Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1986/12/29 00:00

CAMBIO DE LUCES

Un incidente de tránsito origina el asesinato de un joven en Medellín, y pone de nuevo de presente que en Colombia cualquier excusa parece buena para matar

CAMBIO DE LUCES

El muerto más lamentado de la semana pasada tenía 20 años de edad y nada que ver con el narcotráfico. Se llamaba Andrés Munera Gómez, era estudiante de administración de empresas en Medellín y fue víctima de la violencia por la violencia.

Los hechos ocurrieron el jueves 20 de noviembre en el barrio El Poblado y, quizás por la costumbre de las incontables muertes cotidianas, no fueron registrados por los periodicos de Medellin, que sólo incluyeron en sus ediciones numerosos avisos invitando al entierro. Y El Tiempo, en una nota de "Cosas del día", se limitó a lamentar el punto al cual ha llegado la violencia sin dar más detalles y a expresar su sentido pésame al padre del joven asesinado, Luis Ignacio Múnera Cambas, uno de los más poderosos dirigentes cafeteros de Antioquia y actual embajador de Fedecafé en España.

Pero los hechos, que hablan de una violencia sin razón y sin objetivos, de una agresividad sin límites y de una sociedad donde la vida está desvalorizada, no merecieron sino especulaciones callejeras y, al parecer, sólo amagos de investigación de las autoridades.

SEMANA conoció en Medellin dos versiones sobre el asesinato del joven, definido por sus compañeros de universidad como un ser "sensible, lleno de aspiraciones y jovial". Las dos coinciden en ubicar el episodio en una discusión entre conductores de vehículos y también las dos hablan de la sangre fría, prepotencia y desfachatez con que actuó el autor de la muerte.

La más prolija versión--y al parecer más verosímil--, cuenta que por la noche de ese día, en una de las transversales de ese sector de Medellín, cerca a la Iglesia de San Lucas, el carro en que viajaba Múnera con otros amigos se vio, de pronto, en la mitad de otros dos vehículos que marchaban a velocidades irreconciliables: el de adelante lento y el de atrás acelerado. Para aumentar su marcha o pedir vía, el carro de Múnera hizo las respectivas señales de cambio de luces, lo cual fastidió al conductor del parsimonioso vehículo que iba adelante y, de golpe, paró y se atravesó en el camino. Vinieron los previsibles alegatos, las agresiones verbales y el chofer del carro atravesado ("unfísico-culturista que, alparecer, es guardaespalda de un narcotraficante", dijo a esta revista una fuente) la emprendió a golpes contra Múnera y éste cayó al suelo. Estando ahí, indefenso, el agresor sacó un revólver y le disparó un tiro en el estómago.
De acuerdo con esta versión, a partir de ahí comenzó un drama demencial. El físico-culturista abordó su vehículo, con tranquilidad, mientras Múnera era recogido del suelo por sus compañeros. Decidieron entonces seguir el carro del agresor para tratar de detenerlo, tranquilizados y alentados por el herido, quien les dijo estar bien a pesar del disparo. Después de algunas vueltas por ese sector, y de que Múnera siguiera perdiendo sangre, el auto del agresor entró a una unidad residencial cerrada y las esperanzas de capturarlo se vieron frustradas cuando el celador les dijo "con ese tipo nadie se mete".

Dominados por la impotencia, Múnera y sus amigos comenzaron también a ser dominados por el pánico de la herida y la pérdida de sangre. Así salieron hacia la Clínica Soma, a donde Múnera llegó con un paro cardiaco. Los médicos que lo atendieron le hicieron primero un tratamiento para el problema cardiaco y posteriormente iniciaron la operación para curarle las heridas por la bala. Cuarldo estaban en esa intervención, al joven Múnera le sobrevino un nuevo infarto y murió.

La otra versión indica que, en efecto, Múnera fue muerto a bala por un irritado chofer qlle se vio acosado por el pito y las luces del carro donde viajaba Múnera. El carro del agresor estaba atravesado en plena via, cerca a una fonda en El Poblado y, después de darle un golpe en la cara con la cacha del revólver y de tirarlo al piso, lo remató a bala.

Como dijo un personaje antioqueño, "las dos versiones tienen en común una cosa: que se aplica la ley de la magnum" y, como apuntó otro dirigente a SEMANA, "aquí todo mundo sabe quién fue el asesino, cómo se llama y dónde vive, pero nadie dice nada porque el miedo ya nos comió".

En efecto, el hermetismo sobre este épisodio, que fue lamentado con conmoción por los compañeros de universidad de Múnera en una carta a El colombiano, estaba revelando el temor a las represalias de los asesinos.
Y la circunstancia de la muerte, en opinión de Manuel Vicente Peña, de la Asociación de Choferes No Matones en Bogotá, "pone de presente que la agresividad de la guerra del centavo que antes era de exclusiva de los choferes de bus, se pasó a los propietarios de carros privados. Y además, es la demostración de que se quiere imponer la voluntad por la amenaza y el terror".

Peña recordó que, hace cerca de un año, se presentó un episodio tan o más salvaje que el del joven Múnera en Medellin: fue en la Avenida Boyacá en Bogotá, donde el carro de un abogado de apellido Ternera fue estrellado por una buseta. Y el chofer de la buseta mostró el deseo de escaparse del lugar antes de que llegaran los policías de tránsito. Para evitar que el busetero se escapara, se colocó en la parte de adelante. Pero al chofer no le importó, puso eh marcha su vehiculo y pasó por encima del abogado. Pero ahí no paró el asunto: como el chofer de la buseta vió que, después de pasarle por encima quedaba vivo, echó reversa y volvió a atropellarlo hasta la muerte.

En el asesinato de Múnera, sin embargo, entraron en juego otros factores y otros valores: la prepotencia de la ley del más fuerte, por un lado, y la vigencia del revóler y la metralleta como elementos para resolver ya no sólo un conflicto, un ajuste de cuentas o una venganza, sino para usar en cualquier momento y por cualquier motivo. --

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