Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2001/01/01 00:00

Café sombrío

Durante una década los cafeteros capotearon las dificultades. Pero los problemas se acumularon y ahora les toca emprender soluciones de fondo.

Café sombrío

La semana pasada el café colombiano se vendió en el mercado internacional a su precio más bajo en siete años: 80 centavos la libra. Semejante precio, en el preciso momento en que la principal cosecha del año se está recogiendo y los cultivadores tienen poco café para vender, es poco menos que una tragedia. El precio interno también está por el suelo y los caficultores obtienen hoy los mismos 330.000 pesos por carga que recibían en 1997.

El bajo precio sería menos grave si la producción estuviera disparada. Pero, lejos de ser así, este año se recolectarán en el país poco más de 10 millones de sacos. Si bien este volumen representa una leve mejoría con respecto a 1999, está muy por debajo de los 14 millones de sacos que se producían a principios de los 90. Y aunque la Federación Nacional de Cafeteros asegura que esta caída es tan sólo temporal, hay quienes aseguran que será permanente ya que los caficultores están descapitalizados y no han vuelto a invertir en sus cultivos. Mientras esto se debate en Colombia el país ha perdido el segundo lugar que siempre ocupó como productor de café en el mundo, desplazado por Vietnam.



Sin pacto

Para entender las causas de esta crisis hay que remontarse a 1989, cuando se acabó un ‘pacto de caballeros’ que existía entre los países productores y consumidores con el fin de controlar los suministros y regular los precios. Bajo ese esquema Colombia tenía la garantía de recibir un precio ‘mínimo’ por el grano, que le bastaba para sostener una caficultura próspera y rentable. Así mismo le permitía financiar unas instituciones —como la Federación y el Fondo Nacional del Café (FNC)— que cumplían una función muy importante en el contexto de un comercio controlado.

Pero llegaron los tiempos de la globalización y la apertura. En todo el mundo —salvo en Colombia— se desmontaron las instituciones que regulaban el comercio de café y éste quedó sometido a las fuerzas del libre mercado internacional. Desde entonces a los consumidores les ha ido muy bien y a la mayoría de los cultivadores muy mal porque el precio internacional del grano no ha parado de desplomarse.

La causa principal de esta caída es que, mientras la producción mundial aumenta —especialmente en los países asiáticos—, el consumo ya no crece como antes. Se estima que el próximo año se van a producir 114 millones de sacos en el mundo, de los cuales van a ‘sobrar’ aproximadamente 22 millones. Y más allá de lo que ocurra el próximo año lo preocupante es la tendencia: el aumento de consumo mundial —cerca de 1 por ciento anual— no se compadece con el incremento de la oferta.

En Colombia este problema se agrava por el costo que tienen las instituciones cafeteras para los productores. Tradicionalmente el Fondo Nacional del Café —que es administrado por la Federación Nacional de Cafeteros— ha prestado todo tipo de servicios de apoyo a los productores y realizado importantes inversiones sociales. Pero estos programas, cuya calidad siempre ha sido reconocida, tienen un costo.

Hasta el año pasado, por cada libra de café exportado, 23 centavos de dólar se destinaban a pagar las inversiones del Fondo. En tiempos de bonanza los cafeteros pagaban de buen grado este ‘autoimpuesto’. Sin embargo hoy en día no se pueden dar ese lujo. Por eso, desde el año pasado, decidieron recortar los programas del Fondo y transferir ese ahorro directamente a los productores.

Pero los esfuerzos no han sido suficientes para equilibrar las finanzas. A los bajos precios externos se sumaron las desacertadas inversiones que el Fondo realizó en otras entidades. Por ejemplo, invirtió 800.000 millones en su intento por ‘salvar’ Bancafé, y a la postre los perdió cuando Fogafin tomó posesión el año pasado. En estas condiciones el Fondo tuvo un déficit de 160.000 millones de pesos en 1999 y para este año se espera sea de 100.000 millones. Si no se hacen recortes adicionales podría ser incluso superior durante el próximo año.



El debate

Detrás de esta última crisis está el hecho de que el mundo cafetero cambió y Colombia no se movió a la misma velocidad. La Federación, el Fondo y las regulaciones cafeteras funcionaban muy bien antes de la apertura. “Pero no se han adaptado a los tiempos que corren”, dice Gabriel Rosas Vega, presidente de Asoexport, el gremio que representa a los exportadores privados de café.

A diferencia de otros productos, que se pueden vender en el exterior sin mayores restricciones, los exportadores de café tienen que informar cuánto compran y venden, a cómo, cuándo y a quién. Muchos empresarios están en desacuerdo con estos controles y consideran que se deberían eliminar. Si se deja funcionar el libre mercado, argumentan, tendrán más flexibilidad y margen de maniobra para adaptarse a un mundo cambiante y competir con éxito en el exterior.

Pero no todos están de acuerdo. “El libre mercado dejaría indefensos a los productores, que son pequeños en su mayoría“, afirma Jorge Cárdenas Gutiérrez, presidente de la Federación Nacional de Cafeteros. “Además —añade— las instituciones cafeteras cumplen una función muy importante al controlar y garantizar la calidad del café que exporta Colombia”.

No obstante los directivos de la Federación reconocen la gravedad de la situación y la necesidad de los cambios. Por eso, además de adelgazar las inversiones del Fondo, han puesto en marcha un programa de reestructuración cafetera que busca, mediante diversas estrategias, incrementar la competitividad de los productores colombianos. Así mismo, en el congreso cafetero que se realizará la próxima semana, discutirán algunos cambios al sistema actual de comercialización que buscan hacerlo más flexible.

Estas medidas son necesarias pero los críticos de la Federación piensan que se necesitan transformaciones más radicales. Por eso, en la asamblea de Asoexport que se realizó hace dos semanas, los asistentes hablaron insistentemente de “reinventar” la caficultura y concebir el negocio de una forma enteramente nueva.

Una de las principales quejas de los exportadores privados es que la Federación sólo permite exportar variedades que estén por encima de cierto estándar de calidad cuando los consumidores de hoy están demandando de todo. Desde los cafés ‘de combate’ hasta los más finos y exclusivos. Por eso se debe adaptar la caficultura para que haya productores especializados en cada uno de estos nichos. “Para esto hay que dejar que el mercado funcione”, dice Rosas Vega.

Y es que, mientras Colombia se quedó promocionando el “mejor café del mundo”, otros países se dedicaron a producir variedades de menor calidad pero a un menor costo. De esta manera Brasil, por ejemplo, le ‘arrebató’ a Colombia una buena porción del mercado alemán.

Nadie sabe cuál va a ser el desenlace de la actual crisis. Hace seis meses Colombia promovió y firmó un acuerdo con los demás países productores para restringir voluntariamente la oferta y hacer subir el precio internacional. Aunque el precio sigue sin reaccionar Jorge Cárdenas confía en que esta medida traerá un alivio a pesar que él mismo reconoce que es un remedio de corto plazo. Los exportadores privados, en cambio, son escépticos y dicen que por ahí no se encontrará la solución ya que los países competidores no cumplen los acuerdos.

Las instituciones cafeteras se quedaron por fuera de la apertura y el revolcón. Desde esa época se ha discutido con insistencia la necesidad de reformarlas. A la fecha no se ha hecho nada en este sentido pero todo indica que llegó la hora de los cambios. Más allá del reconocimiento por la labor que realizaron en el pasado la Federación y el Fondo, y de la discusión sobre el papel que deben jugar hoy en día, lo cierto es que se les acabó la plata.

En otros tiempos el café en Colombia daba para todo. Generaba empleo, era una fuente de divisas y ayudaba a sostener al Estado. Pero ahora está de capa caída. Y en momentos en que las finanzas públicas están en una situación deplorable el abultado déficit del Fondo no se puede sostener. Por eso encontrar una solución de largo plazo a los problemas que afronta la caficultura se ha vuelto inaplazable.

De la voluntad de cambio que tengan los cafeteros y de su capacidad para encontrar salidas creativas dependerá que esta industria vuelva a brillar como en el pasado y tenga éxito frente a unos competidores cada vez más eficientes y unos consumidores cada vez más exigentes.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.