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| 12/4/1995 12:00:00 AM

Casi 75 años se demoró el peso colombiano para valer mil veces más que un dólar.

HACE TRES CUARTOS DE siglo, una fecha como la que se avecina en este mes de noviembre habría parecido a todas luces inverosímil. Por aquellos tiempos había comenzado la administración de Pedro Nel Ospina y Colombia seguía sin tener un sistema monetario confiable, como consecuencia de las malas experiencias vividas a finales del siglo XIX. Los negocios se hacían en bonos del tesoro emitidos por el gobierno, en cédulas bancarias expedidas por los bancos comerciales o en monedas de primera línea como la libra esterlina o el dólar.
Fue entonces cuando el embajador en Washington, Enrique Olaya Herrera, contactó al profesor de la Universidad de Princeton, Edwin Kemmerer, con el fin de conformar una misión que le aconsejara al gobierno colombiano la manera de organizar un sistema monetario moderno. En marzo de 1923 cuatro expertos comandados por Kemmerer hicieron la travesía por el río Magdalena y llegaron a Bogotá, ciudad en la cual conocieron algo de la realidad nacional y se sentaron a trabajar. Tres meses después le "presentaron al gobierno 10 proyectos de ley cuyo objetivo era modificar las instituciones fiscales y monetarias del país", recuerda el economista Fabio Sánchez. De esas iniciativas, ocho fueron aprobadas por el Congreso y se convirtieron en leyes de la República. Gracias a esas nuevas normas se crearon el Banco de la República y la Superintendencia Bancaria.
Según lo acordado con la administración Ospina, el nuevo Banco debía comenzar operaciones el primero de enero de 1924. Sin embargo, a comienzos de julio de 1923 empezó una profunda crisis en algunas entidades que afectó en primer lugar al Banco López, amenazó poco después al Banco de Bogotá y en cuestión de días se había propagado al resto de instituciones. Ante la falta de instrumentos para contener la crisis, el miércoles 18 de julio el presidente Ospina declaró el jueves y el sábado siguientes como días de fiesta nacional, que se combinaron con las celebraciones del 20 de julio. Durante ese largo puente se constituyó el Banco de la República, que abrió sus puertas el lunes siguiente y le entregó al público un nuevo billete cuya solidez sirvió para conjurar el pánico: el peso oro.
Tal como ocurría en los países más desarrollados, la nueva unidad tenía un respaldo efectivo en oro que podía ser exigido por el poseedor de un billete. En el caso colombiano, el contenido de metal era similar al del dólar norteamericano, por lo cual ambas monedas valían lo mismo.
El sistema funcionó bastante bien en sus primeros años, gracias a un fuerte crecimiento de las exportaciones que llevaron al país a una acumulación importante de reservas. Al mismo tiempo, el país recibió la indemnización norteamericana por concepto de la independencia de Panamá, con lo cual su situación era relativamente holgada.
Sin embargo, en septiembre de 1931 Inglaterra conmocionó al mundo con el anuncio de que había suspendido la convertibilidad de la libra esterlina en oro. El anuncio produjo una estampida en el Banco de la República que vio caer sus reservas y se vio obligado, a finales de ese mes, a hacer lo mismo. La historia del peso oro había terminado.
Lo ocurrido en un mundo afectado por la gran depresión se sintió sobre la tasa de cambio. En octubre de 1933 el dólar sobrepasó la marca del peso con 50 centavos. No obstante, habrían de transcurrir 18 años más hasta que en marzo de 1951 la moneda norteamericana franqueó la barrera de los dos pesos. Ya para ese entonces el mundo que siguió a la Segunda Guerra Mundial era otro. El recién creado Fondo Monetario Internacional proclamaba a los cuatro vientos la ventaja de las tasas de cambio fijas.
A lo largo de 16 años más el peso colombiano se mantuvo dentro de ese sistema. Meses de estabilidad eran seguidos por una devaluación abrupta, según lo determinaran las circunstancias.
Para 1967 el país estaba haciendo agua. En las arcas del Banco de la República se habían agotado las reservas internacionales y el entonces presidente, Carlos Lleras Restrepo, decidió coger el toro por los cuernos. A pesar de la oposición del Fondo Monetario devaluó el peso de nueve a 13,50 por dólar e inició un proceso de depreciación diario y continuo de la moneda colombiana. Lo hecho por Lleras le permitió a Colombia dejar de saltar matones y comenzó el proceso de devaluación 'gota a gota' que empezó a ser abandonado en 1991, cuando se le dieron nuevos poderes a la Junta Directiva del Banco de la República. En ese intervalo, el peso ya había superado la marca de los 600 por dólar, debido en buena parte al aumento de la inflación promedio hasta niveles superiores al 20 por ciento anual.
Desde comienzos de la década la suerte del peso ya estaba cantada. Aunque la abundancia de dólares ocasionó durante 1993 y 1994 un fenómeno de revaluación real de la moneda colombiana, en 1995 la crisis política se encargó de acelerar el proceso. Según las cuentas de los analistas, a partir del 9 de noviembre será posible esperar que el peso rompa la marca de los 1.000 por dólar.
Semejante registro tiene una trascendencia más sicológica que práctica. Tal como dice la codirectora del Banco de la República, María Mercedes de Martínez, "muestra tan sólo la pérdida en el valor adquisitivo de la moneda desde cuando nació el peso".
Pero el nuevo valor de la moneda colombiana va a servir para recordarle a muchos que los días de la unidad que vio la luz en 1923 están contados. Si las cosas siguen como van, para finales de siglo el dólar podría cotizarse por encima de los 2.000 pesos y a mediados de la década siguiente se acercaría a los 5.000. Aunque aún en ese caso no existiría una razón de fondo para cambiar de moneda, la experiencia de otros países sugiere que una cotización tan alta se vuelve impráctica de manejar. El salario mínimo se mediría en millones y aun los artículos más baratos en miles.
Frente a esa eventualidad hay quienes, como María Mercedes de Martínez, piensan que se deben tomar medidas de fondo. "Quitarle tres ceros al peso no tiene ninguna gracia. Lo importante sería aprovechar ese momento para combatir en serio la inflación en Colombia", dice la codirectora del Banco de la República. Martínez piensa que un programa antiinflacionario exitoso debe tener rígidos compromisos fiscales y sistemas de amarre que lo hagan seguro. "La idea, si se hace bien, es una gran oportunidad. Si no, puede salir peor de lo que tenemos", agrega.
Sea como fuere, al peso el tiempo se le está acabando. Si sirve de consuelo, la moneda colombiana ha durado mucho más que las de la mayoría de países del continente. Y si se va a reemplazar, a lo mínimo que se puede aspirar es a que el nuevo peso comience con el objetivo de vivir por lo menos 75 años, tal como ha ocurrido con su antecesor.
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