Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 10/31/2009 12:00:00 AM

Cielo despejado

Por fin se decidió demoler el aeropuerto El Dorado. Aunque dos años tarde, se resuelve una grave amenaza para el proyecto. Pero todavía muchos piensan que se quedará corto en poco tiempo.

La semana pasada el ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego, y el director de la Aeronáutica Civil, Fernando Sanclemente, tuvieron que ir hasta el despacho del procurador, Alejandro Ordóñez, para explicarle lo que iban a hacer con el aeropuerto El Dorado de Bogotá.

La reunión era la última prueba de fuego del gobierno para tomar de una vez por todas la decisión de si tumba o no el edificio del terminal aéreo. El dilema no es de poca monta y por eso ha tenido casi paralizado, en los últimos dos años, el proceso de transformación del aeropuerto.

Por un lado, es evidente que se necesita ampliar un edificio que fue construido en el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla cuando montar en avión era un lujo de unos cuantos. Pero por otro lado, tanto el gobierno como el concesionario estaban atados de pies y manos, pues había llegado a una sin salida jurídica.

La reunión en la Procuraduría transcurrió en un tono muy cordial y, al terminar la misma, las conclusiones dejaron más que satisfecho a Gallego y relativamente tranquilo a Sanclemente, que había llegado lleno de preocupaciones: el aeropuerto va a ser derruido y el Procurador se comprometió a emitir un concepto acerca de las modificaciones que se hagan al contrato. Contentos todos.

La buena noticia es que el aeropuerto de Bogotá muy va quedar mucho mejor de lo que se esperaba. La Aeronáutica y Opaín, el concesionario, no sólo van a tumbar el edificio, sino que también van a actualizar el Plan Maestro del Aeropuerto, para adecuarlo a un mercado que hoy mueve cerca de 10 millones de viajeros al año, y van a determinar las necesidades de inversión para los próximos 30 años.

De hecho, si se llega a la conclusión de que se necesitan otros ingredientes como una nueva pista o una ampliación perfectamente se podría concretar. Esto no implica necesariamente que sea Opaín el que tenga que llevar a cabo las nuevas adiciones, podría ser otro contratista, pero lo importante es que el gobierno va a tener claro cuál es el tipo de aeropuerto que necesita la capital del país de aquí a 2040.

Y la mala noticia es que todo el cronograma de obras tuvo que ser ampliado y lo más probable es que el nuevo aeropuerto sólo esté terminado en 2014, dos años después de lo planeado.

Lo de la semana pasada demuestra la cadena de errores que se han cometido en esta concesión. ¿Por qué se demoraron dos años en llegar a la conclusión obvia de que hay que demoler el actual terminal?



Vueltas y más vueltas

En primer lugar el proceso de licitación tuvo evidentemente una gran falla y es que se hizo sobre un diseño obsoleto. Lo que llama la atención es que el Plan Maestro del Aeropuerto no era muy viejo, fue hecho en 2001, durante el gobierno del presidente Andrés Pastrana, por la firma Aeropuertos de Francia, pero con una falta de proyección sorprendente.

De hecho, el alcalde Lucho Garzón sí advirtió, antes de otorgarse la licitación, que tal y como iban las cosas, se iba a adjudicar la construcción de un aeropuerto "pichurria". La advertencia no se tuvo en cuenta y, por el contrario, esa justificada 'pataleta' terminó siendo una de las razones por las que salió de su cargo la secretaria de Planeación de Lucho, Carmenza Saldías.

Una vez adjudicada la licitación, se creó una excesiva desconfianza entre la Aeronáutica y Opaín porque el concesionario se mostró muy agresivo en su posición negociadora. De primerazo, hace dos años, cuando el contrato apenas se había firmado, Opaín le pidió 15 años más de concesión para tumbar y construir un nuevo terminal. Sanclemente consideró exorbitante la petición y desde entonces las tensiones se volvieron el pan de cada día.

Por eso, el concesionario y la Aeronáutica terminaron llevando la discusión jurídica del contrato a otras instancias. Así, el desarrollo del proyecto se les salió de las manos porque aparecieron terceros en disputa: el amigable componedor -una instancia conformada por tres personas que ayuda a resolver líos contractuales- y el tribunal de arbitramento, que se convirtieron en el hombro de llorar tanto para el concesionario como para la Aeronáutica y el lugar en donde, a falta de confianza entre las partes, se esperaba resolver todos los problemas.

El asunto llegó a tal punto, que el amigable componedor terminó por conocer de casi todos los temas y hasta se llegó a decir que sería el encargado de definir si se tumbaba el terminal aéreo y a qué precio.

Fue la Procuraduría la que puso nuevamente en orden las cosas en abril pasado, cuando conceptuó que el amigable componedor no se puede utilizar para modificar un contrato de concesión. En ese momento, la estantería casi se les vino abajo a ambas partes. Ya había demasiadas demoras y la discusión afectó el cronograma de las obras.

El pronunciamiento de la Procuraduría, por otra parte, puso más a la defensiva a Sanclemente, quien empezó a preocuparse, porque no iba a aceptar una modificación contractual de ningún tipo, menos con la Procuraduría en medio. Incluso, se llegó a pensar que renunciaría antes que firmar una adición que pudiera provocarle líos legales más adelante.

Por eso, el paso siguiente fue buscar algo de luz jurídica y acudieron al Consejo de Estado. El alto tribunal ratificó lo que había dicho la Procuraduría, pero abrió una luz de esperanza: los contratos sí se pueden modificar, pero sólo si se demuestra que la prestación de un servicio está seriamente comprometida.



La perogrullada

Esa fue la fórmula por la que optaron Sanclemente y Gallego y que le fueron a explicar al Procurador la semana pasada. Se olvidaron de amigables componedores y tribunales de arbitramento y se fueron a la sustancia del problema: si no se construye un terminal más amplio, antes de 2013, el tráfico aéreo por Bogotá colapsará; es necesario modificar el contrato. El Procurador se mostró inclinado por esta argumentación.

La actitud del procurador Ordóñez le quita un piano de encima al proceso del aeropuerto. Al director de la Aeronáutica en particular, que si por algo se la ha jugado con exceso de celo es por el cumplimiento del contrato. Y al concesionario, que ya tiene claro el panorama y va a empezar las obras del terminal internacional la próxima semana.

Lo que viene es un poco más de lo mismo: Opaín y la Aeronáutica tienen que ponerse de acuerdo en cuánto vale tumbar el actual terminal y en cuántos años se debe ampliar el contrato de concesión. Cabe esperar que el asunto se resuelva rápidamente y sin desconfianza, para que saquen alguna conclusión antes de dos semanas. El país quiere un terminal bueno para Bogotá a un costo sensato. Nadie tiene duda de eso; ya es hora de que esa sea la única prioridad. n
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.