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| 3/26/2011 12:00:00 AM

Comida a precio de oro

La disparada de los precios de los alimentos tiene a 1.000 millones de personas con hambre en el mundo, como resultado de un modelo agrario inviable. Ha causado rebeliones populares y pone a Colombia ante duras disyuntivas.

El siglo XXI corre el riesgo de ser declarado el siglo de la comida y no porque nuevas tecnologías vayan a permitir que los alimentos lleguen a todo el mundo, sino por lo contrario. En enero, los precios de los alimentos llegaron a su nivel más alto desde que la FAO, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, inició registros, en 1990. Un aumento similar ocurrió en 2008. Y todo indica que los precios seguirán muy altos. Una crisis y un debate globales, con repercusiones directas en Colombia.

El índice de precios de los alimentos que la FAO publica mensualmente desde 1990 marcó en febrero ocho meses de alzas continuas y puso a sonar todas las alarmas (ver gráfico). El maíz, el trigo, el azúcar y el aceite, productos claves para la alimentación, sobre todo, de los más pobres, están disparados. También, la carne y los lácteos. Los precios llegaron a tope a mediados de 2008, durante la 'crisis de los alimentos', bajaron durante la recesión, pero ahora superan los de hace tres años. El trigo dobló su precio en el último semestre de 2010. El maíz -del que Colombia importa 3,5 millones de toneladas- vale hoy 73 por ciento más que hace seis meses. Según la ONG humanitaria Oxfam, el azúcar subió 77 por ciento y las grasas y aceites, 57 por ciento. La volatilidad de los precios es excepcional. El único que se salva, por ahora, es el arroz. "La era de la comida barata ha llegado a su fin", sentenció en febrero un informe de la revista británica The Economist.

Las principales víctimas de los alimentos caros son quienes menos ganan y dedican la mayor parte de su ingreso a comprar comida. Hoy, pese a la tecnificación y a que se produce suficiente, la agricultura moderna no da de comer a un sexto de la humanidad. Y para 2050 el mundo tendrá 2.400 millones de personas más. Según la FAO, la producción tendría que aumentar 70 por ciento para alimentar a todos.

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, culpó al alza de los precios de arrojar 44 millones de personas más al hambre. Desde 2009, el Grupo de los 20, que reúne a las principales economías, ha declarado la seguridad alimentaria una prioridad. Francia, que lo preside, propuso iniciativas para contrarrestar un alza que, todo indica, va para largo. La crisis de 2008 fue marcada por rebeliones por comida. Alzamientos populares como los que han sacudido a Túnez, Egipto y Argelia se atribuyen, en parte, al aumento en el precio del pan.

Causas complejas

Las causas de la disparada son múltiples. Las inundaciones en Pakistán y Australia y la ola de calor en Rusia afectaron grandes cosechas. Con la oferta a la baja, los países productores bloquean las exportaciones o compran desaforadamente para reponer sus stocks, y esa demanda histérica empuja los precios hacia arriba. El cambio climático tiene su parte. La FAO teme que si la temperatura sube más de dos grados centígrados, la producción de comida puede sufrir una "contracción severa". A la vez, el agro contribuye con 13,5 por ciento de la emisión de gases de efecto invernadero.

La producción de biocombustibles se está 'comiendo' la comida. La FAO calcula que 100 millones de toneladas de cereales al año se dedican a ello. Todo eso se desvía de la producción para consumo humano o para animales de engorde. Por otra parte, los precios del petróleo, también disparados, impactan los de los fertilizantes.

Las clases medias emergentes de China e India, la creciente población urbana, que consume más carne, y el hecho de que la población aumenta a mayor ritmo que el rendimiento de la mayoría de las cosechas, son otras tantas razones que empujan al alza los precios.

Además de estas razones para el alza en los precios agrícolas, que comparte casi todo el mundo, hay otras, más polémicas. La primera es la especulación financiera. Como dijo el especialista Manuel García a SEMANA, "los alimentos se volvieron un activo financiero con el cual se puede especular, y su costo crece seis veces más rápido que los ingresos de la población global". Oxfam calcula que, desde 2002, más de 200.000 millones de dólares de fondos de inversión han entrado a los mercados de alimentos básicos. Esto exacerba el aumento y la volatilidad en los precios. Oxfam ha pedido al Grupo de los 20 que adopte un Impuesto a las Transacciones Financieras de 0,005 por ciento, para recolectar 400.000 millones de dólares, y con ellos mitigar el cambio climático y apoyar a los países más pobres.

Otro tema de polémica son los subsidios a la producción agropecuaria en las naciones ricas. La FAO calcula solo los del maíz en 13.000 millones de dólares. Nicolas Sarkozy, el presidente francés, clama por tomar medidas contra la especulación financiera en los mercados de alimentos, pero no dice una palabra sobre los subsidios y barreras que dificultan la entrada a su país y a la Unión Europea de los productos agrícolas de millones de campesinos del Tercer Mundo.

Hay cierta coincidencia, a nivel de gobiernos y expertos, en que las soluciones pasan por aumentar la inversión en agricultura, extender la frontera agrícola para ganar nuevas tierras cultivables (solo en África y América Latina es posible hacerlo de manera significativa), mejorar la tecnología, la productividad y el rendimiento por hectárea. Pero es toda una discusión si el camino es la tradicional agricultura intensiva, como la de Estados Unidos, o el apoyo a un tipo de cultivo más sostenible, basado en la pequeña y mediana explotación.

¿Y Colombia?

Para un país como Colombia, que tiene a la vez el potencial de convertirse en un gran exportador de comida y el desafío de alimentar a los 8 millones de ciudadanos que hoy día, según la FAO, pasan hambre, lo que está pasando tiene un impacto tan directo como contradictorio.

Por una parte, aunque en algunos productos el mercado doméstico tiene una cierta autonomía, un estudio reciente muestra que hay una alta correlación entre los precios internacionales y los locales. El alza mundial de precios se refleja en el país, lo cual representa tanto potenciales ganancias para los cultivadores -si se saben aprovechar- como dificultades crecientes de acceso a la comida para millones de pobres que ya hoy pasan hambre.

En un reciente foro de SEMANA sobre Seguridad Alimentaria, se revelaron algunas tendencias preocupantes. Según el experto de la Universidad de California Miguel Altieri, la participación de las importaciones en el consumo nacional pasó de un 5,4 por ciento en 1990 a más de 24 por ciento en 2007, y hoy ronda el 30 por ciento (ver gráfico). Un tercio de las calorías que consumen los colombianos dependen de productos importados. Absalón Machado, a cargo del próximo Informe de Desarrollo Humano sobre el tema rural, alertó que de seguridad alimentaria no se habla ni se estudia en el país desde hace un cuarto de siglo, y dijo que "el coeficiente de seguridad alimentaria ha pasado de 2 por ciento a 10 por ciento entre 1990 y 2010, y se considera crítico un 15 por ciento".

Esta dependencia varía según el producto (ver gráfico) y es particularmente marcada en el caso del maíz y, en menor grado, de los aceites vegetales (está por verse el resultado del llamado Plan Maíz Número Dos, anunciado por el ministro de Agricultura hace poco, para tratar de producir localmente los 3,5 millones de toneladas que Colombia importa cada año para atender un consumo interno de 4,5 millones de toneladas), pero el hecho es que la tendencia a largo plazo ha sido a depender más de las importaciones. Esto tiene lugar, en parte, por la dificultad de competir con los precios que fijan los grandes productores en los países ricos, cuya producción local está altamente subsidiada.

Pero hay más. "El petróleo nos va a pegar muy duro. El mayor fertilizante es uno de sus derivados: la úrea. Con el petróleo a 103 o 104 dólares el barril, o bajamos en fertilizantes y se corre el riesgo de los cafeteros, que vieron aumentar la roya y la broca, o seguimos abonando y los precios suben", dice Rafael Mejía, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC). Señala, además, que uno de los efectos del cambio climático es que mientras en Colombia la productividad de la agricultura va a bajar, en Norteamérica va a subir, lo que hará la competencia aún más cuesta arriba.

A nivel nacional se reproduce la discusión internacional sobre las soluciones. Algunos creen que el alza mundial de precios es una oportunidad para convertir a Colombia en una potencia exportadora. Otros están convencidos de que la gran agricultura corporativa no es una solución sostenible y le apuestan a reforzar el papel del campesinado.

El gobierno, como se sabe, se ha propuesto ampliar en 4 millones de hectáreas la superficie cultivable (casi doblar la actual), en la que Juan Camilo Restrepo, ministro de Agricultura, llama "la última frontera agrícola que le queda a Colombia", la Orinoquia. El modelo combina, como dijo a SEMANA, la gran empresa con el campesinado, asentamientos racionales, ciencia y tecnología, construcción de infraestructura e inversión extranjera controlada para generar cadenas integradas que produzcan cereales, carnes en canal, caucho, soya, maíz, madera y frutales. Pone como ejemplo a Ecopetrol, que está invirtiendo 300 millones de dólares en la región para montar una gran empresa de biodiésel a partir de caña de azúcar, que sembrarán, en su mayoría, campesinos medianos y pequeños, como a los que el gobierno les entregó la finca Carimagua hace poco. "La idea no es construir una estructura de monocultivo ni de gran hacienda", dice Restrepo, pero, según él, hacen falta economías de escala: "No se puede pretender desarrollar la Orinoquia a base de minifundios". Otros pesos pesados del capital nacional, como los Santo Domingo, planean para 2012 tener 21.000 hectáreas cultivadas en soya y maíz, en tierras alquiladas, o comprar el grano a los campesinos para secar el producto en una planta en la zona y sacarlo por el río Meta.

Otros piensan que la gran agricultura no es la solución, porque no es sostenible en un planeta cada vez más frágil y devastado. El exministro Santiago Perry, que participó en el foro de SEMANA, sostiene que el modelo actual se concentra en pocas variedades, degrada aceleradamente los ecosistemas y exhibe una alta concentración de la comercialización de los productos. "Los pequeños productores pueden ser tan eficientes y productivos como la gran propiedad", dice, criticando que en la política agraria no se privilegia para nada a quienes están a cargo de las 787.000 explotaciones agrarias pequeñas que, en Colombia, responden por la mitad de los cultivos transitorios y permanentes. Un problema suplementario y muy serio, señalan los expertos, es lo que se pierde en la comercialización. En Corabastos, según se dijo en el foro, eso ocurre con el 30 por ciento de los alimentos, que se descomponen o se botan.

El debate que dejan sobre el tapete las dos escaladas que han llevado a máximos históricos los precios de los productos agrícolas en la primera década del siglo XXI es de una inmensa complejidad: cómo alimentar a esa parte creciente de la humanidad que no tiene para comprar su comida, aunque el mundo produce suficiente para todos, y cómo lograrlo preservando un entorno natural cada día más castigado por la actividad humana. Se trata de un debate, en últimas, sobre el modelo agrario y de desarrollo, que tiene lugar, en el mundo y en Colombia, en un siglo que arrancó con la comida a precios de oro.
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