Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1995/02/06 00:00

COLOMBIA PARA RICOS?

Tras la destorcida de México, crecen las preocupaciones por la fiebre consumista que vive Colombia, donde lo increíble no es que haya carros de 150 millones y equipos de sonido de 50 millones, sino que aparezcan compradores.

COLOMBIA PARA RICOS?

CUANDO SE CONOCIO LA noticia de que el italiano Luciano Pavarotti visitaría Colombia el próximo mes de febrero muchos no lo podían creer. Ver al mejor tenor del mundo cantando sus arias en el estadio El Campín de Bogotá es un acontecimiento que los aficionados habían con siderado imposible.
Sin embargo, mayor sorpresa causó la velocidad con la que fueron compradas las boletas para el evento. Dos semanas después de haber salido a la venta las entradas más costosas -que valen 250.000 pesos- ya estaban agotadas. Esto quiere decir que 4.200 colombianos adquirieron en menos de 15 días la suma de 1.050 millones de pesos en boletería. Igual cosa está sucediendo con las entradas de 180.000, 90.000 y 60.000 pesos para abajo. De hecho, los promotores del concierto esperan recoger con la venta de localidades cerca de 2.5 millones dólares.
Cualquiera podría pensar que a los colombianos no les alcanza la plata para gastos de ese tipo. Y si bien es cierto que la gran mayoría enfrenta dificultades para sobrellevar el alto costo de vida, existe otra franja que parece no poner límites a sus gastos. El excesivo consumismo que se está viviendo en el país ha puesto alerta a los economistas. Y es que la lista de productos que se están adquiriendo a nivel nacional a precios insospechados resulta interminable. Hace apenas dos meses se realizó en el Hotel Cosmos 100, de Bogotá, una exclusiva subasta internacional dirigida a coleccionistas de tapetes persas y orientales traídos directamente de Inglaterra. Al evento asistieron más de 50 personas que pagaron por la mercancia precios cercanos a los tres millones de pesos por tapete.
Y ahí no termina la lista. En diciembre pasado, por ejemplo, se agotaron los cupos para viajar a Aspen, Colorado, pues 150 colombianos salieron diariamente rumbo a ese destino para practicar el esquí en la nieve durante las vacaciones. De estos 150 pasajeros diarios, 20 volaban en primera clase, lo cual quiere decir que -en sólo pasajes- el viaje les salió por más de dos millones de pesos. Según Juan Arbeláez, gerente general de Continental Airlines, se vendieron a finales del año 2.500 pasajes en clases ejecutiva y primera. Lo que significa que en el país se está gastando una suma cercana a 1.500 millones de pesos en tiquetes para ir a esquiar.
Esto sólo es comparable con la cantidad de dinero que se está destinando a la compra de pasajes para hacer la travesía Bogotá-Nueva York-Londres-Bogotá, con un trayecto en Concorde entre New York y la capital británica. La empresa British Airways lanzó a finales del año pasado una oferta para que dos colombianos realicen ese viaje por la suma de 6.522 dólares (5.340.000 pesos), pero nadie esperaba que el mercado nacional respondiera de la forma en que lo hizo: las ventas de tiquetes aumentaron 100 por ciento. "Obviamente se trata de un plan turístico exclusivo -dice Raúl Burbano, gerente de ventas de British Airways-. Se podría decir que no va dirigido a los gerentes de las compañías sino a los dueños".
La cifra de ventas de pasajes en primera clase también está disparada. Tanto que hoy en día casi resulta más difícil encontrar un cupo en primera clase que en económica. Según Jean Claude Bessudo, propietario de la agencia de viajes Aviatur, los colombianos están gastando más de 10.000 millones de pesos al año en este tipo de pasajes. Por la British Airways, por ejemplo, vuelan semanalmente 400 pasajeros hacia Londres, 100 de ellos en primera clase a un costo por persona de 4.374 dólares. Del mismo modo, 120 personas viajan diariamente a Miami en primera clase, lo cual arroja un total de 153 millones de pesos por día. Ese mismo número de viajeros paga 204 millones de pesos en tiquetes a Nueva York.

CARRO NUEVO...
Todo esto se queda corto si se tienen en cuenta las cifras que están invirtiendo los colombianos en el mercado de carros. Cualquiera que observe los vehículos que transitan por las principales capitales del país podría pensar que están desapareciendo los usados para dar su espacio a autos importados y a últimos modelos de importantes marcas que valen decenas de millones de pesos. De hecho, si se comparara un trancón de hoy con el de hace apenas dos años, la diferencia no sólo se encontraría en el número de carros sino en las marcas. Mientras hasta hace un par de años la mayoría de automóviles eran Renault-9, Mazda coupé y Chevrolet Sprint, ahora se ven Mercedes Benz de 170 millones de pesos, Ferraris de 152, BMW de 97, Range Rover de 86, Peugeot de 60, Citroen de 59 millones y muchas otras marcas que antes sólo se encontraban en las páginas de las revistas.
Y este mercado no se limita a los carros de alto precio. Los representantes del Tavria, un vehículo que vale nueve millones de pesos, afirman que están vendiendo 100 unidades al mes. La marca Daewoo, que tiene autos de un valor promedio de 13 millones de pesos, vendió 6.232 unidades en 1994. Durante este mismo año se vendieron 4.512 carros de la Nissan a un precio promedio de 22 millones de pesos. La Fiat vendió 3.380 de 11 millones promedio; 2.537 personas compraron carros Hyundai y cerca de 2.000 adquirieron Ford a un precio promedio de 15 millones.
Para rematar, no demora el día en que comiencen a aparecer Rolls Royce por las calles del país. La firma British Motors adquirió la representación para Colombia y sólo falta establecer el precio en que va a empezar a venderse a nivel nacional. Se calcula que en los próximos meses van a llegar los primeros vehículos recién salidos de la fábrica.

QUIEN DA MAS
Pero los colombianos no sólo gastan en carros. Es increíble que se estén vendiendo con facilidad antiguedades de 50 millones de pesos, equipos de sonido de 25 a 50 millones, relojes de 12 millones, televisores de más de dos millones, estuches de discos de dos millones y medio, radios para carro de dos millones y hasta sombrillas de 130.000 pesos.
Lo que se está pagando por la práctica de algunos deportes, como el ya citado caso del esquí, merecería un capítulo aparte. Cada año, solamente la agencia de viajes Aviatur vende cerca de 200 paquetes turísticos de buceo. La mayoría de las personas escogen como destino la isla Gorgona o el archipiélago de Malpelo, en el océano Pacífico. El paquete a la primera tiene un costo de 440.000 pesos, sin incluir el transporte aéreo de Bogotá a Cali, que vale 130 mil pesos adicionales. Llegar hasta Malpelo resulta el doble de costoso. Pero hay cientos de aficionados que pagan por el paqute casi 900.000 pesos, además del tiquete aéreo. Todo esto sin contar el equipo mínimo requerido para bucear: el sólo computador que calcula tiempos y profundidades vale hasta 1.500 dólares. El wet-suit (vestido impermeable) cuesta más de 150 dólares.
Si al fenómeno del buceo se le suma la fiebre por el motociclismo que impera en el país, los millones de pesos que se gastan en deporte se triplican. La sola motocicleta cuesta de tres a ocho millones de pesos, según la marca y el cilindraje, y el equipo requerido supera el millón de pesos, entre casco, botas, rodilleras, pechera y otros implementos. Lo curioso es que la mayoría de los jóvenes que adquieren todo este equipamento no lo hacen con la intención de competir en pruebas nacionales o internacionales, sino con el único fin de pasar un rato agradable en las trochas de la sabana durante los fines de semana. En Bogotá, Cali y Medellín cada día aparecen nuevos almacenes especializados en este deporte. Uno de ellos es Motorworld, que abrió sus puertas hace poco más de un año y ya tiene un centenar de clientes fijos que realizan compras mensualmente y adquieren equipos cada vez más sofisticados.

A LA EUROPEA
Estas cifras, sin embargo, parecen bajas si se comparan con lo que se comienza a consumir en ropa y accesorios. En estos últimos meses aparecieron en Bogotá almacenes que ofrecen los productos de las casas de diseño más exclusivas y famosas del mundo. Se encuentran, por ejemplo, los productos de la marca francesa Luis Vuitton, especializada en maletas, carteras y accesorios. Los representantes de esta firma en Colombia aseguran que no fue fácil que la marca francesa llegara al país. "Fueron meses de negociaciones -dice Elena de Décaillet, propietaria del almacén-. Ellos nos exigían una serie de condiciones, pero al mismo tiempo estaban contentos de abrir su mercado en Colombia, pues se han enterado de que aquí están llegando las mejores marcas".
Lo complicado era estar seguros de si en el país había mercado para ese tipo de productos. Al fin y al cabo no es fácil asegurarle compradores a una maleta de dos millones y medio de pesos, un maletín de hombre de más de dos millones o una cartera para mujer de un millón. Pero, a pesar de los temores, los resultados sorprendieron a todos: casi la totalidad de los productos se agotaron en pocos días.
Con la ropa sucede algo similar. A la marca Hugo Boss le ha ido muy bien en el país y ahora ofrece un modelo de vestido para hombre a un precio que oscila entre 990.000 y 1.300.000 pesos. A pesar del costo tan elevado los vestidos tienen una acogida increíble. "Toda la mercancía ha tenido muy buena venta -dice un dependiente del almacén Hugo Boss-. No es que se presenten muchos clientes al día. Pero con que sólo haya tres compradores ya la cifra de ventas pueden alcanzar los seis millones de pesos". Lo mismo sucede en los almacenes recién inaugurados en Bogotá que ofrecen mercancía de marcas exclusivas, como Valentino, Ungaro, Burberrys, Karl Lagerfeld. René Lézard y otros diseñadores de renombre. Allí un grupo de colombianos cada vez mayor se acerca a comprar zapatos de 280.000 pesos, gabardinas de un millón de pesos. chaquetas de 950.000 pesos, blue jeans de 130.000 pesos e, incluso, camisetas de 90.000.
A otros niveles también hay una explosión de alternativas y de precios. Las franquicias de cuanta cadena se pueda imaginar están a la orden del día. La más esperada por ahora es la de MacDonalds, pero por ese camino ya han transitado Pizza Hut o Kentucky Fried Chicken, para sólo citar dos casos. El atractivo de tales negocios es evidente: una pizza vendida por una cadena estadounidense en Bogotá cuesta más que en Washington. Lo mismo una hamburguesa.
En el sector de la construcción también se ve de todo. Apartamentos de dos millones de pesos el metro cuadrado, más caros que en pleno Manhattan. El metro cuadrado en el Centro Andino de Bogotá vale 5 millones de pesos. Hasta en la nueva terminal de transporte de Medellín se rompieron todos los récords. El precio de los locales llegó a dos millones de pesos el metro cuadrado.

QUE ESTA PASANDO
Todo lo que está ocurriendo no deja de ser sorprendente en un país que siempre fue austero, quizás más por necesidad que por escogencia. La verdad es que, aunque los colombianos siempre han creído el cuento del cuerno de la abundancia en el escudo nacional, las cifras muestran que este ha sido un país pobre. En los años 50 Colombia tenía un ingreso por habitante cercano a los 300 dólares, similar al de Bolivia o Haití, dos de las naciones más atrasadas del continente.
El desarrollo del país ha sido lento. Aunque suene a lecciones de historia, pocos recuerdan que la comunicación por carretera de Bogotá con la Costa Atlántica se pudo establecer sólo a finales de la década de los 40, y eso a través de vías polvorientas que más parecían caminos de herradura. Para esa época el sistema de las Autobahn o autopistas de Alemania ya tenía 15 años de existencia. Y Venezuela, para citar ejemplos más cercanos, tenía su infraestructura física pavimentada de acuerdo con los estándares internacionales.
Obras que hoy parecen obvias, como el puente que conecta a Barranquilla con Santa Marta, no existían hace 20 años. Las descripciones hechas por los viajeros de la Bogotá de los los años 70 resaltan los autos viejos y las construcciones vetustas. Era la década en la cual el Renault 4 era el carro colombiano.
Semejantes anécdotas suenan acartonadas a la luz de la aparente prosperidad que hoy se vive. Y es aparente porque, a pesar de lo vistosa, Colombia sigue siendo un país pobre. Es verdad que dentro de las clasificaciones del Banco Mundial, y por cuenta de un crecimiento económico constante, el país ha pasado del grupo de los de ingreso bajo al de los de ingreso mediano. Sin embargo, las cifras muestran que una tercera parte de la población -12 millones de personas- vive aún en condiciones de extrema pobreza.
El consuelo radica en que esa cifra tiende a disminuir. Puesto de otra manera, los niveles de marginalidad están cayendo. La diversificación de la economía ha sido un factor clave en el proceso. Si hace 40 años, por cuenta del modelo de sustitución de importaciones, Colombia pasó de ser una economía agraria a tener un sector industrial, en épocas más recientes el ramo de los servicios ha permitido ampliar aún más la base productiva. Tal circunstancia ha estimulado la aparición de una clase media creciente que ha aprovechado el mayor acceso a la educación y que hoy aspira a lo que se podría llamar el 'colombian way of life': una casa, un carro y posibilidad de vacaciones dentro o fuera del país.

En la medida en que esa clase crece y que el ingreso por habitante supera el nivel de los 1.600 dólares al año, la punta de la pirámide también se beneficia y se expande. Hoy hay más colombianos de altos ingresos que antes, tal como lo comprueban los indicadores de consumo ya citados. Pero no tantos. Según el Dane, tan sólo un 2.2 por ciento de los asalariados -unas 120 mil personas en las 11 ciudades más grandes- recibe 10 o más salarios mínimos al mes.
De manera que la bonanza está llegando con diferente intensidad a la población urbana del país. En términos generales, todo el mundo está ganando. Pero a los asalariados les ha ido mejor que a los obreros. Y a los gerentes de empresas nacionales y extranjeras y a los dueños de compañías locales les ha ido, en términos generales, mejor que a todos.
Lo anterior no disminuye la percepción de que hay un boom consumista sin precedentes. Las cifras de Planeación demuestran que la demanda agregada a la de empresas, hogares y el sector publico, creció en términos reales 13.5 por ciento en 1993 y 8 por ciento en 1994, hecho que ha permitido que, al tiempo que se absorbe la explosión de importaciones, también siga creciendo la industria nacional. La descolgada de la tasa de ahorro, que en 1994 fue la más baja en 20 años, sugiere también que una mayor proporción del ingreso de los colombianos se destina al consumo. Aunque para algunos eso es preocupante, para otros se está saciando simplemente un ansia reprimida durante muchos años que, una vez pasada la novedad, va a volver a su curso normal.
Esa voracidad ha sido estimulada por un factor particular: debido a la revaluación del peso se ha producido un abaratamiento relativo de los bienes importados. Mirado de otra manera, los ingresos en pesos de los colombianos valen ahora mucho más en dólares. Hace cinco años el salario mínimo era de unos 85 dólares mensuales. Con el tipo de cambio actual, el mínimo mensual que empezó a regir el primero de enero ya superó la marca de los 140 dólares. Ese aumento ha sido proporcional en otros sectores.
Incluso algunos han multiplicado sus salarios a una velocidad mayor. En el ramo estatal, los jueces, los militares y los profesionales con acceso a la prima técnica han visto crecer sustancialmente sus salarios reales en pesos. En la industria privada ya se presentan cuellos de botella a nivel de técnicos calificados o de ingenieros de algunas especialidades, lo cual se traduce en mayores alzas de sueldos para esos grupos de especialistas.
Lo anterior no quiere decir necesariamente que todos los colombianos hayan ganado mucho más poder adquisitivo. Lo que sí ha sucedido es que se ha presentado una reestructuración de los patrones de consumo por cuenta de un cambio en los precios relativos de algunos productos, en particular de los que se pueden importar. Quizás el ejemplo más sencillo es el de los carros. Un automóvil cuesta hoy en día -medido en términos de salarios mínimos- un tercio menos que hace cinco años. Semejante hecho, sumado a la mejora general de ingresos y a las alternativas más amplias de financiación, explica porqué el mercado de vehículos en Colombia pasó de 50.000 a 150.000 anuales en apenas tres años.
La duda que surge siempre en estas discusiones es cuánto de esta bonanza le corresponde al narcotráfico y cuánto a la economía formal. El boom de la construcción, los automóviles lujosos y la ropa de marca han sido identificados por diversos analistas como atados directamente al crecimiento de las actividades ilícitas y del lavado de dólares. Y en esta materia hay todo tipo de cálculos. Desde los estimativos más conservadores, que calculan ingresos netos para Colombia de 1.000 millones de dólares al año por concepto de narcotráfico, hasta los de las DEA -la agencia antidrogas de Estados Unidos-, que hablan de 7.000 millones de dólares al año. Según el análisis más extremo, la explosión de consumo que se está viviendo sería explicada en buena parte por la narcotización del país.
No obstante, aunque según las autoridades el negocio de la cocaína está dejando hoy más ganancias que nunca y el de la heroína está disparado, también es cierto que la salud de la economía es innegable. A finales de diciembre el gobierno anunció que el crecimiento de 1994 había llegado a 5.7 por ciento en el año, la segunda tasa más alta en los últimos 16 años. El desempleo está en su punto más bajo en 20 años y la inflación muestra claros signos de descenso. Si bien en todo esto no se puede desconocer el influjo de la economía subterránea, tampoco se puede negar que la Colombia de bien está ganando más y gastando más.
Pero esa sensación de prosperidad tiene tanto de largo como de ancho. Por una parte, en Colombia ya se inició ese fenómeno que los economistas conocen como 'enfermedad holandesa'. Sin entrar en muchas explicaciones, éste ocurre cuando un país recibe demasiadas divisas y se cae la tasa real de cambio. Como consecuencia, los precios de algunos bienes suben con los salarios, mientras que los de otros se estancan. Ese factor genera una prosperidad que dura hasta que se rompe la burbuja. Tarde o temprano las divisas comienzan a escasear, los precios de los artículos importados crecen y los consumidores tienen que ajustarse a otra realidad.
Si bien el descalabro económico sucedido en México a finales de diciembre tuvo otros orígenes, lo cierto es que en el país azteca se quebraron las ilusiones de una clase media que -como en Colombia- se había montado en un tren de gastos altos, alentada por las importaciones baratas y una sensación de prosperidad que no resultó cierta. Ahora, con el dólar un 40 por ciento más caro que a mediados de diciembre, con los salarios limitados a crecer un 7 por ciento en 1995, con una inflación esperada del 18 por ciento y con las tasas de interés internas disparadas, ha llegado la época de las vacas flacas. Las proyecciones de crecimiento de la economía mexicana, que hace un mes hablaban hasta del 6 por ciento para este año, ahora se acercan al 1 por ciento. Tal como dijo el propio presidente, Ernesto Zedillo, el martes pasado, "la devaluación significará una baja de ingresos reales de los trabajadores del campo y la ciudad que sólo podrá revertirse gradualmente con un crecimiento firme y sostenido ".
Sin embargo la eventualidad de un ajuste duro, similar al de México, no parece inminente en Colombia. Como consecuencia de la mayor inversión extranjera y de los ingresos esperados de Cusiana, el país tiene asegurado su futuro cambiario hasta los primeros años del siglo XXI. Y si algo se puede decir de 1995 es que para Colombia pinta muy bien en materia económica: crecimiento cercano al 6 por ciento en el año y una inflación inferior a la pasada.
De tal manera, el reto para los actuales y los próximos gobernantes es lograr que los mayores niveles de consumo se vuelvan permanentes, al tiempo que la industria local logre sobrevivir y pueda competir con las importaciones.

HASTA CUANDO
Una inquietud adicional es más de tipo sociológico. Si antes la ostentación era exclusividad de los mafiosos y de uno que otro nuevo rico, ahora esta parece haber aumentado. Aunque todavía no se detectan los extremos que había en Venezuela en las épocas previas a la crisis, algunos síntomas son evidentes.
Los viajes en primera clase, los carros lujosos de más de 50 millones de pesos, los clubes sociales en donde se aisla la clase dirigente, los restaurantes que son más caros que los de Nueva York, los almacenes de ropa donde lo más barato vale tres salarios mínimos mensuales. Todos son indicadores de un cambio estructural en la sociedad colombiana. De un país que crece y convive junto a otro aún miserable. De una parte de la sociedad que de alguna manera perdió la vergúenza de pavonearse en público. Tal fenómeno, lejos de contribuir a la paz social, oscurece el panorama, pues hace más evidentes los diferenciales en el ingreso. En opinión del director de Fedesarrollo, Eduardo Lora, "la cuestión es hasta dónde se puede llevar el boato sin que le haga daño ni al país ni a la economía".
La respuesta vendrá en los próximos años. Por una parte, los diversos análisis sugieren que la economía va a seguir creciendo a buen ritmo durante el resto de la década. Si eso sucede, va a ser posible cerrar la brecha de esta especie de prosperidad al debe actual gracias a una mejora real en el bienestar de la población. Y en la medida en que ese bienestar se transmita a muchos y no a pocos, todo tenderá a ser más estable.
No obstante, siempre se corre el riesgo de una destorcida. Sólo si eso pasa los colombianos vivirán en carne propia la dura experiencia que ya ha atravesado Venezuela y el viacrucis que está comenzando México. Y comprenderán esa máxima que dice que el problema en la vida no es ser pobre, sino empobrecerse.

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