Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/10/30 00:00

Carrera de obstáculos

Que un producto colombiano entre sin aranceles al mercado norteamericano puede ser una ventaja de mentiras, si no se superan las otras barreras al comercio.

Carrera de obstáculos

Amediados de junio, un barco con 800 productos alimenticios fabricados en Colombia zarpó del puerto de Cartagena rumbo a Miami. Cargaba 600 toneladas de comida, desde tamales y empanadas hasta yogures, por un valor cercano al millón de dólares. Los cuatro días que duró el viaje transcurrieron sin ningún contratiempo. Sin embargo, cuando el barco llegó al puerto estadounidense encontró una barrera que, pese a las gestiones del exportador y del gobierno colombiano, resultó infranqueable: el Departamento de Agricultura de Estados Unidos no permitió el ingreso de todos aquellos alimentos que entre sus ingredientes tuvieran carnes o lácteos. Veinte de las 800 referencias de productos debieron regresar a Colombia y no podrán volver en mucho tiempo al gigantesco mercado del norte.

Historias como ésta se han convertido en el principal reclamo de muchos exportadores colombianos, para quienes es claro que derribar los obstáculos al comercio con Estados Unidos no es solamente cuestión de reducir o eliminar aranceles. También es necesario poder cumplir la infinidad de normas y trámites que les exigen las autoridades gringas a las empresas nacionales, especialmente del sector agropecuario, que aspiran algún día exportar sus productos a ese país. Por eso agricultores y ganaderos, entre otros, exigen un acceso real al mercado norteamericano. Conseguirlo dependerá en buena medida de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que esta semana comienzan a recorrer su tramo definitivo en Guayaquil.

Entre los temas que hoy son objeto de negociación hay dos relacionados con las barreras que, más allá de los aranceles, impiden o limitan la entrada de bienes colombianos a Estados Unidos. De un lado están las medidas sanitarias o fitosanitarias, que son las normas adoptadas por un país para asegurarse de que un producto importado no represente un riesgo para la salud de los consumidores, los animales o las plantas. Del otro están los llamados obstáculos técnicos al comercio, que se refieren a los requisitos de calidad, tamaño, empaque o etiquetado que debe cumplir una mercancía para poder venderse en el mercado norteamericano. Y aunque ambos controles suenen razonables, los problemas surgen cuando no hay claridad sobre las reglas de juego o, peor aún, cuando se utilizan como una forma encubierta de proteger a los productores locales de la competencia externa.

El caso de las frutas colombianas es un buen ejemplo de lo complicado que resulta exportar a Estados Unidos. Mientras este sector les vende a países como Alemania u Holanda cerca de cuatro millones de dólares al año -sin contar banano-, las exportaciones al mercado norteamericano no llegan a 900.000 dólares. La razón: sólo unas pocas frutas con potencial exportador han obtenido el permiso del Aphis (Animal and Plant Health Inspection Service) para ingresar a Estados Unidos.

El proceso para que una fruta consiga el visto bueno de las autoridades sanitarias gringas puede tardar varios años. A través de muestreos y análisis de laboratorio, los técnicos del Aphis deben determinar que el producto esté libre de plagas o que existe algún tratamiento para impedir que estas entren a Estados Unidos. Una vez se han realizado los estudios, el país exportador debe esperar como mínimo 18 meses para que se autorice la importación de la fruta. En el caso colombiano, sólo la uchuva y la pitahaya han logrado culminar con éxito este proceso durante la última década. Hoy 18 frutas y hortalizas esperan la autorización del Aphis, algunas de ellas, como el tomate o el pimentón, desde hace más de tres años.

Pero si exportar frutas es difícil, vender carne es imposible. Aunque en la mayor parte de Colombia se ha erradicado la aftosa, todavía persisten brotes de esta enfermedad en algunas zonas, por lo que el ingreso de carne colombiana a Estados Unidos está vetado. Una de las pretensiones de los ganaderos es que las autoridades gringas reconozcan que una determinada región de la Costa Atlántica está libre de aftosa y que, por tanto, la carne que allí se produce es apta para la exportación. Pero incluso si Estados Unidos acepta esta solicitud, ganaderos y organismos del gobierno colombiano como el ICA deben garantizar que cumplan con los estándares de control exigidos por los estadounidenses, algo que los más optimistas esperan que se dé a comienzos de 2007.

Hay otras barreras menos transparentes y, por eso mismo, mucho más difíciles de vencer. Es el caso del aceite de palma, un producto que -según los palmicultores colombianos- ha sido víctima de una campaña publicitaria en su contra durante los últimos 40 años en Estados Unidos. Organismos gubernamentales como el FDA (Food and Drug Administration) recomiendan a los consumidores norteamericanos no ingerir productos con grasas saturadas y mencionan dentro de ellas las que provienen de la palma. "Es una estrategia de los productores gringos de soya para desprestigiar el aceite de palma, vinculándolo a las grasas dañinas, cuando hay estudios que demuestran lo contrario", dice la ex ministra Ángela María Orozco, que actualmente asesora a algunas empresas de este sector.

Para llegar al mercado estadounidense no basta con sobrepasar todas estas barreras. Es preciso también cumplir otros requisitos de orden técnico, como adecuar los empaques, traducir las etiquetas e incluir en ellas la información que exigen los reglamentos norteamericanos. En algunas industrias existen además normas técnicas, cuyo cumplimiento aunque es voluntario determina que al empresario colombiano le compren o no su producto.

En algunos casos, entonces, poder entrar sin aranceles a Estados Unidos es sólo una ventaja sobre el papel. En la vida real el acceso está condicionado a muchos otros requisitos que a primera vista no son negociables. Al fin de cuentas buscan proteger a los consumidores o evitar que se propaguen bichos y enfermedades indeseables. ¿Qué podría lograrse entonces en las negociaciones del TLC?

Juego limpio

Los negociadores colombianos en la mesa de medidas sanitarias y fitosanitarias, encabezados por el asesor cafetero Juan Lucas Restrepo, buscan acordar reglas claras con Estados Unidos en esta materia. En otras palabras, lograr que un exportador colombiano sepa a qué atenerse, en términos de plazos y requisitos, cuando les pida una autorización a los organismos estadounidenses. Hoy nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo se tomarán las autoridades gringas en aprobar, por ejemplo, el ingreso de una nueva fruta o en enviar un técnico a visitar un hato o una finca ganadera. Y por si surgen controversias a lo largo de estos procesos, la idea es crear un comité permanente conformado por las entidades sanitarias de ambos países que se encargue de dirimirlas dentro de unos plazos previamente acordados.

Sin embargo, el gobierno colombiano reconoce que superar las barreras que hoy tienen productos como la carne o las frutas depende en 80 por ciento de lo que se haga internamente. Es urgente fortalecer entidades como el ICA y el Invima, que cada vez cuentan con menos personal, y definir claramente sus competencias. Muchos empresarios se quejan de la incapacidad de estas entidades para atender eficazmente el sector privado, algo que resulta vital para un país que pretende multiplicar sus exportaciones en los próximos años. De nada servirá este matrimonio con el mercado más grande del mundo si las ventajas de hacerlo no pueden ser aprovechadas por los exportadores colombianos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.