Bye, Wolfie’

Hace mucho que la prensa mundial no estaba tan de acuerdo. Todos los periódicos y las revistas del planeta están pidiendo a gritos por estos días la dimisión del presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz. En coro, los editoriales de The Financial Times, The Economist, The Guardian, Le Figaro, entre otros, claman por la salida del funcionario conservador de 63 años. A ellos se suman las voces de protesta de organizaciones no gubernamentales como el Center for Global Development, los mítines de varias docenas de altos ejecutivos del Banco Mundial que amenazan con irse si Wolfowitz no se retira del cargo y la reciente aprobación del Parlamento Europeo de pedirle la renuncia. Los señalamientos van desde abuso de poder y nepotismo, hasta falta de credibilidad y de ética.

Desde cuando tomó las riendas del organismo multilateral, en marzo de 2005, las cosas han salido mal para Wolfowitz. Su nombramiento causó rechazo en todo el mundo, no sólo por tratarse de alguien sin antecedentes en el campo del desarrollo, sino por haber sido el arquitecto de la guerra de Irak. Él y Ronald Rumsfield fueron los encargados de diseñar la estrategia de lucha contra el terrorismo y la invasión injustificada a Irak durante el primer gobierno del presidente estadounidense George W. Bush, cuando los dos trabajaban para el Departamento de Defensa.

Al llegar al Banco Mundial, Wolfowitz la emprendió contra varios funcionarios de la entidad. A muchos les abrió investigaciones por mal desempeño y por corrupción, les intervino los teléfonos y también el correo electrónico. También la emprendió contra algunos gobiernos de países en vías de desarrollo. A estos los acusó de apropiarse indebidamente de recursos de proyectos y les cortó la ayuda del banco hasta que cambiaran de administración. Todo eso lo hizo como parte de su programa bandera de lucha contra la corrupción.

Pero como en casa de herrero, azadón de palo, Wolfowitz afronta ahora un escándalo por favoritismo. La razón: el desproporcionado aumento de sueldo que le concedió a su novia, Shaha Ali Riza, al poco tiempo de ser nombrado presidente de la institución. Saltándose todos los procedimientos exigidos por el Banco, Wolfowitz decidió promover a su novia al Departamento de Estado y subirle el sueldo en más de 60.000 dólares anuales, con cargo a la multilateral. Así, Shaha Ali Riza quedó ganándose 193.590 dólares al año, mucho más de lo que se gana su actual jefe en el Departamento de Estado, Condoleezza Rice.

El escándalo es tan grande, que Wolfowitz no ha tenido más remedio que reconocer públicamente su responsabilidad en los hechos. La semana pasada se manifestó "profundamente apenado por haber cometido un simple error de buena fe". Pero la verdad es que ese cuento de la buena fe nadie se lo cree. Ni siquiera el consejo ejecutivo de la entidad, que dirige el día a día de la institución, y que le abrió una investigación por el caso. Tampoco el comité de desarrollo, que representa a los 185 países miembros del banco y que censuró públicamente su conducta. Mucho menos se lo creen los funcionarios de la entidad, a quienes Wolfowitz acusó de corruptos y les hizo espionaje telefónico. Ahora son frecuentes los mítines de empleados pidiendo su salida y las cartas de altos ejecutivos advirtiendo que renunciarán si éste no se retira del cargo.

El único que apoya a Wolfowitz, doctor en ciencias políticas de la Universidad de Chicago, es el gobierno estadounidense. Tradicionalmente, éste designa al presidente del Banco Mundial en un 'pacto de caballeros' que tiene con los europeos al otorgarles a éstos la dirección del Fondo Monetario Internacional (FMI). Así, tanto la Casa Blanca como el Departamento del Tesoro norteamericano han manifestado que respaldan al hombre acusado de promover a su novia.

El problema es que a medida que Paul Wolfowitz se atornilla a su silla en el Banco Mundial, se reabre la polémica sobre si Estados Unidos debe continuar escogiendo el presidente del banco. La mayoría de economistas se oponen a ello. Argumentan la necesidad de diseñar un proceso de selección más transparente, que le dé legitimidad al cargo. Un proceso donde no importe la nacionalidad del aspirante, sino las credenciales y personalidad que tenga para asumir el puesto más importante de la banca multilateral. "Si Bush no actúa rápidamente para reemplazar a Wolfowitz con un candidato mucho más confiable -quizás uno que no sea estadounidense- Estados Unidos. corre el riesgo de perder cualquier vestigio de control sobre el cargo", dijo la semana pasada el ex economista jefe del FMI Ken Rogoff .

En el sonajero de aspirantes a reemplazar a Wolfowitz ya hay de todo: desde Stanley Fischer, ex economista jefe del Banco Mundial y actual director del Banco Central de Israel, hasta el ex presidente estadounidense Bill Clinton. También se habla del ministro inglés Tony Blair, quien está a punto de terminar su mandato, y de Ashraf Ghani, a quien se le atribuye la reforma de la economía afgana después de la invasión norteamericana a ese país.

Todo parece indicar que los días de 'Wolfie' -como le dice cariñosamente el presidente Bush al presidente del Banco Mundial están contados.

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